La otra izquierda

Publicada en Perfil el 21/6/20

por Quintín

David P. Baugh es un abogado negro, especializado en la libertad de expresión garantizada por la Primera enmienda a la Constitución de los Estados Unidos. En 1998 decidió defender a un miembro del Ku Klux Klan acusado de quemar una cruz en el Estado de Virginia, donde rige una ley por la cual esa práctica tradicional de la organización racista constituye una presunción de la intención de intimidar a los afroamericanos. Baugh defendió a Black (después de varias apelaciones, la Corte Suprema le dio la razón) aduciendo que la Constitución impide que la libertad de expresión sea cercenada de ninguna manera y hacer presunciones sobre sus consecuencias es una de ellas. Me encontré con el nombre de Baugh en un libro de Nick Hume llamado Trigger Warning: Is the Fear of Being Ofensive Killing Free Speech?, que invita a defender la libertad contra la censura que pesa sobre quienes ofenden potencialmente a algún grupo social. Hume cita a Orwell: “Si la libertad tiene algún significado, es el derecho de decirle a la gente lo que no quiere escuchar”. Y eso incluye, insiste Hume, el derecho a ofenderla. En el prólogo se ocupa de la masacre perpetrada contra los redactores de la revista Charlie Hebdo, sobre la que el papa Bergoglio y el Partido Comunista Chino coincidieron, al equiparar el asesinato con la caricatura. Casi todos los políticos mundiales y los líderes de opinión pusieron algún tipo de reparo a la condena de la masacre, con frases que invariablemente repetían: “Es condenable, pero…” Esos “peros” en nombre de la responsabilidad, dice Hume, son la base de una ofensiva que va reduciendo la libertad de palabra a la libertad bajo palabra, que depende del buen comportamiento y deja así de ser un derecho para convertirse en un privilegio, una excepción que se le otorga a los que piensan igual que quienes la controlan.

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Mick Hume fundó en 1988 la revista Living Marxism, una expresión de la izquierda antiestalinista británica, enemiga de la censura y del abuso de los ciudadanos por parte del Estado. Este rarísimo marxismo libertario se trasladó luego a una publicación online llamada Spiked, dirigida por Brendan O’Neill y en la que Hume participa. Vale la pena entrar en la Wikipedia y consultar las entradas sobre LM, Spiked o Hume: todas han sido intervenidas por sus enemigos, cuyos ataques se citan profusamente. Es otra muestra de que el estalinismo de la corrección política, basado en el consenso obligatorio y la exclusión de los herejes, es particularmente hostil al pensamiento independiente. Por su parte, en estos días, Spiked arremete contra el BLM en cuyo nombre se demuelen estatuas, se suprimen películas y se practican purgas en las instituciones. El lema Silence is violence, sostiene O’Neill, muestra que la represión contra la libertad ha cambiado de fase: de la prohibición de ofender se ha avanzado hacia un nuevo maoísmo que intenta reeducarnos mediante el arrepentimiento público.

Y todo esto ocurre frente a la pasividad y a la cobardía de los líderes políticos, académicos y periodísticos, que le han agregado a su oportunismo y su ceguera una gestión disparatada de la epidemia de covid-19, mientras los medios se dedicaban a infundir el terror en nombre de la ciencia. Leer Spiked es encontrar un refugio frente a la locura del mundo.

Foto: Flavia de la Fuente

6 respuestas to “La otra izquierda”

  1. Miguel Orell Says:

    Muy bueno, coincido casi un 100% la única discrepancia es en lo de rarísimo marxismo libertario, porque el marxismo de Marx es libertario, Marx supone que el aumento de la productividad (que el llamó fuerzas productivas) conducirá a la abundancia y con ella al fin del Estado: cambiar el gobierno de la gente por la administración de las cosas. Los mamarrachos que se hicieron en su nombre son a consecuencia de la interpretación de su más famoso y exitoso seguidor (aunque muy posterior) Vadimir Ilich Iulianov, más conocido como Lenin. El describió la forma que debía tener la dictadura del proletariado: La dictadura del buró del partido comunista. El resto es la historia de la mayor masacre de la historia, decenas de millones de muertos en la URSS, China, Camboya, Vietnam, el Congo, Cuba…

  2. Javier Says:

    Quintin,
    gracias a esta maravillosa entrada suya descubrí que hay algo que se llama Spike. Lo busqué, y me leí un artículo (‘The birth of the culture wars’). Me confirmó en la sospecha de que los angloparlantes son intelectualmente superiores a nosotros: tienen debates que acá ni siquiera sospechamos que existen, con argumentos que apenas somos capaces de seguir. Un placer de lectura.

