El misterio del km 112
por Flavia de la Fuente
Sigo buscando ruinas en la ruta 2. Estaciones de servicio abandonadas, restaurants, casas medio derrumbadas. De seguir así voy a lograr fotografiarlas todas. No son tantas. Las rutas argentinas son lugares prácticamente desiertos. Esta vez decidimos hacer una escala en el km 112, donde hay un parador que supo conocer épocas doradas. Mientras manejaba, Q me contó que ahí paraba con sus viejos y que las medialunas eran mejores que las del Atalaya, que queda un par de kilómetros más al sur y sobre la otra mano de la ruta.
Paré el auto en la banquina y lo dejé a Q leyendo El Amante. Crucé la autopista hasta la banquina del medio y desde allí me puse a sacar fotos. Pero no me convencían. Me inquietaba mi falta de imaginación para sacar una buena foto de la hostería. No tenía el sol en contra. No era el mediodía. Pero lo que veía no me conformaba. Hallábame sumida en esas reflexiones fotográficas cuando, de pronto, veo a un hombre que me hace señas. Pensé que me quería prevenir de algún peligro. El tipo hacía gestos con los brazos y yo no le entendía nada. Como soy miedosa y poco sociable, tardé un rato en acercarme, pero finalmente lo hice.
El hombre, Héctor se llamaba, me indicaba que cruzara la ruta para que sacara una foto del frente de la hostería. Y tenía razón. Se veía muy linda desde esa posición. La verdad es que no se me había ocurrido. O, para ser fiel a los hechos, sí se me había ocurrido, pero no quería acercarme al edificio porque estaba todo embarrado. Lo que les cuento sucedió el sábado 4 a la tarde y parece que en los días anteriores diluvió en la provincia, al menos entre Buenos Aires y Dolores. Todo el campo se veía verde y hasta había partes inundadas. Pero, pese al rechazo que me daba meterme en el barro, me sentí obligada a hacerle caso a Héctor y decidí patinar por el césped resbaladizo. Tampoco me daban muchas ganas de internarme en los pastizales. El pasto era alto. Puede haber víboras, bichos extraños, qué sé yo. Ni siquiera llevaba botas, estaba en zapatillas. Y, lo más importante de todo es que no soy muy aventurera que digamos. Pero igual lo hice. Aunque no logré ninguna gran foto, cumplí con el gaucho amigo. Tampoco me pasó nada malo más que mojarme la botamanga de los pantalones y ensuciarme las zapatillas. Hay cosas peores.
La verdad es que no soy nada curiosa. En realidad, prefiero enterarme de lo menos posible. Si hay un tumulto en la calle, jamás me acerco a ver de qué se trata. Si alguien me empieza a contar algo escabroso le pido que se calle o, si puedo, me voy. Prefiero no saber. Me gusta vivir en la luna. Cada historia con la que uno se enfrenta encierra misterios, angustias, tragedias. Mejor no enterarse. No me gustan las emociones fuertes. Cualquier cosa me da taquicardia y me hiperventila. Sí, definitivamente, lo último que deseo son emociones fuertes. No me hacen falta. Es más me sobran. Vivo más tranquila evitando las sorpresas del mundo externo. Ya tengo bastante para entretenerme con los avatares de mi mundo interior. Por eso debe ser que saco fotos de paisajes, casas, piedras, carteles, perros, y no me gusta retratar personas. Las personas me ponen nerviosa porque pueden hablar, sufrir, inquietarse y las fotos me salen mal.
En fin, la cuestión es que ese sábado, cuando planeaba sacar otra foto de una ruina no parlante, de una ruina con una historia que yo nunca iba a conocer, la ruina de un restaurant donde no había nadie ni nada vivo alrededor, me vengo a encontrar con este hombre de campo, amable y charlatán. Y cómo decirle que yo era chúcara, que prefería no saber nada de nada. Porque soy fóbica pero no maleducada. ¿Cómo lo iba a dejar hablando solo? Y, a la vez, si pensaba escribir algo para el blog, estaba bueno que me contara qué sabía del lugar. Así que, con la intención de cumplir con mi rol de reportera intrépida, me acerqué y lo escuché. Soy una auténtica kamikaze.
Héctor me hablaba del pasado glorioso de la Hostería El Cóndor. “No sabe lo que eran las medialunas que servían, eran mucho mejores que las del Atalaya. Ahora, el mismo pastelero las vende en el ACA de Chascomús.” Me hizo gracia que me dijera lo mismo que había recordado Q. “No sabe lo que era el comedor”, continuó Héctor. “Era inmenso, tenía capacidad para decenas de micros. Allí en esa casa rosa estaba la pastelería. Levantaban la guita con pala. No se imagina la plata que ganaban.”
