Sosegate, Filomena

Diario invernal (IV)

por Yupi

Lunes

Madrid amaneció convertida en una estación de esquí, no por la nieve que cae, sino por la nieve que cayó y no hay forma de sacar de caminos y tejados, tal es el frío desesperante que campea en todas partes. El frío tiene un doble registro, el que baja de los cielos y el que sube desde la tierra. Las veredas están cubiertas por montañas de nieve. Temperatura mínima de los últimos días: 11 bajo cero, 7 bajo cero y 9 bajo cero. Es cierto que los niños se divierten, pero yo soy una persona acostumbrada a vivir sobre cero. La glaciación no es lo mío. Visto desde lejos debo de parecer un muñeco engordado a base de prendas. De abajo hacia arriba: botas, medias de lana, calzoncillos largos, pantalón grueso, camiseta de manga larga, dos pulóveres, campera, pañuelo al cuello, bufanda, gorro de lana. En mi cuarto, un radiador encendido las 24 hs a máxima potencia. Nada calma la furia de Filomena y todo indica que la situación va para largo. Me pregunto cómo luciría una diosa del hielo enardecida. Sería una combinación de opuestos. Una mezcla de Marlene Dietrich con la hermana de Patoruzú.

Plazanevada

Martes

Algunos historiadores sostienen que el fin de Edad Media, y el comienzo de la Edad Moderna, puede situarse en 1348 con la aparición de la peste negra, también, según parece, importada de China. Entró por Italia y se extendió inexorablemente de casa en casa, de país en país. Pasó a España, Francia, Alemania, Inglaterra, y finalmente llegó a las regiones más septentrionales. Hasta bien entrado el siglo XV la peste vuelve repetidamente en las crónicas. La mortalidad era imparcialmente espantosa. Durante su apogeo murieron dos tercios del alumnado de Oxford. La pérdida total para Europa ascendió a 25 millones de muertos, cifra sólo superada seis siglos más tarde por la II Guerra Mundial. Para completarla aparecieron cometas amenazantes, tormentas terribles, enormes invasiones de langostas. Naturalmente, ante la inminencia de Juicio Final echaron la culpa de todo a los judíos. ¿A quién podían echársela? De repente surgió el rumor de que los judíos habían envenenado los pozos de agua y la enfermedad se había extendido por el continente. Hubo horribles matanzas de judíos en las que éstos desplegaron ese heroísmo ciego que es evidente en toda su historia, desde Nabucodonosor y Tito hasta los pogromos nazis. Las esposas que veían a sus maridos quemados en la hoguera se les unieron en las llamas con sus hijos; en muchos pueblos los judíos se reunieron en la sinagoga y la prendieron fuego voluntariamente. A la luz de los hechos no es extraño que Israel haya sido el primer país en asegurarse vacunas contra el Covid para todos sus habitantes. ¿Significa esto que los judíos son más adaptables, es decir, más inteligentes, que el resto de las etnias? Sí.

Miércoles

El millonario Elon Musk, dicen, prepara la colonización de Marte en breve. Si me aceptara en su expedición subiría a la nave sin dudarlo. La posibilidad de asomarme a cómo será la vida en el futuro, o cómo se verá el pasado desde el futuro, me parece un suficiente estímulo, ya que probablemente la Tierra un día terminará. Spengler decía que las civilizaciones, como los organismos, tienen una vida útil, que puede acortarse mediante una interferencia externa, una guerra, pero que no puede prolongarse de ninguna manera. La civilización egipcia, sumeria, babilónica, micénica: ninguna de estas culturas complejas sobrevivió a su período de tiempo. Lo pensé recién al oírle afirmar a un músico con gran convencimiento que el rock no va morir nunca. Me recordó la vez que llevaron a Borges al programa Grandes Valores del Tango y el conductor lo instó a que reconociera la inmortalidad del tango. La situación se alargó tanto que al final Borges dijo con la mirada perdida: “Soldán, ha caído el Imperio Romano”.

Jueves

Leo la milésima diatriba de los escritores contra el avance de la cultura digital. ¡Queremos el libro en papel! ¡No tenemos nada que ver con las máquinas! No entiendo la idea. ¿Piensan que las imprentas no son máquinas sino una proyección del espíritu? El objeto libro al que se aferran con el fervor de un obispo es producido enteramente sin la intervención de una mano humana. Sólo a través de su unión con la máquina el libro fue universal. La versatilidad y la velocidad de la página digital son tan superiores a las de la página impresa como el libro y el periódico fueron superiores al manuscrito y el orador de púlpito. Esto no quiere decir que los poetas desaparecerán. Al contrario, cuando cesen las obras en papel, habrá más y más poetas. Quizá les parecerá una broma graciosa que en un período histórico sólo las obras impresas pertenecieran a la literatura. El escritor tal como lo conocemos, que sólo se dedica a escribir y es legitimado por la industria editorial, apenas data del siglo VXIII. No existió durante casi dos mil años. ¿Por qué habría de existir para siempre? Ni Homero ni Dante se vieron a sí mismos como escritores profesionales. No tenían la menor autoconciencia de su tarea. Pero como siempre es en la literatura inglesa donde el corte histórico se nota con claridad. Shakespeare no se dio aires de grandeza por escribir Macbeth o Hamlet, no suponía que fueran algo sublime; Milton ya fue más consciente de sus poderes, que en consecuencia son inferiores.