  3. Don Nadie Says:

    Para Miguel Orell,
    Yo, en el famoso escrito de Marx sobre la Comuna de París encuentro más intenciones reformistas que revolucionarias sobre el lugar que ocupa el poder estatal. Es verdad que habla de destruirlo pero por otro lado ofrece la típica vía reformista de seguir los cauces ya establecidos por el anterior poder establecido para llegar a sustituirlo por otro más democrático, descentralizado y participativo, pero que sigue girando alrededor de la idea de nación y colectivización burocratizada.

    «Como es lógico, la Comuna de París había de servir de modelo a todos los grandes centros industriales de Francia. Una vez establecido en París y en los centros secundarios el régime comunal, el antiguo gobierno centralizado tendría que dejar paso también en las provincias a la autoadministración de los productores. En el breve esbozo de organización nacional que la Comuna no tuvo tiempo de desarrollar, se dice claramente que la Comuna habría de ser la forma política que revistiese hasta la aldea más pequeña del país y que en los distritos rurales el ejercito permanente habría de ser reemplazado por una milicia popular, con un período de servicio extraordinariamente corto. Las comunas rurales de cada distrito administrarían sus asuntos colectivos por medio de una asamblea de delegados en la capital del distrito correspondiente y estas asambleas, a su vez, enviarían diputados a la Asamblea Nacional de Delegados de París, entendiéndose que todos los delegados serían revocables en todo momento y se hallarían obligados por el mandat impératif (instrucciones formales) de sus electores. Las pocas, pero importantes funciones que aún quedarían para un gobierno central, no se suprimirían, como se ha dicho, falseando intencionadamente la verdad, sino que serían desempeñadas por agentes comunales que, gracias a esta condición, serían estrictamente responsables. No se trataba de destruir la unidad de la nación, sino por el contrario, de organizarla mediante un régimen comunal, convirtiéndola en una realidad al destruir el poder del estado, que pretendía ser la encarnación de aquella unidad, independiente y situado por encima de la nación misma, de la cual no era más que una excrecencia parasitaria. Mientras que los órganos puramente represivos del viejo poder estatal habían de ser amputados, sus funciones legitimas serían arrancadas a una autoridad que usurpaba una posición preeminente sobre la sociedad misma, para restituirlas a los servidores responsables de esta sociedad. En vez de decidir una vez cada tres o seis años qué miembros de la clase dominante habían de «representar» al pueblo en el parlamento, el sufragio universal habría de servir al pueblo organizado en comunas, como el sufragio individual sirve a los patronos que buscan obreros y administradores para sus negocios. Y es bien sabido que lo mismo las compañías que los particulares, cuando se trata de negocios saben generalmente colocar a cada hombre en el puesto que le corresponde y, si alguna vez se equivocan, reparan su error con presteza. Por otra parte, nada podía ser más ajeno al espiritu de la Comuna que sustituir el sufragio universal por una investidura jerárquica.»

  4. Javier Says:

    Quise escribir ‘Spiked’.

  5. Don Nadie Says:

    Q,

    Dwight Macdonald, un marxista renegado, ya hizo algo parecido a Hume y le llovieron palos por todos lados. En 1943 fundó «Politics», con colaboraciones de Simon Well y Orwell. Te recomiendo su ensayo «La Raiz es el hombre. Radicales contra progresistas».

