Kite Surf en Punta Rasa

por Flavia de la Fuente

Como es habitual, Q no me quiso acompañar a esta aventura al aire libre. Era el mediodía y brillaba el sol. Y había mucho viento, una bendición para los deportistas que participaban del campeonato de kite surf. Así que me armé de valor, subí al auto y partí de aventuras a Punta Rasa.

Al principio todo parecía igual a mis visitas anteriores, no había signos a la vista de ningún torneo de nada. La entrada a la reserva, el camino arenoso con cortaderas, los cangrejales y pantanos.

Aunque algo había distinto. Me crucé con muchos autos en el camino. Finalmente, llegué al iglú o ET azul que da la bienvenida. Ningún indicio todavía de deporte por ningún lado. El desierto de siempre, la playa abierta, el cielo enorme, el río y el mar.

Me fui adentrando en Punta Rasa y seguí sin ver nada más que esa extensión enorme de playa. Andaba despacito por la arena, acercándome hacia donde suponía que se desarrollaría el evento.

De pronto, empecé a ver algo. Miren el cielo.

Mucho colorido y algunos kites.

Y también había muchos coches, camionetas, cuatro por cuatro.

Dejé el auto cerca del puesto de los guardavidas, para tener un punto de referencia y me encaminé hacia donde suponía que sucedían las cosas.

Había una centena de kites en el cielo y mucha gente mirando a los surfers que hacían demostraciones cerca de la orilla del río. A cada rato sonaba una bocina. Yo no entendía nada, pero suponía que había algún jurado que ponía notas a las piruetas de los deportistas.

Aunque prefiero andar sola y no hablar con nadie, mi deber de cronista me hizo acercarme a una chica para preguntarle de qué se trataba todo esto.

La joven resultó más que idónea, era una surfer fanática y con sindrome de abstinencia. Le pregunté en qué consistía el campeonato. Y me dijo, con una pronunciación en inglés muy marcada, que el concurso se dividía en una parte de free style y otra de carrera de fondo. Mientras hablaba, intercalaba palabras pronunciadas en inglés perfecto con un argentino común y corriente, perfecto también. Pero tenía una actitud física rara, así que no me pude resistir y le pregunté de dónde era.

Me contestó que era argentina, pero que hacía ocho años se había ido a vivir a la Florida, a Tampa Bay. También me contó que era veterinaria, que tenía 33 años, que se acababa de separar y que estaba embarazada de cuatro meses y medio. Que odió quedar embarazada porque lo único que amaba en la vida era el kite surf. Pero que no había querido abortar. Y ahora estaba entusiasmada con la idea del bebé, y también con la idea de que pronto iba a parir y podría volver a las tablas.

En la Bahía de Tampa, así decía ella, llevaba una doble vida. De día era veterinaria y, cuando salía del trabajo, se ponía su traje de surf y se lanzaba a la mar. Me contó que era una adicta, que no podía vivir sin navegar.

También me contó que para ella era muy fácil el “free style” porque de chica había practicado gimnasia deportiva.

La cuestión es que había vuelto a Buenos Aires porque acá, estando embarazada, se sentía más protegida por su familia. Además, temía que su ex marido, una vez nacido el bebé, no la dejara sacarlo de EE.UU. y que el niño nunca pudiese llegar a conocer a su familia argentina.

Mercedes, así se llamaba la surfista, se moría de ganas de subirse a una tabla. Pero la conciencia de que tenía un bebé en la panza se lo impedía. Mas no veía la hora de terminar con eso de la maternidad y volver a las aguas.

