Raras, las de Landoni

Diario mediterráneo (VIII)

por Yupi

Lunes

La ola que lee de César Aira. No puedo concebir un escritor realmente grande a quien nadie ataca nunca. Es un síntoma de que no molesta, aun de que no existe (en otro sentido esto es cierto y se aplica a todos los escritores). ¿O será el signo de un mundo multiplicado? Quizás. La literatura cambió mucho en los últimos años, sobre todo por lado de la recepción. Durante la lectura de esta antología se me ocurrieron algunos dardos para lanzar aquí y allá. Dejemos de lado el título, probablemente el más espantoso de los últimos ciento cincuenta años. Podría objetarse, por ejemplo, que el autor ha transferido todas las contradicciones de su naturaleza caprichosa a su sistema literario. Sin embargo esta clase de objeción es siempre un asunto superfluo, porque tales inconsistencias se encuentran en toda estructura de pensamiento, y en el caso de Aira resulta particularmente inapropiada, ya que su literatura no es un sistema teórico consistente sino una obra de arte que debe aceptarse o rechazarse como un todo. El ensayo literario, por lejos el arte más difícil de las letras, transporta algo a medio camino entre el poema y la ciencia, entre el microscopio y la magia. Creo que el valor diferencial de Aira está en sus ensayos y más todavía en las digresiones ensayísticas interpoladas en sus novelas. Se diría que en ese campo es un mago de la época de las noches árabes. En los viejos tiempos los magos no necesitaban cristales enmarcados. Cualquier superficie reflectante servía para su trabajo, y un recipiente con agua clara era suficiente para revelarles todo lo que querían saber.

Madrid

Lunes (más tarde)

«No me gusta el humor en literatura», ha dicho Aira al hablar de las novelas. Es la parte inevitable de su estilo, una escritura versátil que ve todo desde diferentes ángulos, en la que las causas y los efectos son porosos, como si en última instancia las acciones y los pensamientos humanos estuvieran pegados a las cosas, dependieran de ellas, materiales de una historia preescrita desde la eternidad. Esa fuerza centrífuga, esa velocidad para mover la cámara en cada neurona de escritura, es lo que produce su humorismo. Pero es un efecto secundario. En cuanto a la oscuridad que le reprochan algunos lectores, y aquí cabe citar a Chesterton, se debe a un exceso de claridad. Difícil imaginar un escritor más obsesivamente causal que Aira, un verdadero cultor de la causalidad. De alguna forma Aira cree en una especie de armonía universal preestablecida en virtud de la cual las mismas ideas abstractas deben despertar la misma asociación en mentes bien constituidas. En suma, un discípulo de Leibniz educado por Borges, literalmente. Para formar el sentido literario de un chico no hay nada como partir de los libros de Borges, porque llevan a casi todas las líneas de la literatura.

Martes

Medianoche. Me senté junto a la lámpara de mi cuarto, que poco a poco con la pandemia se convirtió en una celda. No sé el tiempo que pasé entre estas paredes. Décadas, quizá siglos. Sobre la repisa hay algunos objetos que compré en Kyoto años atrás. Unas cuantas máscaras pequeñas, hechas de marfil, madera, laca, algunos tapices de reluciente brocado. La magia de Japón, la belleza, el colorido. ¿Cuándo ocurrió? ¿Fue en otra vida? Por un momento vuelvo a caminar por Kyoto entre casas de madera y mujeres de una delicadeza de porcelana. De pronto, en una callecita lateral surge un templo. Casetas donde se cuentan cuentos de hadas. Las velas arden frente a la estatua del Buda. Gruesas cuerdas de cáñamo cuelgan de poderosas campanas, que resuenan antes de la oración. Los sacerdotes escriben y venden notas que se clavan en los pilares del templo. De todos los recuerdos de mi viaje por Japón, la belleza, la gracia, el arte del país, permanecen intactos en mi memoria, como un ideograma. El idioma japonés tiene las palabras más bonitas para decir gracias y adiós. Me gusta olvidar lo que se esconde debajo, lo humano, lo demasiado humano, lo inadecuado, la desdicha del mundo.

Miércoles

Resulta extraño que un vanguardista afirme no querer saber nada de la historia. Los escritores que dejan una huella en la literatura entienden el asunto de forma muy distinta. Muchos de ellos obran como vanguardistas, es decir, como conscientes de toda la historia, desde Nínive hasta Tebas, desde Babilonia hasta Salinas Grandes, desde Roma hasta Bizancio, de Florencia a Pekín y Nueva York. Esto significa ser un contemporáneo de todos los siglos, un conciudadano de todas las naciones, y por lo tanto un habitante genuino de su propio tiempo. En este sentido ser vanguardista significa haber leído todo: los Upanishad, el Zend-Avesta, la Biblia, Lamartine, Confucio, Patoruzú y la Crítica de la razón pura. Un vanguardista que quiera representar algo más que una sorpresa tiene mil veces más trabajo que cualquier otro escritor. Queda la aparición del genio salvaje, pero esos pueden contarse con los dedos de una mano.

