Los ciegos que conducen a otros ciegos

Del kirchnerismo en tiempos de coronavirus

por Pablo Anadón

En su discurso del 29 de marzo pasado, el presidente Alberto Fernández se jactó de la tempestividad y la eficacia con que se habrían tomado las medidas de prevención de la pandemia en la Argentina, y llegó a afirmar que el de nuestro país es un caso único, un modelo para el mundo. Lamentablemente, no podemos concordar, porque los hechos lo desmienten con suficiente evidencia, tanto que su jactancia trajo el recuerdo penoso de aquella otra vergonzosa fanfarronada, cuando Cristina Fernández de Kirchner se ufanó de que la Argentina estaba mejor que Alemania, Canadá y Australia. Haré un puntual y lo más sucinto posible recuento de esos hechos, tanto los de orden estrictamente sanitario como aquellos de orden político, que demuestran que el tan mentado “liderazgo” de Alberto Fernández y la eficacia de su gobierno en esta circunstancia está lejos de merecer palabras de encomio, aunque él se las dedique a sí mismo y le haga eco, como es acostumbrado, la falange de militantes de su partido, cuando no de una prensa cada vez más cooptada por el poder central, según la conocida costumbre de los populismos latinoamericanos.

  1. Se suele señalar que en la Argentina se tomaron medidas de prevención con mayor anticipación, comparativamente, de aquella con que las tomaron otros países europeos, en especial Italia y España. Esto es falso, por la sencilla razón de que en esos países la pandemia ya estaba haciendo estragos cuando aquí el Ministro de Salud de la Nación, Ginés González García, afirmaba públicamente que el virus nunca llegaría a la Argentina, por la distancia geográfica de los focos de contagio y por encontrarnos aquí en verano, mientras que el coronavirus se expandía a favor del frío. Dijo, en efecto, el 23 de enero: “No hay ninguna posibilidad de que exista coronavirus en Argentina”, y todavía dos meses después, el 3 de marzo, declaraba en los medios de prensa que “es innecesario tanto temor por el coronavirus”. Vale decir: no es gran mérito tomar medidas cuando se comprueba, también tardíamente, el efecto nefasto que ya tuvo en otros países no haberlas tomado.

  1. Se perdió con esto más de un mes, por lo menos ―recordemos que la primera comunicación de China a la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la epidemia fue el 31 de diciembre de 2019, mientras su inicio se remonta a principios de ese mes―, para adoptar las medidas que debían ser tomadas: dado que el virus vendría del extranjero, era necesario implementar de inmediato un estricto control sanitario en los lugares por donde podrían ingresar al país sus portadores, es decir, las fronteras y los aeropuertos, algo que el ex embajador en China, Diego Guelar, venía pidiendo desde enero. El Ministro de Salud, sin embargo, subestimó el problema, y cuando se lo tuvo en cuenta para afrontarlo, se hizo tarde y mal. El 2 de marzo se detectó el primer caso de contagio en la Argentina, y durante marzo sólo se pidieron declaraciones juradas a los viajeros de que no presentaban síntomas del virus, y a menudo ni siquiera esto (conozco personalmente un buen número de estos casos). Si una sencilla y previsible medida como la de establecer un control riguroso en aeropuertos y fronteras se hubiera tomado a tiempo, vista la experiencia en otras naciones afectadas, tal vez nos habríamos visto a salvo de la epidemia, o no hubiera sido necesario llegar a adoptar una acción extrema, como la cuarentena total y obligatoria, cuyos efectos en la economía se prevén catastróficos, y en consecuencia igualmente catastróficos sus efectos en la sociedad.

  1. Si la actitud despreocupada del Ministro de Salud fue perniciosa, y es increíble que aún no se le haya pedido la renuncia, no menos negligente fue la actitud del propio presidente. Recordemos, entre tantas acciones y declaraciones, que el 11 de marzo el profesor Alberto Fernández fue a dar clases a la Universidad de Buenos, para bajar el tono a los temores por el arribo de la pandemia al país, mientras ésta ya diezmaba la población de numerosas naciones, así como, por cadena nacional, le recomendó al pueblo tomar bebidas calientes para neutralizar al coronavirus, atribuyéndole esa receta milagrosa a la Organización Mundial de la Salud, la cual sin embargo negó que fuera una medida eficaz.

  1. El 12 de marzo, el Congreso, cuando aún no se había decretado la suspensión de clases ni de la administración pública, ya decidió la interrupción de sus sesiones, lo cual no le impidió otorgar a cada diputado la suma de $100.000 para combatir el coronavirus (reconozcamos el gesto de parlamentarios de la oposición que se negaron a recibir ese subsidio o lo donaron al instituto Malbrán, centro que por entonces, y hasta hace muy poco, fue el único encargado de realizar los diagnósticos de análisis de probables casos de coronavirus).

