Chirimbolos literarios

Diario mediterráneo (III)

por Yupi

Lunes

Lo primero que vi al llegar al paseo marítimo me hizo retroceder espantado. Una señora mayor, rubia, opulenta, de pechos descomunales, que se bamboleaban peligrosamente como morteros, desnuda de la cintura para arriba, venía con los brazos extendidos a mi encuentro perseguida por un viejito colérico y enclenque, vestido únicamente con lo que parecía una tanga o un bikini cavado, ambos con la cara cubierta por barbijos. Pensé que tal vez todavía estaba soñando en mi cama del hotel, pero la extraña pareja siguió de largo y detrás surgió otra parecida, y otra, y otra más. ¿Qué representaba esta desfile lamentable? ¿La gente deambulaba por la playa como había venido al mundo pero con el barbijo puesto? Un amigo me había advertido: “Preparate para ver cosas raras”. Ni con drogas duras podría haberme preparado para una procesión de nudistas enmascarados. Me pregunto si todo no será culpa de los fabricantes de best sellers. Insistieron tanto en la hecatombe futurista, tensaron tanto la cuerda de la cibernética, que la hecatombe ocurrió del modo más prosaico. De hecho ocurrió aquello que omiten las distopías apocalípticas: la resignada normalidad de lo excepcional.

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Martes

Nos guste o no, debemos aceptar que la igualdad y la fraternidad son las grandes enemigas de la libertad. Todo se aplebeya. Lo demuestra el desarrollo del ser humano. En los niños hay una nobleza y un orgullo naturales. Caminan con la gracia inconsciente de los conquistadores, toman el mundo como su hogar y la humanidad como su familia. Esta libertad desaparece cuando el niño se convierte en adulto: su porte es tan convencional como el de su vecino. Si aún conserva un rasgo que no sea vulgar tratará de vulgarizarlo enseguida, preventivamente. No hay forma de evitar esta transformación, porque entonces tendría que desaprender a medida que aprende, algo sólo al alcance de los artistas. En ninguna parte se puede encontrar nobleza de presencia y movimiento, salvo entre los niños, los jefes indios y algunos animales.

Miércoles

El tiempo de la convalecencia de Alberto Giordano. Las famosas depresiones de Giordano. Esta tarde algunos bañistas franceses me abordaron en la playa interesados en las depresiones de Giordano, en qué punto exacto estaban, si habían remitido o recrudecido, incluso si Giordano existía en la realidad o si era una proyección del inconsciente rosarino. Quiero decir unas palabras sobre este hombre ficcionado. A un escritor le interesan las personas ante todo por la cantidad de literatura que puede extraer de ellas. Suena cruel, frío, inhumano, como quieran, es un hecho. César Aira en su excelente novelita Los misterios de Rosario extrajo de Giordano toda la literatura que pudo hasta la última gota. Lo exprimió, lo succionó, lo dejó verdaderamente en los huesos. Ahora bien (ahora mal, diría Lamborghini): un día Giordano dijo basta. Me planto. Incluso me rebelo, paso al ataque. No puedo dilapidar el resto de mi vida tratando de entender qué mierda es el ensayo. Perfecto. ¿Pero qué significaba “pasar al ataque”? ¿Escribir una novela con Aira de personaje? ¿Cambiar palo por palo? ¡Qué locura! Para cuando él terminara de pensar qué significa realmente una primera novela, Aira iría por la novena o la décima, todas con Giordano de protagonista en diversos papeles. Sería peor el remedio que la enfermedad. No, esa opción quedaba descartada. Dios no había querido hacer de Giordano (se lo dijo en tercera persona mirando el río) un novelista. Así era la vida. Qué le vamos a hacer. Felizmente no todo terminó en esta amarga conclusión, porque el arte, la cosa “arte”, significa muchas cosas, en definitiva todas las cosas que uno quiera. Pensar sin pensar fue su salvación. Esa misma noche Giordano empezó a construir este curioso artefacto que ni él mismo puede definir y que trata, precisamente, de las famosas depresiones de Giordano.