Yo le pregunté cuándo habían cerrado y por qué. Suponía que me iba a contestar algo como que los tiempos habían cambiado, que los micros no paraban más en la ruta, en fin, una razón socioeconómica tipo documental de Solanas de las memorias del saqueo. Pero no. De pronto me vi envuelta en la historia de una tragedia familiar.
Lamento las imprecisiones que seguirán en este relato, pero el tema me ponía nerviosa y no pregunté lo que debía. No soy buena haciendo entrevistas. Si les interesa la historia completa, cuando volvamos a pasar por ahí, lo mando a Q para que escuche y escriba otro post con todos los detalles macabros.
Al parecer la hostería era de dos familias. No sé por qué, finalmente, me enteré del destino de una sola y me olvidé de preguntarle qué había sucedido con la otra. Primer enigma para resolver en el próximo reportaje. Tampoco sé el nombre de ninguna de las dos familias. ¡Soy un desastre! Bueno, pero sigamos. Vayamos a lo que sí sé.
De un día para el otro, la madre de la familia, a quien le gustaba mucho la joda (el hombre dijo “que era fiestera, que iba a muchas confiterías”), hizo abandono del hogar con destino desconocido y no volvió nunca más. Quedaron en el parador el padre y dos hijos adolescentes. El mayor de los chicos no pudo soportar la ausencia de su madre y se suicidó. A su vez, el padre no pudo soportar la muerte de su hijo y se convirtió en un borracho perdido que se la pasaba entrando y saliendo de internaciones varias. Tanta desgracia lo había cambiado y no solo era borracho sino que se había convertido en un tipo violento. La cuestión es que este hombre, harto de tanto sufrir, también se suicidó. “Ve, esa casilla, eso es un baño. Allí se mató. Yo lo encontré al pobre. Yo le saqué el Tramontina.” A esa altura yo ya estaba descompuesta. A Héctor le hubiese encantado relatarme con todo detalle este momento y yo no sabía cómo hacer para salir rajando.
Tan perturbada estaba que ni le pregunté sobre su boliche, la casa rodante de la foto, ni tampoco me fijé qué vendía. Según lo que se ve parece que son embutidos. Otra tarea para Q cuando volvamos, ir a comprarle algo al amable Héctor. Bueno, ya escribí la parte trágica. No tengo más historia que contar porque no pregunté nada más. Sin embargo, para ser justos, todavía me quedan algunos detalles. La hostería cerró más o menos en 1995, calcula Héctor. “Yo llegué en el 90 y esto andaba muy bien. Mire, ese rancho amarillo es mi casa. Por dentro es todo de adobe”, dijo con orgullo. Ahora que lo pienso, tampoco sé si Héctor vino al km 112 para trabajar en la hostería. Historias adentro de historias. Más trabajo para Q.
Sólo sé que el pobre hijo que sobrevivió a la tragedia actualmente trabaja en Villa del Sur. “Pobrecito”, dijo el hombre. “Tiene que trabajar”. Al parecer no posee nada más que esa hostería que no se puede vender, según Héctor, porque piden 750.00 dólares o medio millón, no sabía bien. Pero lo cierto es que a todos los posibles compradores les parecía muy caro.
Volví al auto pero antes saqué esta foto del charco en el medio de la ruta.
Q seguía reconcentrado leyendo El Amante. No sé cuánto tiempo estuve afuera. Q tampoco. Encendí el motor, anduvimos unos metros más y le saqué una foto al rancho amarillo de Héctor. No dice mucho la foto, pero Héctor parecía muy satisfecho con su casa de barro.
Interrupción por almuerzo. Mientras lavaba los platos, me puse a pensar que quizás Héctor era un fabulador, un típico contador de historias campestres. Se debe aburrir mucho ahí solo en el medio de la nada. Amables, lectores. Si alguno pasa por ahí, estaría bueno que se tomara unos minutos y le preguntara a Héctor por la historia de la Hostería “El Cóndor”. Porque, pensándolo bien, por algo se llama “El Cóndor”, como la compañía de micros que ya no para en ningún lugar, como ningún ómnibus ya para en ningún lugar. Así que quizá cerró por el cambio en la forma de viajar por la ruta. Los viajes non stop con vianda tipo avión en confortables coches cama con baño hediondo. Por ahí, y acaso sea lo más probable, todo lo que les conté no sea más que el relato de un hombre solo y un poco un mitómano. Habrá que seguir investigando. Hasta la próxima.