Fue interesante charlar con Mercedes. Me contó que le estaba costando mucho adaptarse de nuevo a la Argentina. Que la diferencia entre EE.UU. y la Argentina, debía ser parecida a la que hay entre Buenos Aires y San Clemente. “No sabés lo que se siente después de vivir en un país desarrollado. Esto de que acá no hay trabajo en blanco, que las veterinarias son una mugre, que la medicina es de otro siglo. A vos te habrá pasado lo mismo cuando te mudaste a la Costa.” Yo la escuchaba con atención porque decía muchas cosas ciertas. Nos pusimos a hablar de medicina de perros. Y todo lo que le hacían a Solita le parecía mal, poco serio. Y tenía razón. En fin, que me empecé a angustiar con la charla sobre perros y le pedí que cambiásemos de tema y volviéramos al kite surf.

Antes de encontrar a Mercedes saqué quinientas fotos de los kites en el cielo y en el río.

Y también a los tipos haciendo sus mejores piruetas.

No se veían mujeres. Pero sí las había y ¿quiénes eran? Eran dos amigas de Mercedes de la Florida, dos americanas que habían venido a visitarla a Buenos Aires. No llegué a conocerlas, estaban en medio del río esperando que comenzara la carrera de fondo, que si mal no recuerdo era de dos millas y había que hacerlo entre unas boyas. Pero de eso no alcancé a ver nada, ocurría lejos. Solo se distinguían los kites de las chicas.

También me explicó que había dos técnicas para navegar. Están los que prefieren las tablas con botas pegadas (que según ella es mucho más fácil) y los que se paran libremente sobre las tablas, sin ningún tipo de atadura (ella practicaba esta última versión).

El sol nos pegaba en la cara, era un día muy agradable. Yo estaba en bikini, gozando de los últimos días del verano. Mercedes, en cambio, tenía frío. Me contó que el kite surf, además de ser un deporte apasionante, era muy peligroso, que las lesiones y los cortes eran algo de todos los días. Que sacarse un dedo o cortarse feo con los alambres era algo habitual. ¡O salir volando, por no poder soltarse y estrellarse contra una pared! Me confesó que tenía una alta tasa de mortalidad. Yo, que hasta ese momento estaba tranquila, casi embelesada por el espectáculo, empecé a ponerme nerviosa. Los kites caían cerca nuestro haciendo un ruido espantoso. Había hilos de alambre filoso por todos lados. Y tipos haciendo piruetas a alta velocidad.

Para colmo, a Mercedes se le dio por ayudar a un surfista a desenredar su kite y me dijo que para no correr peligro, me tenía que mantener siempre detrás de ella.

Punta Rasa dejó de ser un paraíso terrenal para convertirse, de pronto, en un lugar muy riesgoso. Sentí que había llegado la hora de emprender la retirada.

Pero antes de irme, Mercedes me contó que Punta Rasa era un sitio perfecto para ese deporte por tratarse de una punta, lo cual hacía que se pudieran aprovechar mejor los vientos de todas las direcciones. Me informó que con el único viento que no se podía navegar era con el Oeste, porque se corría el riesgo de terminar en Africa.

Otra característica de Punta Rasa es que el agua es muy baja, jamás sobre sobrepasa el nivel de la cintura, con lo cual es ideal para aprender a navegar o a hacer surf. Uno se cae y es muy fácil volver a levantarse.

Llena de información y de miedo, me volví al auto.

Sabía que estaba cerca del puesto de los guardavidas pero no encontraba ni el auto ni el puesto.

Caminé por la playa poblada de gente extravagante y finalmente di con mi vehículo. Me subí y me fui despacito, sacando fotos desde la ventana.

Antes de entrar al camino me encontré con esto que no sé qué es, que está todo oxidado y escrito por enamorados o deportistas. Me gustó y le saqué un par de fotos.

Volví a casa después de dos horas en la vida de los kite surfers, o mejor dicho, en la de Mercedes. Ni idea de quién ganó, ni qué ganó, ni nada de nada. Mis informes periodísticos siempre fracasan.

14 respuestas to “Kite Surf en Punta Rasa”

  1. janfiloso Says:

    Si podés sacar esas fotos, hacer este relato y ubicar esa Mercedes entre tanta gente haciendo cosas que tanto no interesan, es que tu informe periodístico nunca fracasa.

