Querubines velados (II)

Diario primaveral (III)

por Yupi

Las muchachas que tomaron mi casa cambiaron de táctica y ahora afirman que la culpa de su desconocimiento de escritores antiguos es mía, no de ellas, simples víctimas de las pantallas multiplicadas en la web. En fin, para qué embarcarme en una discusión decidida de antemano. En relación con la juventud actual yo vendría a ser algo así como un bandoneonista de la orquesta de Canaro. Perdido por perdido esbocé una segunda serie de retratos, que dedico esta vez al Novio de Troll, tan vertiginosos son los cambios del mundo moderno.

Felipasea

Charles Lamb. 1,61 cm. Flaco, escuálido, inquieto como un árabe, demacrado por la ginebra y los asesinatos en familia. Parecía bañado en una neblina que cayera sobre su figura suavemente desde el pasado. Los rasgos de su cara eran finos, armoniosos, y en los ojos destacaba una especie de brillo ahumado. La voz sonaba maliciosa, cortada a veces por una sonrisa de dolorosa dulzura. Se hizo cargo de su hermana Mary luego de que ésta acuchillara hasta la muerte a la madre de ambos. Toda la vida fue un gitano mental, una especie de saltimbanqui tolerante y piadoso. El humor de Lamb, rico en citas apócrifas, anticipa a Borges, quien sin embargo lo aborrecía con prolijidad. Había en él una perfecta sencillez infantil.

John Keats. 1,53 cm. Ojos grandes y azules. Pelo rojizo, dividido al medio en dos cascadas a cada lado del rostro. Su expresión era como la de alguien que estuviera mirando una puesta de sol gloriosa. La forma de la cara no era cuadrada como la de un campesino sino más bien como la de muchas mujeres: ancha en la frente y angosta en la barbilla. Bravucón como todo petiso, una vez desafió a pelear a un carnicero que había sido insolente con unas señoras. Es de agradecer que el carnicero confundiera la bravata de Keats con un chiste muy gracioso.

Jane Austen. 1,60 cm. Delgada y bastante alta para la época, toda su apariencia expresaba animación. La tez correspondía a la de una morena clara. Tenía las mejillas redondas, la boca y la nariz pequeñas, bien formadas. Sus ojos eran color avellana y el pelo castaño formaba rizos naturales alrededor de la cara. Aunque menos apuesta que la hermana, su figura proporcionada transmitía un peculiar encanto, levemente anacrónico. Según el testimonio de un sobrino: “Jamás fue vista por nadie, ni por la mañana ni por la noche, sin cofia”. No hay duda de que Miss Austen llevaba el atuendo de las señoras mucho antes de lo que requería su edad y no era consciente de lo que estaba de moda en las capitales. Nunca puso su nombre en ninguno de sus libros. La portada simplemente decía que estaba escrito “Por una dama”. Lejos de perjudicarla, esta frase la definió a través de los siglos y la convirtió en un emblema.

Charlotte Brontë. 1,45 cm. Una suerte de antimateria de la anterior en todos los sentidos. Cuerpo mínimo, como hecho por un artesano. Las manos y los pies parecían los de una muñeca viviente. Pelo castaño y ojos marrones. Frente amplia, nariz en gancho sobre unos labios finos que expresaban rencor, indignación, dureza y furia. Daba la impresión de ser una persona tímida y noble. Miope al punto de no tocar el piano por no poder leer la partitura, tenía la rara habilidad de ver en la oscuridad. Escribió Jane Eyre mientras vivía con su padre viudo, un vicario inmune al optimismo. Si a esto se le agrega que debió criar a sus hermanas, y el dictamen de Southey, que le recomendó dedicarse a hacer calceta, concluimos que su famosa falta de sentido del humor tuvo plena justificación. Chesterton observó que el típico personaje de Brontë es una especie de monstruo. Todo en él, salvo lo esencial, se disloca.

Stendhal. 1,59 cm. Petiso y barrigón. La cara carnosa estaba enmarcada por un cabello oscuro y rizado, según parece, con ayuda del arte. Frente amplia, nariz breve, boca irónica y elocuente. Los ojos eran más bien pequeños, brillantes, profundamente asentados en sus cavidades, agradables cuando sonreía. Su figura pronto se volvió gruesa y pesada, así que en resumen parecía un boticario. Durante toda su vida estuvo enamorado. Este hombre feo era un caballero altivo, un Don Juan, un sensualista siempre lírico en compañía de las damas, pero una vez sentado en su escritorio, pluma en mano, volvía a ser el maestro frío y preciso de las emociones. Naturalmente, el mayor psicólogo de su época creía más en la acción que en la psicología. Su divisa: “Cada clásico muerto ha sido en algún momento un romántico vivo”.