Viernes

Tiene razón Lukács al decir que todo escritor quiere hacer realismo, “meter las manos en la realidad”, para decirlo con una metáfora horrenda. La cuestión es para qué quiere meterlas. ¿La realidad lo necesita? En este punto, siento decirlo, todo se vuelve un poco tenebroso. Los artistas más genuinos no sólo son lunáticos latentes, sino también criminales latentes, y la única razón por la que no entran en conflicto con el código penal es porque son artistas y se involucran en la producción de obras. Homero celebró la ira de Aquiles. Esto, decía Hazlitt, es como confesar que el poeta estaba tan loco como el héroe. “Nunca he oído hablar de un crimen que no podría haber cometido”, aseguraba Goethe. Esa es la esencia del artista. No comete delitos simplemente porque puede moldearlos artísticamente. Pensemos en los criminales más famosos de la historia: Nerón, Calígula, Tiberio, Robespierre, Torquemada, por nombrar algunos pocos. ¿Qué fueron sino un Dostoievski que llegó a la realidad?

Escribí lo anterior a modo de ejercicio. Es notable el éxito que tuvo esta interpretación. En ella cabe todo, psicoanálisis, magia negra, telequinesis. Saca al escritor del parecido con un jugador de bowling y lo identifica con los seres más extraños del mundo, aunque se duche todos los días, pague los impuestos y lleve los chicos al colegio. En el artista presentado como una neurosis organizada hay quizá alguna astucia, pero también una gran dignidad. Babilonia en ruinas no es un espectáculo tan drástico, ni tan solemne, como una mente sitiada por la locura.

Sábado

Creo que ninguna mujer cuerda querría ser la esposa de un hombre como, por ejemplo, Osvaldo Lamborghini. Su amante tal vez sí, porque una amante siempre puede emprender la fuga. Pero no una esposa. Primero porque debería convivir con un horario cambiado, al revés de toda la gente, hecho que reduce la vida social prácticamente a cero, y después porque no tendría ninguna manera de hacerle aceptar un trabajo estable. Para un escritor recibir una propuesta de matrimonio tiene un efecto similar al de ser atacado con un picahielo por una monja. Lo sume en un terror indescriptible, casi inhumano. Un artista casado es un artista que muere por centímetros, sordo por el llanto de los niños, sofocado por el humo de las papas fritas, ahorcado en su propia casa con el pantalón del pijama. El artista, más que un loco, es como un extraterrestre. Las costumbres y modales de la sociedad no pueden alcanzarlo por el simple hecho de que vive en otro mundo. Si es suficientemente bueno, crea otro mundo, lo que complica todavía más las cosas y las lleva a un punto de no retorno. Todo esto también vale para las mujeres artistas. De hecho al empezar a escribir no pensé en los hombres sino en las mujeres, y particularmente en una mujer, Hanna Muck, a quien dedico estas líneas.

Domingo

Conversación en el vestíbulo con mi vecino Kolya, 29 años, ruso, informático, soltero. Quizá porque es la viva imagen de los galancitos de las telenovelas durante un tiempo tuvo en jaque al sector femenino del consorcio. Cuando llegó a nuestro edificio mi amiga Carmen (82 años) me dijo en confidencia: “He conocido al chico ruso. Es muy divertido. ¡Y qué bombón!”. El humor no es una cualidad sobresaliente de los rusos, pero Kolya es de Sochi, una ciudad del extremo sur de Rusia, y el sol modifica todas las cosas. Entre un habitante de Moscú y uno de Sochi existe la misma diferencia que entre un navarro y un andaluz, o un milanés y un napolitano. Los sureños son más abiertos, más emotivos y más espontáneos en la expresión de sentimientos. La predilección femenina por Kolya llegó a su apoteosis cuando nos enteramos de que tenía coronavirus. Las mujeres hacían cola para dejarle comida en la puerta, como a los niños huérfanos. El muchacho pasó el virus como pudo, se recuperó y por fin volvió a circular con normalidad por los pasillos. De más está decir que quedó como un referente de la pandemia para todos, especialmente para mí. Kolya será del sur de Rusia, pero eso no lo vuelve menos ruso, así que hace un rato le pedí que me contestara con toda sinceridad si se aplicaría la vacuna Sputnik o la Pfizer. Pensó seriamente un momento y contestó: “Ninguna”. Luego me saludó con un pulgar en alto, abrió la puerta de calle y se alejó entre la nieve.

Foto: Lisandro de la Fuente

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