Jueves

Mi amigo dijo: “Me cansé de ser bueno. A partir de ahora soy malo”. Se refería a cuestiones laborales, pero enseguida lo relacioné con la literatura. El villano es el personaje fundamental de la narrativa y no digamos del cine. Vengativo como un dios pagano, tiene la responsabilidad de llevar adelante la acción, pase lo que pase. Para mayor eficacia debe ser ligeramente chambón y sarcástico. Pertenece a lo humano: un ángel harto de querubines y coronas de mirto. Con el tiempo algunos autores lo diluyeron bajo el concepto genérico del Mal, lo que me parece un error tan imperdonable como terminar una historia de amor con una boda. Curiosamente, mis villanos favoritos son villanas: Lady Macbeth y la marquise de Merteuil.

Viernes

L., alrededor de 25 años, venezolana, camarera. En general me llevo bien con las mujeres, pero con las bibliotecarias y las camareras entablo relaciones cercanas a la perfección. No sé por qué ocurre, ni vale la pena averiguarlo. Las bibliotecarias me lo han permitido todo, desde devolver los libros fuera del plazo estipulado hasta llevarme incunables a mi casa, aun a riesgo de poner en peligro su trabajo, y con las camareras simpatizo sin esfuerzo. En ambos casos son relaciones instantáneas. Nos saludamos y a los cinco minutos es como si nos hubiéramos conocido toda la vida. Pero con los años cambia la perspectiva. La introducción viene a cuento porque a la camarera de esta entrada la conocí ayer, cuando vine a este bar por primera vez. Habremos intercambiado veinte palabras, o treinta, en parte porque el lugar siempre está lleno. Hace un rato la situación se repitió calcada. Cuando me trajo el pedido le di las gracias y poco más. “Gracias a ti”, dijo, y dejó sobre la barra un café con un corazón perfectamente dibujado con la espuma de la crema. Ese hecho algo ridículo y tal vez automático me conmovió y no supe qué pensar. Una causa confusa no puede tener puntualidad en los efectos.

Sábado

Todo nos une, salvo… Debajo de mi balcón pasaron discutiendo una chica argentina muy linda y un muchacho español. La chica, distante, diría casi ofendida, recriminaba algo que debía haber pasado y no pasó por culpa del muchacho. Antes de que se perdieran calle abajo alcancé a escuchar el siguiente diálogo:

El chico (perplejo): ¿Y cómo podía adivinar que querías eso?

La chica (despectiva): Dejáte de joder. Te tiré cinco centros y no cazaste uno.

El chico (cartesiano): Hubieras sido más directa.

La chica (terminante): Ah, no. El chamuyo no se negocia.

Domingo

Leo por enésima vez que Aira es raro. Qué raro es Aira. Cualquier noticia de los diarios pasa a ser en el acto una novela suya. Bueno. No sé, ni pienso discutir, el grado de rareza que hay en Aira, o en sus novelas. Tampoco alegaré que muchos vecinos de Pringles, las chicas de Landoni, sin ir más lejos, no brillaban justamente por su falta de rareza. Mi estupor deriva de que nadie se considere raro a sí mismo. ¿Todos se tienen por normales? ¿De dónde sale tanta certeza absoluta en la propia cordura? Por ejemplo, todo el mundo habla del pasado con seguridad de sonámbulo. Bastaría con hacerles una pregunta simple: “¿Dónde empieza el pasado?”. Pero sería inútil. Estoy seguro de que juzgarían mi pregunta tan rara como una novela de Aira.

Foto: Lisandro de la Fuente

5 respuestas to “Raras, las de Landoni”

  1. FedericoR Says:

    Voy a empezar a ponerle «gracias» después de cada posteo, porque los leo con alegría pero a veces no sé que poner, y a la vez me da pena que nadie comente. Las redes sociales solucionaron eso con el «megusta», pero mejor dar cuenta de manera explícita.

  2. ericz Says:

    Algunos chistes metió Aira cada tanto. Uno sobre un señor que no podía salir de Checoslovaquia (ponele) me hizo reír como el mejor.

  3. Yupi Says:

    Hola Federico. La semana pasada se jubiló la bibliotecaria de enfrente de casa, y cuando nos despedimos, lloró. ¡No es poco! Con respecto al me gusta, la calamidad es que no exista el botón de no me gusta. Si lo pensamos Aira apretó ese botón varias veces. Con Piglia, con Saer, con Sábato, por no hablar de Cortázar. Por lo menos habría debate. Te dejo con un tocayo y paisano. Salud.
    http://www.youtube.com/watch?v=PBdiwjqTfCw

  4. Yupi Says:

    Hola Ericz! Los indios que salen a dar una vuelta por la llanura vestidos «de sport» califica alto también.

  5. FedericoR Says:

    Los bibliotecarios somos sensibles.

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