Gustave Flaubert. 1,83 cm. Peso: 112 kg. Alto, macizo y de espalda ancha. Cabello más bien largo con entradas hasta la mitad del cráneo. Tez blanca, mejillas rosadas, ojos grandes de color verde, techados por cejas negras. El espeso bigote de morsa de un castaño dorado acompañaba a una voz sonora como una trompeta. Extremado en sus gestos y de una risa contagiosa. En el trato era impetuoso, impaciente, autoritario, y sin embargo encantador, pues su violencia sólo era la torpeza natural de un carácter básicamente provinciano. Fue muy amigo de Turguenev, circunstancia que les valió el apodo de “Los gigantes benévolos”.

Iván Turguenev. 1,91 cm. Peso: 110 Kg. De las dimensiones de este verdadero oso ruso podemos inferir su carácter: un pan de Dios. Tolstoi y Dostievski se cansaron de hacerle desplantes sin recibir a cambio más que elogios y comprensión, además de una ayuda crucial para difundir sus libros por Europa. Turguenev era de una naturaleza tan noble que estaba dispuesto a creer en el talento y la buena fe de todo joven ruso por la simple evidencia de ser joven y ruso. Henry James, que no era proclive a las efusiones íntimas, lo definió de este modo: “No tiene un átomo de prejuicios ni de vanidad. De hecho es todo lo que uno podría desear como ideal: rápido, modesto, comprensivo, simple, profundo, ingenuo, inteligente”.

Fiodor Dostoievski. 1,60 cm. Flaco, petiso, desgastado y encorvado por los largos años de infortunio. Más apagado que envejecido, la barba profusa y el cabello ralo le daban el aspecto de un inválido de edad incierta. La cara era la de un campesino urbano: un verdadero mujik de Moscú de nariz plana y ojos agudos, pequeños. Tenía la frente abultada y las sienes huecas, como hendidas a martillazos. Sus rasgos retorcidos parecían presionar sobre una boca triste. Los párpados, los labios y cada músculo de su cara se movían nerviosamente todo el tiempo, por lo que es fácil imaginarlo sentado en el banquillo de un tribunal a la espera de la condena, o quizá entre los vagabundos que mendigaban ante las puertas de la prisión. Nunca tuvo plata y rara vez tuvo casa. Su divisa: “Vivir de forma decente, no puedo”.

Elizabeth Barrett Browning. 1,54 cm. De figura marcadamente frágil, una lluvia de rizos oscuros caía a cada lado de la cara ovalada. Sus ojos eran grandes, negros, realzados por la tez blanca y una sonrisa inquietante. Fue un genio precoz. A los ocho años la pequeña Elizabeth ya podía leer a Homero en griego antiguo y era común verla con la Ilíada en una mano y una muñeca en la otra. A decir verdad la apariencia de esta artista siempre estuvo por debajo de su edad real, circunstancia que la complacía especialmente. Su pasatiempo preferido era comentar versos con su futuro esposo, el poeta Robert Browning, en diálogos invariablemente incomprensibles para el resto de los mortales, tanto que la señora Thackeray, al enterarse de la boda de la pareja, comentó: “Qué inteligentes. Por lo menos se entenderán entre ellos”.

Vernon Lee. 1,62 cm. Leve y más bien pequeña. Pelo rojizo, ojos marrones y nariz recta. Inglesa por nacionalidad, francesa por nacimiento, italiana por elección. Esta extraña mezcla le dio la posibilidad de ser lo que pocas mujeres suelen ser: una ensayista notable. Fue una de las inteligencias más penetrantes y sutiles del siglo XIX. También de las más peligrosas. Henry James, que empezó apadrinándola, recomendaba huir de ella como de un fusil cargado. Adoptó un seudónimo masculino para que la dejaran en paz con la cuestión de los géneros.

Robert L. Stevenson. 1,78 cm. Alto y delgado, quebradizo, un flaco inquieto que parecía vivir más de su energía intelectual y moral que de su salud física. Pelo castaño claro, lacio, que usaba largo, al modo de los vagabundos. El contraste entre la tez pálida y los ojos oscuros y rasgados, casi japoneses, le daba un aire gitano. Valiente hasta la temeridad cuando estaban en juego lo que él consideraba cuestiones de honor. Andrew Lang cuenta que en París, en un café, Stevenson oyó a un francés decir que los ingleses eran cobardes. Stevenson se levantó y abofeteó al hombre. “¡Señor, usted me ha dado una bofetada!”, dijo el francés. “Así parece”, dijo el escocés. Obtuvo mediante la más alta técnica literaria una recompensa inaudita. Los lectores generalmente admiran a los escritores virtuosos; a Stevenson, además lo quieren.