octubre 13, 2009 a las 1:21 am
“Puede ser que, teniendo aquel cielo delante de los
ojos, se presente una vaca resplandeciente en medio del camino: he ahí la insistencia del acontecimiento, como si por lo demás no ocurriera nada. Una nube errante puede influir del mismo modo sobre todo el contorno: la hierba se oscurece y, algo después, brilla impregnada de humedad; pero en cuanto al resto, no ha pasado nada…”
“El hombre sin atributos” de Robert Musil
en: “Caminando con Robert Walser hacia el no-lugar de su literatura” Victor H. Palacios Cruz
octubre 13, 2009 a las 10:37 am
Me llama la atención encontrar una sola respuesta a un post tan bueno.
El deseo del narrador de partir sabiendo lo menos posible produce una tensión muy original.
diciembre 30, 2009 a las 1:33 am
Hola Flavia, transito con regularidad la Ruta 2, recorriendo tus pagos en San Clemente (normalmente voy a Costa del Este) y a veces a Mar de las Pampas para descansar y soy aficionado a observar todas las estructuras abandonadas de lo que fue el esplandor que tuvo alguna vez cada parador de la Ruta 2, no asi de la 11 o de las 63 o 56 que practicamente no hay nada.. Me llamo siempre la atención esta hosteria/parador pero jamas imagine su historia ni tampoco recuerdo haber parado alguna vez. Tengo tanta memoria visual de pequeño o de adolescente que si paso por alguna estacion de servicio recuerdo hasta en qué surtidor cargamos nafta, incluso hasta el día de hoy! Me encantaría me cuentes mas historias de estaciones de servicios y paradores abandonados. Siempre recuerdo la estacion de servicio y puesto caminero que se hallaba a la salida de uno de los puentes, creo que del Rio Salado, donde la policia controlaba la velocidad de cada automovil cuando todo era Ruta o de los Torino de la Policia yendo a 110 y auto que lo pasaba, auto que era detenido. Como asi que el distribuidor de Ectheverry fue la única obra doble mano que se hizo y era el alivio para pasar a todos los autos lentos viniendo de 6 hs de viaje desde la costa. He parado varias veces en los últimos meses en 2 estaciones de servicio abandonadas (una que tiene todo el techo raro tipo ondulado con los vidrios como recien colocados) y en otra que aun conserva su letrero en la torre como “estacion de servicio”. Creo que la Ruta 2 debe estar cargada de leyendas y me gustaria que sigas abordando el tema. Ahora me diste ganas de parar en el Km 112 y hablar con Hector, a mi no me dan miedo estas cosas, quizas lo haga en mi viaje de vuelta. Saludos! Hernan de Palermo (muy cerquita de Av. Coronel Diaz)
enero 31, 2010 a las 11:42 pm
Estaba aburrido, haciendo tiempo mientras esperaba la cena y de pronto se me ocurrió buscar algo sobre la hostería del kilómetro 112 de la ruta 2: me encontré con tu post.
Durante los 70′s mis viejos paraban allí de camino a San Clemente donde vacacionábamos.
Recuerdo el viento fresco a la sombra de los árboles, los platos de loza gruesos y pesados, llenos con porciones inmensas que disfrutaba hasta más allá de lo imaginable.
Tal vez la historia de Héctor no sea cierta, pero le queda muy bien a ese lugar abandonado y olvidado que parece querer decir algo sobre sus viejas épocas de gloria.
Ahora comprendo porqué se me ocurrion buscar algo sobre el Km. 112 justo ahora. Un vecino está quemando hojas de eucalipto. La hostería estaba rodeada de ellos. La mente humana es realmente muy extraña :)
Mucha Gracias por el post.
junio 23, 2010 a las 12:13 am
Conozco a este sujeto. Vivo en Chascomús. Suele frecuentar mi negocio ya que siempre compra “Veneno Para Ratas”. Sinceramente, no sé lo que hace con ello, pero dice tener cientos de ratas. Voy a preguntarle acerca de esta hostería. No como lector, sino por curioso. Aquí en Chascomús nos conocemos bastante todos, y por proximidades sabemos donde vive cada uno. (Aunque ya es medio dificil). Sinceramente no sabía que vivía ahí. Solo sé que vivia cerca de la ruta.
En fin. Ni bien lo vea, voy a hacerle preguntas acerca de “El Condor”.
Muy buena página. Saludos a todos.