El Estado como “Padre padrone”

Sobre el régimen de cuarentena en la Argentina

por Pablo Anadón

“Sin consideración, sin pudor, sin piedad,

me han rodeado de muros, altos muros macizos.

Y ahora me siento aquí, desesperado y solo,

sólo pensando en cómo mi mente roe el destino.

Porque aún había tanto por hacer allá afuera.

¡Cómo fue que no vi que alzaban esos muros!

Nunca escuché albañiles, nunca un solo sonido.

Imperceptiblemente, me han clausurado el mundo.”

Konstantino Kavafis

(Versión de P. A.)

Veo que no pocas personas, más allá de su orientación política, consideran justa y necesaria la modalidad de cuarentena adoptada por el gobierno argentino, que se ha mantenido sin mayores variaciones desde su implementación el 20 de marzo pasado. No me referiré aquí sólo ni especialmente a la situación económica, si bien todo pareciera indicar que hoy la Argentina semeja a una suerte de desvencijado Titanic en mar adentro, que avanza a toda máquina y a toda orquesta hacia una previsible catástrofe.

Podría decirse que, en este particular, el país se encuentra dividido en dos sectores bien definidos: quienes apoyan decididamente que se mantenga la inactividad laboral, comercial y productiva, que suelen ser quienes viven de un sueldo estatal (los “únicos privilegiados”, sin duda, en esta ocasión, ya que siguen cobrando su salario sin trabajar, con la excepción de aquéllos que lo hacen a distancia, como los docentes, o se encuentran en la “línea de choque” frente a la pandemia, como el personal sanitario, de seguridad, etc.), por un lado, y por el otro, quienes no apoyan la sostenida y compacta parálisis económica, que suelen ser aquéllos que realizan trabajos vinculados con la actividad privada, desde changas y oficios (albañiles, plomeros, electricistas, peluqueros, etc.) hasta grandes emprendimientos, pasando por numerosos rubros comerciales y productivos “no esenciales”, pequeñas y medianas empresas, talleres, bares, restaurantes, etc. Se trata éste último, evidentemente, del sector de la población más dañado, precisamente aquél cuya actividad permite que el país se mantenga en pie materialmente, y el que genera la riqueza que a su vez soporta la gigantesca estructura del Estado, sus salarios, los planes sociales, etc. Resulta paradójico, por lo menos, que algunos celebren la situación presente como el fracaso del capitalismo y como una prueba de la necesidad de un régimen económico colectivista: en cambio, lo que esta ocasión nefasta evidencia, y más aún evidenciará cuando se comprueben sus consecuencias económicas y sociales, es la importancia vital del sector comercial y productivo, no sólo para el propio beneficio, sino para el de toda la sociedad.

Hasta ahora, el gobierno no ha ofrecido un plan ni una respuesta concreta sustentable a la emergencia económica, lo cual hace plausible la metáfora de un Titanic del subdesarrollo: la elefantiásica emisión monetaria, la deuda impaga, el default en curso, el riesgo país a alturas estratosféricas, el dólar y la inflación en ascenso de globo aerostático, etc., hacen ya previsible un colapso mayúsculo de la economía, con el inevitable saldo de miseria y postración social para amplios sectores de la población. Sólo la manipulación estadística de un nuevo INDEK, a la medida del gobierno, y la progresiva cooptación de la prensa masiva a través de las pautas oficiales, fenómeno que se ha incrementado con la presente situación y ya se advierte con suficiente evidencia, permitirían ocultar o minimizar una crisis de esta naturaleza.

Ahora bien, en lo que respecta al modo en que se ha implementado la cuarentena para toda la ciudadanía, si bien está claro que la reclusión como medida de prevención es necesaria, no es igualmente claro que sea necesaria la rigidez con que se la lleva adelante en nuestro país, y que presenta además contradicciones flagrantes. Pensemos en casos concretos: ¿hay más probabilidad de contagio en un supermercado o en un parque por donde alguien corre o pasea, a solas o en compañía de la persona con quien convive? ¿Tiene algún sentido prohibir, en los pasados días de calor veraniego, que en las ciudades costeras se nade en el mar, o prohibir los paseos en bicicleta? ¿Es más seguro viajar en taxi o en ómnibus, cosa permitida, transportes por donde han pasado numerosos pasajeros, que en el propio automóvil, cosa no permitida? ¿Es necesario someter a personas mayores a la humillación de solicitar un permiso para salir de sus casas, como propuso el gobierno de la ciudad capital y fue refrendado por el mismo presidente, u obligar a que regrese a su domicilio a una anciana que toma sol sentada al aire libre, lejos de todos? ¿Son imprescindibles los toques de queda policiales a las tres y a las cinco de la tarde en algunas ciudades, o de la ley seca en algunos municipios, medidas que parecen más próximas de un estado de sitio que de una emergencia sanitaria? Los ejemplos pueden multiplicarse, con mayor o menor gravedad según las jurisdicciones en el territorio nacional.