Henry James. 1,68 cm. Más bien gordo y cabezón. Era tartamudo. Para disimularlo hablaba pausadamente por medio de frases muy elaboradas. De ahí su estilo pulcro, lento, exuberado en cláusulas subordinadas, capaz de indigestar a un chivo alimentado con alambre de púas. Ningún novelista tomó más en serio el arte de observar la vida. Por eso es el arte, no la vida, suspiran algunos avisados, lo que despliega en sus novelas. Los estadounidenses nunca le perdonaron que se mudara a Inglaterra; los ingleses nunca lo consideraron uno de los suyos. Thomas Hardy lo describió como “una hembra virtuosa” y Faulkner como “la anciana más amable que he conocido”. ¿Qué hacer con gente así? ¿Cómo explicarles que para Henry cada una de sus historias representó las emociones más feroces de los romances de capa y espada?

Junichiro Tanizaki. 1,63 cm. Bajo y robusto. Tenía una cabeza redonda, vigorosa, de nariz ancha y labios móviles. Era extraordinariamente miope, tanto que para leer sostenía los libros cerca de los ojos. Solía lamentar su mala vista, ya que le ocultaba mucho drama humano y mucha belleza natural, sobre todo femenina. En este caso dependía de un oído ultrasensible y se guiaba tanto por el tono como por los modales de la interlocutora. Su voz era perfectamente nítida. Tenía un modo de hablar lento, persuasivo, veteado de toques humorísticos. Amaba todo lo que era tierno y hermoso. Este rasgo podría haber hecho de él un plomazo si no lo hubiera salvado su fuerte sentido común y juicio práctico. Hombre de hogar, Tanizaki se casó tres veces en el curso de sus andanzas por este mundo. Era chueco como un cowboy.

Charles Dickens. 1,73 cm. Un retrato difícil. Hablar de Dickens es como hablar de un hermano, o quizá más exactamente de un hijo. Más bien flaco. Pelo castaño claro, ojos azules. Tenía la vivacidad de cincuenta personas y la capacidad de trabajo de ochenta. Se suele desconfiar de los escritores muy trabajadores, pero creo que todos debemos hacer una excepción en este caso. La gloria de Dickens rebasó de tal modo la literatura que remeda un acto de magia. Fue considerado en vida y es considerado hoy un benefactor de la humanidad. Su rostro parecía estar hecho de acero, en espera de la estatua. Como le dijo una vez Lady Trollope, esa suerte de Sra. Bibiloni británica: “¡Qué cara la suya para encontrarla en un salón, señor Dickens!”.

Foto: Lisandro de la Fuente

11 comentarios to “Querubines velados (II)”

  1. La Barbuda Novia de Troll Says:

    Que barbaridad, aquí de trasnoche y nos encontramos con estas maravillas! Con Troll estábamos pensando en festejar mi cumpleaños en Tailandia. Lo llevamos a Ud. y a todas esas quinceañeras que lo torturan: Los lectores generalmente admiran a los escritores virtuosos; a Yupi, además lo quieren!

    Aquí le dejo un simpático documental sobre Rowland Howard que, espero, no haya visto!. Online por 24 horas. Click * Download … que el Ogro no nos vea!

    Sdos.

    https://drive.google.com/file/d/1bTMYVwYInkaf_kcAswUtTDC5ta–4LbU/view?usp=sharing

  2. Gastonazo. Says:

    Hermoso diario y hermosos perfiles; mientras los leìa, no pude evitar googlear las imágenes de cada uno de los homenajeados y así cotejarlos detenidamente con las precisas y muy divertidas descripciones de Yupi. Que decir…
    Al pobre Fiodor Dostoievski siempre le encontré un parecido con Lenin. Los labios de la Brontë meten miedo. No sé que habrá querido decir Lady Trollope con lo de toparse la cara de Dickens en un salón, pero si sé que si yo me llegará a cruzar en una fiesta un rostro tan cargado de intensidad y determinación, inmediatamente le pediría disculpas por mi holgazanería. De todas formas, el que más me sorprendió fue Iván Turguenev. Seré prejuicio, pero hay algo en su rostro y sus ojos levemente entrecerrados, que me genera cierta desconfianza, como si detrás de su supuesta pureza se escondiera un dejo de resentimiento. Saludos, Gastonazo

  3. Yupi Says:

    Sinceramente Turguenev resentido me suena raro. Pero ahora que lo pienso puede haber una causa, ya mismo improviso abajo una hipótesis. ¿Y si me hago retratista literario callejero? Ayer vi en la calle Fuencarral a un poeta, sentado delante de una máquina de escribir, que por unos euros improvisaba poemas rimados a partir de cualquier palabra, como nuestros payadores. Era buenísimo. Voy por el retrato-hipótesis. Si sale.