  2. norma Says:

    Cuando era chica Flavia quería hacer periodismo deportivo. Fútbol.
    El día que el hombre llego a la luna hizo grabaciones en el barrio a la gente que pasaba por la calle, luego de hacerlo a su familia.
    Terminó haciendo lo que siempre le gustó. ¡Qué suerte poder elegir!!!!
    Es muy bueno el artículo.

  3. lalectoraprovisoria Says:

    Si lo dice mi mamá, será así.

    Gracias, Janfi y mami!

    F

  4. Xtian Says:

    Qué buena crónica, me encantó! Precisamente porque me importa un bledo el kite surf!

  5. Yupi Says:

    Doy fe. El verano pasado un amigo hizo kite surf y efectivamente salió volando, no se rompió todo de milagro. Doble coraje el de esta chica. Dedicado a ella el clásico de Djavan potenciado por el jazz flamenco de Ketama, que le invierte los polos, transforma las tristezas en fuerza y carga positiva (de paso agrego que la del coro no es fea, eh). Suerte!
    http://www.youtube.com/watch?v=0EEU7WZ-bhc

  6. The Typical Says:

    Hermoso artículo, Flavia. Nunca había ni oído hablar del kite surfing, gracias por presentármelo.

  7. Pupita Says:

    Qué lindo todo, crónica, fotografías, kite surf…

  8. Mishíguene kop Says:

    Es interesante la manera en la que la interdisciplina va tejiendo redes de comunicación. Bellatín haciendo de actor. Leonardo de anatomista. Miguel Ángel de poeta. Charly de pintor. Quien saca hermosas fotos también puede escribir bellas crónicas. No hay duda de eso. Vivimos, como diría Pola, una época renacentista. Durante el Renacimiento justamente fue que empezó la disputa entre aquellos que se asumían deudores de la realidad, los que intentaban capturar los matices surfeando las olas salvajes de la luz, y aquellos que antes de hacer nada pretendían controlarlo todo, manipular la realidad a su antojo para que quedara restringida a unas reglas preexistentes que ellos consideraban nobles y por lo tanto bellas. Unos eran de los países bajos y otros de la magna Italia. Ahí puede decirse comenzó el arte moderno. En el Renacimiento. Y la disputa llega hasta nuestros días. Entre Pasolini y Rohmer, entre Aira y Borges, entre el Kite surfing y el karate kid.

  9. estrella Says:

    Mishíguene kop, qué inspirado tu comentario. Has hecho una buena síntesis de lo que vengo leyendo hace un rato.
    Flavia, tus crónicas tienen siempre un no sé qué, atrapan desde el primer párrafo.

  10. janfiloso Says:

    Mishiguene, como nos enseñó el gran muñeco Mateiko : «todo tiene que ver con todo» :)

  11. Liso Says:

    Janfi, ¿ése no era Pancho Ibáñez?

  12. boudu Says:

    F,

    una question relacionada con el nado,

    alguna vez pensaste o usaste patas de rana para nadar?

    salu2

  13. lalectoraprovisoria Says:

    Boudu, no me gusta usar patas de rana. Se va más rápido pero me resultan incómodas. En realidad las probé de chica. Y como no tengo ningún apuro cuando nado no veo por qué debería usarlas. Tampoco llevo manoplas.

    ¡Extraño el mar y a Solita!

    Besos,

    F

  14. janfiloso Says:

    Liso, puede ser que fuera Pancho Ibañez, a mi edad los recuerdos se hacen un tanto difusos.

    Boudu, las patas de rana son muy incómodas para entrar al mar, te hacen sentir un idiota, tenés que llevarlas en la mano y despúes es un lío ponértelas mientras intentás flotar; por otro lado, son un camino de ida, una vez que nadás con patas de rana, cuando no las tenés te sentís un alfeñique de 44 kilos. Yo le sugerí el uso de manoplas que no tienen esos defectos, pero a F le gusta el desafío al natural.

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