Fútbol de cuarentena

por Quintín

El sábado, anticipándose a sus campeonatos colegas, volvió la Bundesliga. Claro que fue la Bundeliga de cuarentena, la Bundesliga de la «nueva normalidad». Sin público, sin saludos ni abrazos entre los jugadores, con los suplentes separados por varios metros y tapados por su barbijo, con tests antes de jugar y una serie interminable de reglas par asegurar que el fútbol no sea un vehículo de contagio del coronavirus. Una sola regla nueva tiene incidencia en el juego en sí: ahora (al menos en la Bundesliga sanitaria) se permiten cinco cambios aunque cada equipo puede interrumpir el partido tres veces como máximo (es decir, si no entendí mal, no puede hacer los cambios de a uno si quiere usarlos todos). Lo curioso es que, con esta parafernalia de cuidados y restricciones, solo los alemanes se hayan atrevido a seguir con el fútbol. Los otros podrían haber hecho lo mismo.

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El sábado vi al Borussia Dortmund golear al Shalke 04. No si se pareció más a un entrenamiento o un simulacro. No sé si nos acostumbraremos a este sucedáneo de la pasión de multitudes (en ese sentido, hay algo bueno: los técnicos demagogos no podrán arengarlas). Escuché que esto va a seguir así hasta el año que viene. Es obviamente absurdo. Pero más que proteger a los protagonistas, se trata de mostrar imágenes asépticas. Pero esto tiene antecedentes. En plena epidemia del sida, la FIFA sancionó una regla por la cual si un jugador están sangrando tiene que salir del campo. Es más, si la sangre mancha la camiseta, se la tiene que cambiar. Está claro que la probabilidad de que un futbolista se contagie el sida de ese modo es cero. Pero la regla sigue existiendo. Por las dudas. Como, por las dudas, los suplentes tienen que estar con barbijo y a diez metros (se deben aburrir lindo).

¿Es tan malo jugar así o es que todavía no nos acostumbramos? El fútbol como espectáculo para los encerrados. Tal vez en poco tiempo se admitan espectadores en las tribunas o en los bares. Pero entonces, habría que administrar también muy cuidadosamente la llegada a los estadios. ¿Se permitirá asistir solo a los que leguen en auto y paguen localidades sin posibilidad de amontonamiento? ¿Tendrán los espectadores un turno para entrar y salir? La cantidad de medidas, reglamentos y protocolos necesarios para todo eso me abruman de solo pensar en ellos.

Se supone que esto será provisorio. La pregunta es si necesitamos tanto el fútbol para jugarlo en estas condiciones. No sé los espectadores, pero el negocio sí lo necesita y lo necesitan sus profesionales. ¿Qué harían de su vida los periodistas deportivos si estuvieran condenados a repetir viejos partidos?

Y hablando de periodistas deportivos. O de gente que transmite partidos, que no sé si son sinónimos. Jorge Barril y Francisco Cánepa exhibieron una incompetencia absoluta en el partido del sábado. Tienen una pequeña disculpa. Como la Walt Disney Company adquirió Espn y Fox, decidió reorganizar las transmisiones. Y lo hizo de un modo curioso. Cuando la cadena Fox tenía la Bundeslga, la transmitía un equipo de relatores y comentaristas que tenían, en general, una virtud: conocían el fútbol alemán y les gustaba. Estaban al tanto de la historia y del presente. Barril y Cánepa no tenían idea de lo que estaban transmitiendo. No identificaban a los jugadores, no sabían cómo se paraban los equipos y las preguntas que le hacía Barril a los espectadores para que participen (que suelen ser molestas e inútiles) pasaron a ser ridículas. Se puede decir que no estaban preparados. Pero nada justifica el agradecimiento obsecuente a Diego Lerner, el presidente de Disney Latinoamérica, el patrón. No solo los políticos buscan quien los sobe. La excusa es que Lerner les «permitió ejercer su pasión». La ejercieron bastante mal. Eso sí, la ejercieron desde sus casas y hay que reconocer que el empalme sonoro fue perfecto. De ahora en más, no serán necesarios los estudios. Quédense en casa, locutores. Eso sí, el sistema no funcionará tan bien en programas de discusión. Pero no se perdería nada si los suprimen.

Bueno, hubo un partido. O algo así. El Dortmund, sin la presión que le meten los hinchas (es un club al que le convendría prescindir de ellos), jugó tranquilo y mostró la superioridad sobre el timorato Shalke, uno de los equipos más defensivos de la liga (no son muchos). Pudimos ver a Brandt, a Hummels, al infravalorado Dahoud y al fenómeno Haaland que hizo un gol con la rodilla (aunque no estoy 100% seguro de que haya sido así) y dio la asistencia para otro después de haberla parado mal, pero con la velocidad mental y física para meter un pase perfecto (Cánepa y Barril le atribuyeron el toque a Brandt). Algo de fútbol hubo, pero fue poco como para entusiasmar siquiera a los jugadores. A mí, personalmente, no me dio como para ver al Bayern Munich el domingo.

Nada de esto tiene demasiado sentido.

Foto: Flavia de la Fuente

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