La tiranía de Hipias

Diario invernal

por Yupi

Lunes

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la luz y de las tinieblas”. ¿Habrá un comienzo de novela más prometedor? En Dickens se dio el novelista feliz, valiente, sin el menor atisbo del hombre de letras, mucho menos del individuo atormentado por cuestiones místicas o filosóficas, sino vivamente interesado en el exterior. En sus novelas casi no hay rastro de “insight”, análisis interno, profundidad psicológica. Vemos a los personajes tal como vemos a las personas en la vida diaria, sin estar enterados de sus secretos. El más grande de los novelistas superficiales, lo llamó Henry James, que a veces desenfundaba su pluma para clavarla en el corazón de algún artista demasiado famoso. Me parece un juicio sesgado. Creo que esa característica es menos de Dickens que de la cultura inglesa, o isleña. Decir lo que uno piensa sin decir nada de uno mismo es el primer rasgo británico. Para Tolstoi un escritor como Dickens no sólo era abominable sino sobre todo inexplicable. No podía concebir que un escritor lanzara sus criaturas al mundo con la irresponsabilidad de un Dios juvenil. Sin embargo, Kafka y Dostoievski lo admiraron hasta la imitación. No es un dato menor. Tal vez ambos vislumbraron el contraste, la posibilidad de insertar su poética original en un marco cotidiano. Al fin y al cabo todos sabemos que las fiestas de navidad son un invento de Dickens.

rosasnoviembre.bis

Martes

Anoche escribí la entrada anterior mientras ojeaba A Tale of Two Cities al calor de la chimenea de esta casa del Pirineo, donde estoy por unos días. La dueña me entregó las llaves con un solo consejo: “Tendrás que conseguir leña”. Hubo algo de reconvención en su frase, o quizá de prevención, como si temiera que además de prestarme la casa tuviera que volver de urgencia a serruchar troncos ella misma. Desde entonces mi único contacto con el exterior se limitó a fugaces excursiones bajo la nieve en busca de madera. Qué patético es el habitante de ciudad trasladado a la montaña. En contacto con la naturaleza queda al descubierto su total indefensión, por no decir su total inutilidad. Mi único trabajo consiste en procurarme leña para no morir congelado y se me presenta como un escollo imposible, insalvable. Si decido hachar troncos, enseguida descubro la dureza adamantina de los árboles; si manipulo la sierra eléctrica, surge la posibilidad nada remota de rebanarme una mano. A esto debe agregarse que me puedo encontrar con un oso en cualquier momento. Los lugareños sostienen, como el Dr. Johnson, que los osos no se acercan a las casas ni atacan a los seres humanos, ¿pero quién puede estar seguro? “Yo no me fiaría en el oso”, opinaba Gibbon con buen tino.

Miércoles

Dormía de día y vivía de noche. Llevó una vida tan antinatural, estuvo en todo momento y en todos los lugares tan completamente excluido del contacto habitual de la sociedad, que sus expresiones apenas participan del carácter ordinario del habla de las personas. En las cuevas interlunares vacías donde se refugió, apenas podía sentir las restricciones que presionan a aquellos que se mueven dentro del alcance de los sentidos y empujan a sus compañeros en esta tierra real. Tenía la imprudencia y la inadecuación de un hombre tímido. Sus conocidos decían que solía dirigirse a la cocinera como si ésta fuera una duquesa. El opio fue realmente necesario en su caso, y nos dio lo que tenemos tanto como nos quitó lo que no teníamos.

Este párrafo de Saintsbury sobre De Quincey que traduzco a la disparada quizá podría servir de acápite a mis Memorias. También a las de algunos escritores, varios músicos, no pocos amigos.

Jueves

En mi opinión Balzac debe ser considerado el mayor novelista que haya existido jamás. No amar a Balzac es no amar el arte de la novela. Lo reconoce un mal lector, un impaciente lector de novelas como soy yo. Resulta asombroso darse cuenta de que el inmenso mundo a través del cual nos conduce es producto de la pura imaginación. Sin duda Balzac es vulgar, pero ese rasgo forma parte de sus dones. Fue precisamente su naturaleza plebeya, su enorme vitalidad, su falta de inhibiciones, sus sentidos agudizados por la desconfianza y la dureza del destino lo que le permitió mostrar un retrato de la vida como nunca antes se había visto. Todo en su obra gira en torno al dinero, es el héroe de todas sus novelas, de todos sus personajes, él mismo está preso de una verdadera satiriasis de dinero. En cada capítulo Balzac elucubra sobre números, oportunidades, precios, porcentajes, dotes, herencias, transacciones. Toda su vida se embarcó en diversos negocios fantásticos, que desde luego fracasaron: una compañía de producción de piñas, una imprenta, una fundición tipográfica, ediciones populares de clásicos, experimentos para una nueva pulpa de papel, la explotación de las minas de plata de Cerdeña, tesoros enterrados en el Sena… Incluso tenía la constitución de un financista. Balzac trabajaba con la rabia jadeante y desesperada de un especulador de bolsa, siempre al borde de la bancarrota. Esto es quizá lo más prodigioso: un artista genuino, cuyo poder de creación humana no fue inferior al de Rembrandt o Shakespeare, como trovador y profeta del dinero.

