Un suicidio confortable

Publicada en Perfil el 20/6/21

por Quintín

En una entrevista publicada en Seúl, Jaime Durán Barba cuenta que desde el principio de la pandemia vive recluido en Quito sin salir de su casa. Sin embargo, el indescifrable politólogo describe esa situación como cercana a la plenitud: “Aprendí el Zoom y curiosamente creo que ha sido un año y medio de una riqueza brutal. Me he reunido con políticos, con campañas, con esto y con lo otro, he dado cursos por todos lados, he tenido una gran hiperactividad estando encerrado.” Luego agrega que vive en un departamento de 450 metros cuadrados, donde tiene una terraza con árboles y quince mil libros. Es cierto que en esas condiciones la cuarentena, el confinamiento y hasta la guerra nuclear se pueden hacer más llevaderos. Es más complicado para los que trabajan en el rubro turístico o gastronómico o para todos los que han visto cómo disminuían sus ingresos y sus posibilidades de trabajo y se dificultaban su educación, su movilidad y la atención de su salud.

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Pero más allá de las condiciones personales en las que vive, Durán Barba da a entender que el efecto de la pandemia es beneficioso. La describe como el factor que pone en evidencia la Tercera Revolución industrial. El virus sería como el hongo que destruyó la cosecha de papas en Irlanda y provocó una gran hambruna en Europa. Sin embargo, dice el asesor electoral, el tejido social ya se había destruido previamente gracias a la máquina de vapor, un lugar que ocupan ahora la computadora y la internet. La entrevista podría titularse: “Un mundo feliz”. Desde luego, Durán Barba nunca cuestiona la manera en que los gobiernos manejaron la pandemia: más bien parece un receptor agradecido de la política comunicacional del miedo que se instaló en el planeta. Contra ella, contra las decisiones de los políticos y, especialmente, contra la ética de los burócratas científicos que los asesoraron (“doctores que, entre bambalinas y protegidos por el prestigio de sus cargos y por la ‘cientificidad’ de sus argumentos, les imponen a millones de personas medidas de corte autoritario que no se vinculan con la prevención que dicen asegurar”) acaba de aparecer un pequeño libro del biólogo y ensayista argentino Eduardo Wolovelsky llamado Obediencia imposible – La trampa de la autoridad.

Obediencia imposible es un libro informado, pero también un libro filosófico, que tiene el valor de resistir a los jefes de Estado que proponen “sencillas y falaces soluciones a problemas muy difíciles” e instalan consignas arrogantes, hipócritas y santurronas como que entre la vida y la economía se quedan con la vida. El problema es que, desde esa falsa elección, se quedan con la vida ajena. La vida, dice Wolovelsky, no se puede defender al precio de vaciarla de sentido, de reducirla a una existencia sin dignidad. “No habrá un tiempo pospandemia, a menos que lo decidamos, a menos que reflexionemos sobre la vida y aceptemos su cara incierta” en lugar de “refugiarnos temerosos entre cuatro paredes que, de todas formas, habrán de ser tomadas”. Y concluye: “No habrá un tiempo mejor a menos que recordemos que nos prometieron vivir maniatados bajo una nueva normalidad impuesta por la tiránica salvación de la vida.” El libro concluye con la declaración de Great Barrington, el sencillo enunciado de otro mundo posible.

Foto: Flavia de la Fuente

Una respuesta to “Un suicidio confortable”

  1. RSB Says:

    La Narrativa del Miedo se convierte en realidad cuando son los propios ciudadanos, ante el colapso de los hospitales, quienes empiezan a exigir que se tomen medidas sanitarias debido a la inacción de los políticos. Pero hacer frente a una pandemia de tal calibre en una sociedad fuertemente dependiente de la especulación económica diaria, de las inversiones, del desarrollismo, del consumismo, codiciosa…estructurada en distintas clases sociales, masificada pero a la vez atomizada, normalmente irresponsable e insolidaria… era imposible sin que los Estados recurriesen una vez más a prácticas totalitarias y que a la vez las “consagradas democracias occidentales” se las ingeniasen para blanquearlas.
    De ahí la inventiva de la vida por encima de la economía como sacrificio social y nacional en contra de las libertades. Una vez soltada la bomba mediática del terror por parte de los gobiernos el mensaje caló a medias. Unos se lo tragaron, otros no. Estos últimos no sé si están más perdidos que los primeros porque vienen de aceptar como algo normal el escenario socioeconómico prepandémico, cuando es la gran la raíz del problema y no la solución. El caso es que ambos creen firmemente en su Estado Nación como salvador de su condición humana, unos añoran la de antes y otros se sienten reconfortados con la de ahora. Unos mantienen su esperanza en su nación para que les devuelva sus “derechos y libertades” y otros siguen confiando en que mantenga las calles “libres de virus”.

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