La tozudez intolerante con que se ha aplicado la cuarentena total y obligatoria se diría no sólo poco inteligente, sino también en el límite de la vejación indiscriminada. Si el “gobierno de científicos” invoca el asesoramiento de infectólogos y de la Organización Mundial de la Salud (cuya sigla, OMS, ya debería ser sustituida por OMG ―Oh My God―, dado su desempeño en la pandemia), no pareciera tener en cuenta la asistencia ni la opinión de especialistas en psicología social y psiquiatría. Es increíble ―¿es increíble?― que las autoridades cierren los ojos ante los evidentes perjuicios psíquicos que entraña una clausura concentracionaria y prolongada como la que se impone, perjuicios que no pueden dejar de influir asimismo en las defensas del organismo para afrontar un posible contagio de la enfermedad, así como provocar otras enfermedades, tanto o más letales que el coronavirus. ¿Se llevará el cómputo de “daños colaterales” de la reclusión, incluidos los casos de suicidios, ataques de pánico, depresiones, violencia familiar, etc.? ¿De los efectos del hacinamiento en pequeños espacios, a menudo mal saneados y mal iluminados, como en los hogares humildes? ¿De la impotencia y la desesperación de millones de personas inactivas, que no pueden salir a ganarse el pan para sí y para sus seres queridos? ¿De las familias divididas, de los ancianos abandonados a su suerte o encerrados en geriátricos, esos centros dilectos de contagio? ¿De las enfermedades y las muertes solitarias? ¿Nada se sabe, nada se dice, de todo este padecimiento colectivo? Ni en la imaginación de un científico sociópata podría haberse diseñado un experimento así, en que todo un país sea el laboratorio para probar los límites de resistencia de una sociedad al aislamiento, la coacción, el sufrimiento y la inacción durante semanas y meses, con la aquiescencia, convencida o resignada, de sus conejillos de India.

Al mismo tiempo que el gobierno hace alardes, por un lado, de inflexibilidad, y por el otro de solicitud solidaria y de “Estado presente”, la manera en que se ha afrontado la situación de los ciudadanos argentinos varados en el extranjero (aproximadamente 20.000) o lejos de sus hogares en el propio país (aproximadamente 15.000) es de una improvisación, una desidia, una indiferencia o una canallería ―todo eso junto, probablemente― incomparables e indignantes, que bien merecen denuncias a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Por otra parte, basta ver las imágenes de cómo se vive cotidianamente la cuarentena en el Conurbano bonaerense, como en otros cinturones demográficos en torno de las grandes ciudades, para darse cuenta de que a la cuarentena sólo la respetan los que siempre respetan las normas, dicho en este caso sin orgullo, o sea, en general, la clase media, siempre temerosa de las leyes y mandatos, mientras que otros sectores sociales hacen lo que quieren y pueden, ya sea por descuido o por necesidad. Vale decir, se impone una norma rigurosísima, pensando en quienes nunca las respetan, los cuales sin embargo siguen sin respetarlas, y quienes en cambio podrían hacer un uso consciente y responsable de una cuarentena más flexible y sensata, pagan el costo de la inconsciencia y la irresponsabilidad ajenas.

En fin, lo que resulta tan asombroso como la falta de sensatez de las autoridades, o su escasa confianza en la sensatez de la ciudadanía, es la pasividad con que ésta en su mayoría no sólo la acata, sino que se vuelve cómplice del régimen de vigilancia. “El miedo no es zonzo”, suele decir la sabiduría criolla. Lamentablemente, el miedo también puede estupidizar y paralizar, y es lo que pareciera verificarse actualmente en la Argentina. George Orwell, un espíritu auténticamente libertario y democrático, supo observar, con su habitual perspicacia, este mecanismo: “Para controlar a un pueblo hay que conocer su miedo, y es evidente que el primer miedo de cada individuo es estar en peligro mortal. Una vez que el ser humano se hace esclavo de su miedo es fácil hacerle creer que el padre Estado estará listo para ayudar a salvarlo.” Lo que la historia demuestra con profusión de ejemplos es que el Estado, cuando concentra en sí un excesivo poder, naturalmente tiende a convertirse en un “padre padrone” que, en vez de salvar al individuo, lo somete y condena a un destino desdichado.

3 comentarios to “El Estado como “Padre padrone””

  1. Hugo Says:

    Buen artículo, a las calamidades agregue la ausencia de buena parte del sistema de salud por los servicios suspendidos conformando esa cantidad de profesionales una reserva para afrontar un esperado pico que se vislumbra.
    Soy operado de apéndice y próstata, no imagino una manera de resolver una situación semejante a la mía en estos meses de atención normal postergada.

  2. Don Nadie Says:

    “…los aspectos desagradables del presente se justifican precisamente como el precio que hay que pagar para garantizar un futuro deseable, ya se trate del sojuzgamiento de razas inferiores por parte de Hitler, de la emancipación de la clase trabajadora mundial de Stalin, o del pacífico mundo del futuro que, según nuestros liberales, alcanzaremos a través de la guerra. La idea de proceso histórico, que hace un siglo era el distintivo de la izquierda, se ha convertido en el argumento más contundente de los apologistas del statu quo.
    En este híbrido izquierda-derecha, la noción de Progreso es central.”

    “LA RAÍZ ES EL HOMBRE”. DWIGHT MACDONALD.

  3. Astrid Bechara Says:

    Un análisis impecable de esta absurda situación de privación ilógica de la libertad en la que vivimos.

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