El tañido de la nieve

Diario invernal (III)

por Yupi

Lunes

Quedé sitiado en medio de un mar de hielo. Afuera no hace más que nevar todo el tiempo. Nieve, nieve por todas partes hasta donde alcanza la vista. Es dura la vida del meteorólogo. La aparición de Filomena resultó un golpe para los difusores del calentamiento global. La femme est un être dangereux, decía Balzac. Alguien pasa media vida alertando sobre el deshielo de los polos y de pronto se desata una tormenta de nieve que recluye al país. Los supermercados cierran, los caminos quedan bloqueados, los árboles no soportan el peso de la carga. Según Maurice Blanchot, la obra literaria es una campana y la crítica es la nieve que cae y se deposita sobre ella, haciéndola tañer. Ojalá no cayera. El copo de nieve de Koch se despliega de forma infinita y finita sobre la península. La nieve cae eternamente sobre Rosario mientras Giordano se encamina a la universidad. No cantes, hermano, no cantes, que Moscú está cubierto de nieve. La nieve cíclica, la nieve total, mallarmeana. Un rápido vistazo a la leñera me informa que tengo madera para dos o con suerte tres días más. ¿Qué pasará cuando se termine?

Madrid

Martes

En el bosque virtual encuentro una frase de César Aira: “Sólo un artista puede transmitir los fantasmas de una época, hacer palpable la atmósfera de un mundo que se perdió”. Durante unos segundos me pierdo en una ensoñación. El poder del sonido siempre es mayor que el poder del sentido. La literatura no es otra cosa. Pero un estado de daydream no dura para siempre, inevitablemente el lenguaje tiende a plegarse sobre el sentido. Me detengo antes de la coma. ¿Por qué fantasmas? ¿Qué quiere decir fantasmas ahí? El sentido es tan vago que se desvanece en el aire. Hay algunas cosas que sucedieron hace tanto tiempo, lugares o personas de las cuales nos quedan tan débiles recuerdos, que casi no sabemos si ocurrieron en el sueño o la vigilia. Son como sueños dentro del sueño de la vida. ¿Significará eso? Sigo. La segunda parte de la frase modifica las cosas al hablar de la atmósfera de una época, expresión que tiene poco que ver con los fantasmas del principio y se parece más a las características de una época. Aquí se impone otro alto. ¿Por qué sólo los artistas pueden transmitirla? Un médico o un matemático pueden transmitir muy bien las características de una época, incluso pueden determinarla. Además, no corresponde que un artista exalte a los artistas como transmisores exclusivos de épocas. Es como si se aplaudiera a sí mismo. Más bien la frase demostraría que los artistas no brillan por la precisión de las transmisiones, sino que las escriben porque suenan bien, o porque les gusta jugar a los fantasmas. Shakespeare en la primera representación de Hamlet actuó de fantasma (del padre). Esto tiene lógica, porque lo que el artista concibe no es la idea sino la forma, no el lado abstracto sino el concreto, aunque sea algo tan etéreo como un fantasma. La idea llega desde afuera, la poesía nace desde adentro. Por un lado hay una lengua lírica, que todos los poetas han contribuido a formar, y por otro también hay un estilo ensayístico, algo entre hablar y escribir. Ahora por fin el sentido parece definirse. Una vez despojada de metáforas y giros poéticos la idea quedaría enunciada así: “Un artista puede transmitir las características de una época”. Es verdad. Pero a condición de que el artista no sea demasiado grande. Es en los escritos menores de una época, donde no se siente el carácter del genio personal, que las características generales de la época se notan más claramente.

Miércoles

“Es todo bastante raro”, dijo el oso. “Tu mundo tiene un horario definido. Eso es lo que me desconcierta. Todo es fijo y estable. Al menos, así me parece. Y luego tienen objetos colocados en ciertas posiciones, garajes, casas, farolas, y nunca alteran su lugar. Me recuerda el paisaje que usaban en los viejos teatros. En mi mundo todo se mueve constantemente y no hay un tiempo para cada cosa, sino que siempre hay una gran cantidad. Por ejemplo, yo puedo vivir en el día de ayer y mi amigo en el de pasado mañana”. El oso quedó un momento con la mirada en el vacío, un gesto que ya le conozco bien. Ahora parecía un peluche gigante más que cualquier otra cosa, y la aparente ausencia de circulación sanguínea e incluso de respiración hicieron que la ilusión fuera casi perfecta. Lucía realista sin que pareciera estar vivo. Pero estaba vivo. “Mi mundo”, continuó, “no tiene límites definidos en absoluto. El cielo no se ve, como el tuyo, simplemente como una especie de cuenco invertido. Es un vacío sin forma. Pero lo que me sorprende tanto de tu mundo es que todo parece conducir a algún lado, y esperan que siempre se llegue al final de las cosas. Pero en mi mundo todo continúa para siempre”.