  4. Yupi Says:

    Pauline Viardot. 1,51 cm. El amor eterno de Turguenev. Pianista mediocre, dibujante regular y cantante notable. Cabello y ojos negros. No solo no encarnó ninguna belleza sino que era de una fealdad penetrante. Petisa, jorobada, de rasgos angulosos y toscos. Cuando cantaba su expresión parecía la de un batracio agonizante. Tuvo el tino de no casarse por pasión sino por conveniencia con un hombre veinte años mayor, una especie de padre liberal y mundano, tranquilo, discreto, muy inteligente, que la ayudó a desarrollar una exitosa carrera artística. Qué agregar. Si hubo una prueba definitiva de la santidad de Turguenev fue que vivió y murió a la espera de que esta dama le concediera cinco minutos de su atención. Sic transit minima gloria mundi.

  5. La Barbuda Novia de Troll Says:

    Que barbaridad aquí de trasnoche se encuentra uno con estas vidas ejemplares y miniaturas conjeturales del Laboratorio Yupi!

    Pronto nos llevaremos al retratista literario de paso y festejos a Tailandia, a él y las quinceañeras que lo torturan: “Los lectores generalmente admiran a los escritores virtuosos; a Yupi, además lo quieren!”

    Le dejo por un rato (lo borro antes que el Ogro me vea! clik*download) a Rowland Howard, introvertido y mujik y ruidoso y que se enojaba particularmente cuando le nombraban a Dostoievsky!

    Saludos

    h**ps://drive.google.com/file/d/1bTMYVwYInkaf_kcAswUtTDC5ta–4LbU/view?usp=sharing

  6. La Novia de Troll Says:

    test

  7. La Novia de Troll Says:

    test?

  8. La Barbuda Novia de Troll Says:

    Que barbaridad aquí de trasnoche se encuentra uno con estas vidas y miniaturas conjeturales del Laboratorio Yupi!

    Pronto nos llevaremos al retratista literario de paseo y festejos a Tailandia, a él y esa quinceañeras que lo torturan! “Los lectores generalmente admiran a los escritores virtuosos; a Yupi, además lo quieren”

    Le dejo por un rato (lo borro antes que el Ogro me vea! clik*download) a Rowland Howard, introvertido y mujik y ruidoso y que se enojaba particularmente cuando le nombraban a Dostoievsky!

    Saludos

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  9. La Novia de Troll Says:

    test, ??! aqui testeando mi nuevo ID? La Barbuda Novia de Troll

    Que barbaridad de trasnoche se encuentra uno con estas vidas y miniaturas conjeturales del Laboratorio Yupi!

    Pronto nos llevaremos al retratista literario de paseo y festejos a Tailandia, a él y las quinceañeras que lo torturan por supuesto! “Los lectores generalmente admiran a los escritores virtuosos; a Yupi, además lo quieren”

    Le dejo por un rato (lo borro antes que el Ogro me vea! clik*download) a Rowland Howard, introvertido y mujik y ruidoso y que se enojaba particularmente cuando le nombraban a Dostoievsky!

    Saludos

    h**ps://drive.google.com/file/d/1bTMYVwYInkaf_kcAswUtTDC5ta–4LbU/view?usp=sharing

  10. Gastonazo. Says:

    Pauline Viardot. Acabo de testear un par de fotos. Que se yo. Me parece mas rara que fea. Un personaje de Tim Burton. Me extraña que Yupi no haya reparado en los ojos gigantes: en algunos retratos son atractivos, en otros parecen los de un sapo; estoy seguro que ejercian alguna especie de atractivo. Después, estaba la voz, seguramente, que no es poca cosa. Igual no me cierra, pero tampoco me parece un dechado de carencias.

  11. Yupi Says:

    Gastonazo. “Un personaje de Tim Burton”. Tal cual.

    Novia. Qué grandes los australianos. Son gente hecha para las relaciones sociales, gente para quien la amistad no depende tanto de una cuestión de tiempo o experiencias compartidas como de convicción, cortesía y deseo inmediato. Te presentan y a los cinco minutos parece que te hayan conocido toda la vida. Australia fue originalmente un presidio. Descienden todos de convictos y bucaneros, y las mujeres son todavía más audaces que los hombres. Cuando era un muchacho loco tuve una novia de Perth (¡qué será de ella!), lo digo con gran orgullo. Nos conocimos dando vueltas por Europa de mochileros. Hablamos todo el tiempo en inglés de esto y aquello, música, literatura, etc. Dos horas después la chica perdió de tal modo la paciencia que agarró un diccionario español que llevaba encima, buscó, relacionó, ensambló, y me dijo sin más: “Dame un beso”. Es la generosidad natural, innata. Lo mejor de Inglaterra sin lo peor de Inglaterra, pienso a veces.
    http://www.youtube.com/watch?v=ckymeO6qWcQ

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