Jueves

El innovador es sádico por naturaleza. No soporta que las cosas continúen como están, aunque estén bien hechas, sobre todo si están bien hechas. Todos los innovadores comparten una tendencia destructiva, cuyo símbolo más persistente es el fragmento. No podría ser de otra manera porque esa mezcla es la esencia de la innovación. Si lo nuevo es sólo fragmentario, se queda en juego; si es sólo sádico, en pieza testimonial. Es un juego, filtrado por el sadismo.

¿Será cierto? No lo sé. Se me acaba de ocurrir, sonó más o menos eufónico y lo escribí a modo de ejercicio. El escritor, como el mentiroso, es experto en traducir los signos a significados no habituales. Swift decía que Dryden se convirtió en un genio de tanto repetirlo en los prefacios. Todo consiste en tomar un elemento de polo positivo (en este caso la innovación, la madre, el sonajero, el bebé en la cuna) y remitirlo a uno de polo negativo (el sadismo, látigos, sangre, orgías multitudinarias). No hay más secreto. Esa es toda la teoría. Otra cosa es con guitarra.

Viernes

Delicioso o extraordinario. Mientras cenábamos en el restaurante uno de los comensales, tal vez influido por la porción de torta que tenía delante, dijo sobre no recuerdo qué novedad editorial: “Es un libro delicioso”. Un segundo comensal asintió: “Sí, es un libro extraordinario”. El primero confirmó: “Delicioso, como un caramelo”. El segundo: “Realmente extraordinario”. El primero: “Una delicia”. El segundo: “Extraordinario”. Parecía que cada uno quería corregir al otro, indicarle la verdadera naturaleza del libro. Yo escuchaba el intercambio con una creciente impaciencia. ¿En qué quedamos? ¿El condenado libro era delicioso o extraordinario? ¿Y por qué era delicioso como un caramelo y no como un helado o un pastelito? El lenguaje oral es ingobernable. Todos hablamos como podemos, en el apuro usamos las palabras de cualquier forma, al voleo. Incluso en el diálogo más elaborado la idea nunca está precisada, sino que está zarandeada de un lado a otro. Por lo demás no hay contradicción en los términos. La literatura puede ser un placer intelectual o sensual, depende del temperamento del lector.

Sábado

Palabras en vías de extinción que uso de vez en cuando:

-pendorcho

-chirimbolo

-socotroco

Hoy le dije la primera de la lista a la catalana de la tienda, que me miró estupefacta. Mis padres no la usaban, sí mis hermanos. Calculo que su uso sería habitual en los años 60/70. Declaración que no conviene a la inmortalidad del escritor: “Yo hago chirimbolos literarios”.

Domingo

La vuelta del Ancient Mariner de Coleridge. En pocos poemas clásicos se mantienen tan bien el misterio, la imaginación y la extrañeza que son el sello de la mejor literatura. Los mismos amigos de Coleridge encontraron el origen del poema en fuentes distintas. Cruikshank lo atribuía a una leyenda celta; Wordsworth a un capitán Simon Hatley, que mató un albatros negro al sur de Tierra del Fuego con la esperanza de que el hecho trajera buen tiempo; Southey creía que la inspiración era un texto de Monk Lewis; De Quincey supuso que Coleridge había leído cierta epístola de Paulinus, un obispo del siglo IV. Pero todo esto resultó nada y menos que nada. The Ancient Mariner es el efecto sin causa de una visión. Nos somete a un hechizo y nos lleva al aislamiento y la lejanía en medio del océano. ¿Qué no puede sucederle a un hombre solo en medio del mar interminable? El límite entre lo real y lo irreal se desdibuja línea tras línea. ¿Realmente vio el marinero lo que narra? Nadie puede asegurarlo, porque él fue el único testigo. ¿O el marinero también es un espectro? Tan incierto, tan sombrío y fantasmal es el espíritu del poema que siglos después sigue intacto. Lo pensé mientras hacía la plancha lejos de la costa bajo un sol de muerte. De pronto perdí los puntos de referencia y me vi rodeado de agua hasta donde alcanzaba la vista, como el marinero del poema, agua, agua por todas partes, “and nor any drop to drink”. Tardé un buen rato en orientarme. No, no hace falta mucho para perder la razón, aun en el Mediterráneo que es un mar más bien sensato.

Foto: Flavia de la Fuente

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