Comentario Hazlitt

Hace tiempo que leer la primera página de un libro no me producía la impresión de estar frente a un hallazgo absoluto. Supongo que los lectores compartirán el asombro frente a la perfección de estas líneas de William Hazlitt (1778-1830) que corresponden a un pequeño ensayo llamado El placer de odiar, primer texto del libro homónimo, una elegante miniatura de la editorial Nortesur de Barcelona editada en 2009.

Son apenas veinte páginas, pero son perfectas. Claro que no es un ensayo sobre las arañas, sino una mirada desencantada, sombría, mortífera sobre el mundo y hace que lo odiemos de punta a punta, que es lo que Hazlitt nos dice que ya estamos haciendo sin haberlo aclarado del todo:

Este principio tiene una aplicación universal. Abarca tanto el bien como el mal: hace que odiemos la insensatez, pero nos hace sentir igualmente insatisfechos con los valores reconocidos; hace que nos disgusten los males de los otros, pero también que nos irrite su prosperidad; nos vengamos de las ofensas, pero retribuimos los favores con ingratitud.

El libro viene con un conciso e iluminador postfacio de Jordi Doce, muy útil para ubicar a Hazlitt. Fue un pintor luego devenido crítico y ensayista ligado al romanticismo inglés, inicialmente admirador de Wordsworth y Coleridge —que lo repudiaron por su independencia— y contemporáneo de otros dos prosistas fundamentales, De Quincey (del que hablamos hace poco) y Charles Lamb (al que nunca leí pero tengo un libro). Hazlitt decidió que había llegado la hora de olvidarse del estilo del Doctor Johnson y definió la crítica y el periodismo modernos. Tuvo una vida azarosa: tuvo varios matrimonios infelices y amoríos escandalosos, fue rico pero murió en la miseria, fue popular pero terminó olvidado y enfrentado con todos sus viejos amigos, fue feliz leyendo y la pasó espantosamente con la humanidad. En cada línea de estas páginas (que espero que el lector tenga la oportunidad de leer completas) se advierte un aliento literario superior al mismo tiempo que una mirada corrosiva sobre la sociedad de su tiempo y sobre el mundillo literario. Es evidente que estamos frente a un destino marginal pero su escritura hace evidente también que no hay otro destino posible para los genios.

¿Qué posibilidades de triunfo tiene la pasión auténtica? ¿Qué certeza hay de su duración? Viendo todo eso como yo lo veo, y desenredando la maraña de la vida humana en sus diferentes hilos de mezquindad, rencor, cobardía, insensibilidad, falta de comprensión, indiferencia hacia los demás y desconocimiento sobre uno mismo, viendo que la costumbre prevalece sobre toda excelencia, y que esta sucumbe ante la infamia, habiéndome equivocado tanto en mis esperanzas públicas y privadas, juzgando a los otros a tenor de mí mismo y juzgando mal, decepcionado siempre por aquello en lo que más confiaba, incauto en la amistad y burlado en el amor, ¿acaso no tengo motivos para odiarme y despreciarme? Sí, con toda certeza; sobre todo por no haber odiado y despreciado al mundo tanto como debía.

Hazlitt era un especialista en Shakespeare, a quien cita a lo largo de todo el ensayo como si hubiera una escena de Shakespeare para cada idea, para cada situación (esa convicción llegará hasta Harold Bloom). Pero era sobre todo un especialista en precisión y en elocuencia. El placer de odiar es un crescendo que parte de una humilde araña y se va remontando hasta el párrafo que acabo de copiar. En el camino vuelca su amargura sobre un par de cuestiones, con la misma sutileza y violencia retórica. La lectura y la crítica, la amistad, la cobardía frente al poder, la iniquidad de los poderosos:

La única manera de reconciliarse con los viejos amigos es deshacerse de ellos para siempre.

Nos aburrimos de todo, salvo de ridiculizar a los otros y de congratularnos por sus defectos.

No podemos leer eternamente las mismas obras. Nuestra luna de miel, aunque nos hayamos casado con la musa, debe llegar a su fin y convertirse en indiferencia, cuando no en disgusto. Algunas obras, precisamente aquellas que al principio producen el efecto más impactante por la novedad y la audacia de su planteamiento, no resisten una segunda lectura; otras, de naturaleza menos extravagante y que atraen y recompensan nuestra atención con mayor abundancia de detalles, apenas tienen el interés suficiente para mantener vivo nuestro constante entusiasmo.

La popularidad de la que gozan los escritores de más éxito acaba apartándonos de ellos por la palabrería y el alboroto que suscitan, por la repetición de su nombre oído a perpetuidad, por la cantidad de admiradores ignorantes y faltos de criterio que arrastran detrás de sí. Por otra parte, tampoco nos gusta tener que sacar a otros de una oscuridad inmerecida, por miedo a que nos tilden de afectación o de extravagancia en el gusto. Poco queda por decir de un autor que goza de la consideración de todo el mundo; y recomendar a otro del que nadie ha oído hablar es una tarea tan ingrata como inútil.

En lugar de patriotas y amigos de la libertad, no veo más que al tirano y al esclavo, a gente que se une a los reyes para remachar las cadenas del despotismo y de la superstición. Veo la locura asociarse con la bellaquería y, juntas, conformar el espíritu público y las opiniones públicas. ¡Veo al conservador insolente, al reformista ciego y al liberal cobarde! Si la humanidad deseara lo que es justo, lo habría obtenido hace mucho tiempo.

He visto cómo aquello que habían conseguido los poderosos anhelos del espíritu y de la inteligencia de los hombres “de los que no era digno el mundo”, era destruido por un solo hombre, dotado del atisbo de entendimiento apenas suficiente para advertir que era rey ¡pero no para comprender que podía ser el rey de un pueblo libre! He visto celebrar ese triunfo a poetas, amigos de mi juventud, y amigos de los hombres, quienes, sin embargo, fueron arrastrados por la marea enfurecida que, originándose en un trono arrasó ante sí toda distinción de auténtica razón.

Hazzlitt escribió una biografía de Napoleón en cuatro tomos y es posible que el párrafo anterior se refiera a Bonaparte. Pero nosotros, que no lo conocimos, hemos visto también cosas parecidas.

Podría copiar el ensayo entero pero paro aquí, lamentándome por que la educación en general y la mía en particular no incluyen la lectura de William Hazlitt. Vivimos en las tinieblas.

Q

Una respuesta to “Comentario Hazlitt”

  1. William Hazlitt (1778-1830) | Aminta Literaria Says:

    […] reseña sobre El placer de odiar / William Hazlitt en La lectora provisoria […]

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