Jueves

Kafka o la literatura. Sin duda son sinónimos, o deberían serlo en un mundo ideal. Resulta difícil imaginar una dedicación más completa de una persona a su materia. Todo en él se convirtió, por así decirlo, en pontificio, casi sacramental. El alma de un poeta debe contener la forma perfecta de todas las cosas armoniosas y sabias. Su cuerpo debe ser un instrumento, su vida espartana, su pensamiento elevado, su concentración intensa. El proceso a Josef K no es una alegoría. Se concibe inmediatamente como símbolo. De hecho el símbolo se ha independizado, vive su propia vida. Y qué vida. Es mucho más que un sueño. La proliferación de metáforas religiosas para hablar de Kafka es tan peligrosa como inevitable, ya que la pureza siempre es un poco monstruosa, remite a formas que no son de este mundo. Él lo tuvo claro desde el principio. Había aprendido tan bien a leer los signos que no tuvo tiempo para desarrollar los significados. Se convirtió en un médico del alma sólo por el lado del diagnóstico, no por el lado de la curación. De ahí a la metáfora religiosa hay un paso. No por nada Proust, que tenía un ojo de lince, después de conocer a André Gide dictaminó: “Es un falso monje”.

Viernes

La época de Shakespeare de Frank Kermode. Al correr de este excelente libro me entero de que en el siglo XVII ser prolífico no era una característica exclusiva de Stephen King. Por ejemplo, Thomas Heywood escribió, ya sea solo o en colaboración, más de 220 obras. El teatro isabelino era como una gran fábrica de arte dramático: poetas y eruditos que trabajaban juntos, no muy cuidadosos de reclamar su propiedad ni muy escrupulosos con la propiedad ajena. Algo así como los gremios medievales que construyeron las catedrales, o las escuelas de pintores italianos en el siglo XV, donde no siempre es posible determinar si un trabajo es del maestro o de uno de los alumnos. El drama isabelino fue, en grado superlativo, la creación del actor-dramaturgo. Heywood, Jonson, Shakespeare, Marlowe, Peele, Kyd, Greene y otros fueron a la vez autores y actores. El padre de Beaumont era juez y el padre de Fletcher era el obispo de Londres, pero vivían cerca de los teatros y se juntaban con Shakespeare y Ben Jonson en la Sirena o La Taberna del Diablo. Ahí paraban todos: los university wits; los bohemios y los piratas a sueldo de Henslowe; caballeros con profesiones serias que escribieron al margen, como Thomas Lodge, que era médico; en resumen, el cuerpo completo de dramaturgos se mantenía en estrecho contacto con los ciudadanos. Toda clase de personas frecuentaba los teatros de madera, y algunos llegaron a albergar hasta 3000 espectadores. El teatro isabelino fue para el público de entonces lo que Internet es hoy para nosotros.

Sábado

Al leer a los clásicos de la literatura uno llega a pensar que el genio es a la vez una capacidad infinita para ver todas las cosas, y una capacidad infinita para ignorar todas las cosas menos una. Desde Homero todos comparten esta característica. La estrechez, lejos de oponerse a la grandeza en el arte, es a menudo su condición. Dante o Kafka son pruebas de que la esencia del genio consiste en ver con extraordinaria claridad un sector del asunto en lugar de la totalidad. El advenimiento de la cultura digital dinamitó ese universo en miles de ventanas separadas y discursos fragmentarios. No es raro que en tales condiciones la calidad literaria de nuestro tiempo sea difícil de discernir, ya que no es fácil estudiar un mundo multiplicado. Estamos en el porche, tal vez ya en el vestíbulo, de una nueva era. Lo que vendrá es tan impredecible y tan fácil de predecir como todo lo que ocurrió hasta ahora, si sabemos leerlo.

Domingo

En el silencio de la noche escucho algunas canciones de Zarah Leander. La voz es lo indefinible puro. La ciencia y el arte pueden describirla, poetizarla, analizarla, pero no agotarla en una explicación. Dentro de esa indefinición el registro de contralto es el más indefinido. Las contraltos tienen una voz mental, usualmente llamada “voz de cabeza”, lejos de los órganos sexuales. Esto le da su tono extraño. La historia de Leander es conocida. Estrella máxima del III Reich, logró escapar del régimen nazi sin que la policía secreta le cayera encima. Cómo lo consiguió nunca se supo del todo. Por algún motivo, conservó la vida, y empezó a representar la muerte. La misma maquinaria que la había exaltado a ejemplo nacional la trató de farsante, de asesina y por fin de inexistente. Pero el muerto vivo goza de un estatus temporal extenso. Al no tener pasado ni futuro queda sujeto a una suerte de presente continuo, vale decir, a la supervivencia. En el magnífico registro de contralto de Leander persiste una revelación en suspenso. Su voz expresa el hecho no de que todo se derrumba, sino de que todo se derrumbó hace mucho tiempo, y es necesario sobrevivir de algún modo, por ejemplo, cantando. Qué no daríamos por conocer eso que huye detrás del sonido. Eso que intuyó Kafka. Eso mismo que intuyen escritores y directores de cine a la hora de representar lo irrepresentable.

Foto: Lisandro de la Fuente

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