Viernes

De una muchacha de lindo cuerpo se dice que es “una yegua”, o bien “una potra”, o incluso “una potranca”. Está mal pensado. En todos los ejemplos desde la antigüedad siempre es la mujer quien oficia de jinete. La figura resulta así más lógica, porque para andar a caballo es necesario sujetar la montura entre las piernas, que es el caso de la mujer y no del hombre. Ovidio recomienda a las mujeres con abundancia de pliegues en el estómago que cabalguen hacia atrás, es decir, de espalda, como en la doma de potros. También Marcial da este atinado consejo. En varias piezas de la Antología Griega las cortesanas dejan ofrendas en el altar de Afrodita para agradecerle haberlas dejado brincar alegremente sobre sus corceles, en otras palabras, sobre jóvenes fuertes y apuestos. Las amazonas griegas llamaban al abuso de esta equitación “La tiranía de Hipias”. Por ejemplo, dice Aristófanes en Las avispas: “Mientras entro en la casa de una puta al mediodía / y le exijo que me monte, me pregunta furiosa / si quiero restaurar la tiranía de Hipias”. De manera que el asunto queda zanjado. La bestia es el hombre.

Sábado

Klabund en su divertida Historia de la literatura alemana contada en una hora se queja de que los alemanes no saben nada de literatura alemana y aun desconocen el nombre de Jean Paul. Me causó gracia porque yo apenas sé algo de literatura alemana y sin embargo conozco el nombre de Jean Paul (y el del propio Klabund) desde la adolescencia. Por supuesto, los conocí a través de Borges, que en las páginas de El Hogar no se cansaba de reescribir el canon literario con un estilo perfecto, pero de una perfección suelta, no cincelada en mármol como en sus cuentos. Klabund lleva ese estilo al extremo. Simula dirigirse a un lector que todo lo ignora y en el camino aprovecha para organizar los estantes de la posteridad germana desde los orígenes, todo en medio de un humor a veces desopilante. No tengo idea si sus dictámenes serán justos; sólo puedo afirmar que no me aburrí nunca, aprendí bastante y me sentí bien acompañado como lector. “Nuestra debilidad algún día será nuestra fuerza”, nos promete Klabund. “Tenemos que aprender ju-jutsu: no el ataque rígido, sino la defensa elástica”.

Domingo

Mi amiga dijo: “Una persona que sabe cómo halagar la vanidad de otra puede hacer con ella lo que quiera”. Qué cierto. Pero no es un arte fácil, porque se basa en la credulidad. Es mucho más fácil halagar la vanidad de un electorado que la de un individuo. En ese sentido el escritor, como el político, participa de lo mejor de dos mundos. Puede halagar la vanidad de un electorado bastante grande, y todos sus integrantes pasan de a uno. Borges nos extiende un certificado de inteligencia; Lamborghini de sintaxis; Saer de probidad; Fogwill de astucia, etc. En este punto empieza el reflujo y el escritor espera de los lectores el certificado de genio (el único que espera) o como mínimo de talentoso. Pero su caso es distinto al del político porque no lo espera de una suma de individuos al azar, sino de dos o tres lectores que conoce bien, y aun así nunca termina de estar seguro. ¿Y si resulta que los dos o tres apóstoles están equivocados? Después de todo, ¿quién le garantiza que esos miserables no hablen mal de él a su espalda? Con lo cual volvemos junto con Dickens a la frase de mi amiga: la clave es creer.

Foto: Flavia de la Fuente

4 comentarios to “La tiranía de Hipias”

  1. lanoviadetroll Says:

    Maravilloso. Agradecimiento, abrazo y brindis para Y, Q, F y la tribu!

  2. Pickwick Says:

    La novela favorita de Tolstoi era David Copperfield

  3. Yupi Says:

    Pickwick. Es por lo menos raro. Los personajes de Dickens son seres humanos, no bestias extrañas en una colección de fieras, ni almas malditas que se flagelan en la penosa oscuridad de contradicciones místicas. Tolstoi se peleó con Turguenev por no escribir como los autores de los Evangelios. Se enfureció con los hombres de letras porque para ellos la literatura no conducía a una vida más recta sino a una retórica más abundante. Como tantos moralistas, era intolerante con todo aquello que no servía a sus propias teorías morales. La carta que Turguenev le mandó a Tolstoi desde su lecho de muerte, instándole a que regresara a la escritura, debería enseñarse en las escuelas como un ejemplo del noble desinterés de un gran hombre de letras. “No puedo recuperarme”, le escribe Turguenev. “Eso es definitivo. Le escribo especialmente para decirle lo feliz que estoy de ser su contemporáneo y para expresarle mi último y sincero deseo. ¡Amigo mío, vuelva a la actividad literaria! El don de la literatura vino a usted de donde vienen todas las cosas. Qué feliz sería si supiera que mi solicitud tendrá un efecto en usted. No puedo caminar, ni comer, ni dormir. Es agotador incluso repetirlo todo… ¡Amigo mío, gran escritor de nuestra querida tierra rusa, escuche mi petición!”. Si hay un argumento en contra de Tolstoi es que nunca contestó esa carta.

    Felicidades a todos los provisorios.
    http://www.youtube.com/watch?v=1qJU8G7gR_g

  4. ericz Says:

    Quienes tuvimos que depender de la materia vegetal para sobrevivir o al menos no pasar insoportables momentos, en seguida notamos que las películas de vaqueros son mas bien películas de magia, porque esas vivas hogueras que alumbran y calientan toda la noche implicarían en el mundo real, en el Pirineo y en la pánica llanura interminable, carretadas de leña. Y también que la decorativa salamandra fallece por falta de alimento a las dos o tres horas desamparando al durmiente que se despierta en seguida, digamos, cagado de frío.

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