    «En la actualidad, la mayoría de los marxistas no ven la necesidad de disecar la vieja izquierda, tal y como se propone en este texto. Siguen mostrándose fieles a la clásica fe de la izquierda que ve en el progreso científico la liberación de la humanidad, si bien admiten que hace falta revisar la doctrina y perfeccionar el método. Esta era mi postura hasta que comencé a publicar politics. En el artículo «El futuro de los valores democráticos» (The Partisan Review, julio-agosto de 1943), sostenía que el marxismo, en tanto que heredero del liberalismo del siglo xviii, era el único medio en el que se podía confiar para alcanzar un futuro democrático; sin embargo, mi experiencia como editor de esta revista, y el consecuente deber de seguir de cerca los trágicos acontecimientos de los últimos dos años, me ha hecho progresivamente cambiar de opinión. Ahora creo que las dificultades a las que nos enfrentamos son mucho más profundas de lo que se creen los progresistas, y que la crisis que atravesamos es mucho más grave. La brutalidad y la irracionalidad de las instituciones sociales de Occidente han alcanzado un extremo que habríamos considerado inverosímil hace apenas una generación. Nuestras vidas han acabado por estar sometidas a un tipo de guerra cuya crueldad y amplitud carecen de precedentes en la historia; y los gobiernos de los países más civilizados han perpetrado unas atrocidades que Atila difícilmente habría podido superar: el exterminio nazi del pueblo judío, los vastos campos de trabajos forzados en la Unión Soviética y, por nuestra parte, el bombardeo intensivo de ciudades alemanas y la «atomización» de los habitantes de Hiroshima y Nagasaki -mi rechazo a estos acontecimientos me han llevado a escribir este texto. Y me ha obligado a cuestionar las creencias que, durante tanto tiempo, había sostenido.»

  6. Don Nadie Says:

    Para Miguel Orell:

    Rudolf Rocker en su famoso ensayo «Marx y los anarquistas» deja bien claro que Marx y marxistas NUNCA fueron libertarios, solo lo aparentaron un tiempo para ganar adeptos para su causa revolucionaria en un contexto social de gran movimiento anti-estatalista:

    «La tarea de Lenin no era sencilla por cierto: de un lado se veía obligado a hacer concesiones avanzadas a las tendencias anti-estatales de los anarquistas y del otro a demostrar que su actitud no era en modo alguno anarquista, sino marxista únicamente. Como inevitable consecuencia de todo esto su obra está llena de errores contra la lógica del sano pensamiento en el hombre. Un ejemplo probará esta afirmación: queriendo Lenin acentuar lo más posible una supuesta tendencia anti-estatal de Marx, cita el conocido párrafo de “Guerra civil en Francia”, donde Marx da su aprobación a la Comuna por haber comenzado desterrando el Estado parasitario. Pero Lenin no se toma el trabajo de recordar que Marx se veía obligado con estas palabras – que están en abierta contradicción con toda su actitud anterior – a hacer una concesión a los partidarios de Bakunin, con los cuales mantenía, por aquel entonces, una lucha muy enconada.

    Hasta el mismo Franz Mehring – a quien no se le puede sospechar de simpatía hacia los socialistas mayoritarios – ha debido reconocer esa contradicción en su último libro “Karl Marx”, donde dice: “No obstante todo lo verídico que sean los detalles de esa obra, esta fuera de duda que el pensamiento allí expresado contradice todas las opiniones que Marx y Engels habían venido proclamando desde el “Manifiesto Comunista” un cuarto de siglo antes”.

    Bakunin estaba en lo cierto al decir por aquel entonces: “La impresión de la Comuna levantada en armas fue tan imponente que hasta los marxistas, cuyas ideas habían sido completamente desalojadas por la revolución de Paris, tuvieron que doblar la cabeza ante los hechos de la Comuna. Hicieron más aun: en contradicción con toda lógica y con sus convicciones conocidas tuvieron que relacionarse con la Comuna e identificarse con sus principios y aspiraciones. Fue un carnavalesco juego cómico… pero necesario. Pues el entusiasmo provocado por la Revolución era tan grande que habrían sido rechazados y arrojados de todas partes si hubieran intentado encastillarse en sus dogmatismos.»

    Perdón por los tochos pero creo que la oscasión lo merecía y había que dejar las cosas claras: MARX, MARXISTAS Y MARXISMO NUNCA FUERON LIBERTARIOS.

    Y perdón, donde dije Simon Well en el anterior comentario, quise decir Simone Weil, se me fue un poco…

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