  1. El Ministro de Educación, Nicolás Trotta, declaró el viernes 13 de marzo que no se cerrarían las escuelas. La militancia kirchnerista defendió la decisión por la necesidad de mantener activos los comedores escolares, no sin dejar de culpar a la oposición de insensibilidad hacia el hambre de los niños, etc. Los gremios docentes, en tanto, siempre dispuestos a hacer paro tras paro durante días y semanas en los años de la gestión anterior, en esta ocasión callaron sumisamente, así como callaron cuando el gobierno ofreció un magro aumento salarial a principios del ciclo lectivo. Fue la presión de la oposición y de la opinión pública en las redes la que hizo cambiar la decisión gubernamental, y se decretó la suspensión de clases el 15 de marzo. La militancia kirchnerista, ya olvidada de su prédica de dos días antes, defendió esta vez la nueva medida.

  1. En el orden político, Alberto Fernández, a la vez que llama a la unidad de todos los argentinos y posa para una fotografía en la que está hojeando los diarios del día, todos con la misma portada en celeste y blanco (“el ideal kirchnerista de la pluralidad de voces”, comentó alguien sardónicamente), el 17 de marzo difunde en Twitter un video hollywoodense en el que se lo ve patrullando en helicóptero los hospitales, que acompaña con una nota en la que critica el estado en que dejó la Salud el gobierno precedente, según la consabida y repetida consigna de la “tierra arrasada”. Para colmo, menciona justamente, paradójicamente, como ejemplo de abandono, el hospital de la Matanza que Cristina Fernández de Kirchner había “inaugurado” antes de la campaña del 2015, cuando aún no estaba terminado ni menos aún funcionando. Gonzalo Aziz, el periodista que había investigado el caso de este hospital que el kirchnerismo había dejado inconcluso, tuvo que salir a desmentir al presidente.

  1. El 19 de marzo, con el mismo espíritu de unidad y olvido de la “grieta”, luego de negarse a acudir al llamado del gobierno anterior para realizar una transición ordenada, en la que podrían ser informados de todo lo que debían ser informados, vuelven a hacer, como anteriormente con las vacunas, luego de tres meses de mandato, casualmente en esta circunstancia, un espectacular hallazgo, acompañado de un no menos espectacular despliegue periodístico-publicitario encabezado por el Jefe del Gabinete de Ministros, Santiago Cafiero, para inculpar de “abandónica” a la administración precedente (Télam tituló, en efecto, a la venezolana: “El Gobierno recuperó equipos del programa CiberSalud que estaban abandonados en un depósito”). Luego se viene a saber que se trataba de material en stock, ordenado, inventariado y en perfecto estado. Afortunadamente, con las redes sociales, en las que intervienen periodistas independientes, la mentira dura poco.

  1. Un día antes, el 18 de marzo, el gobierno anuncia con redoblar de bombos, después de prohibir sin razón alguna el aterrizaje de aviones de otras banderas, que Aerolíneas Argentinas cumplirá la heroica misión de repatriar a los ciudadanos varados en el extranjero, proeza que al día siguiente se ve obligado a cancelar, por su incapacidad operativa y por la lluvia de quejas, entre otros, de esos desventurados “soldados Ryan”, a quienes en realidad se estaba estafando, porque ya tenían pasajes de vuelta en otras líneas aéreas, que la medida monopólica dejaba sin efecto, y los obligaba a adquirir otro boleto en la empresa nacional, sin que nadie les devolviera el importe del ya adquirido. Agradezcamos, nuevamente, a las redes: cuando ese mismo día el canciller Felipe Solá culpó a las empresas extranjeras de negarse a traer de regreso al país a nuestros compatriotas, una escueta respuesta de Iberia desenmascaró lo que nadie en la prensa argentina fue capaz de denunciar detrás de la épica misión: “Hola. El gobierno argentino ha prohibido a las aerolíneas extranjeras volar a su país. Por lo tanto, no es una decisión que hayamos tomado nosotros, sino su gobierno. Saludos.” Otra vergüenza auténticamente nacional y popular.

  1. El 19 de marzo, Luana Volnovich, la novia de Máximo Kirchner, casualmente nombrada directora del PAMI, la misma que no bien tomó el cargo designó gerente a su hermano, aprovechando la “volada” de la peste, hizo volar de sus puestos a trescientos empleados, no precisamente para achicar el Estado, sino para nombrar en su reemplazo a militantes. Es decir, por decisión estatal, trescientas familias en la calle, de un día para el otro, en plena pandemia.

  1. El 20 de marzo se decreta la cuarentena total y obligatoria. Es una medida, al parecer, necesaria. Todavía no sabemos, ni podemos medir, sin embargo, si este remedio no será al fin peor que la enfermedad, en especial teniendo en cuenta la manera taxativa con que fue adoptada. Por lo pronto, el hecho de que entrara en vigencia en la misma medianoche de la tarde en que fue anunciada tal vez no sea lo mejor, en concretos términos humanitarios. Impidió, por ejemplo, que cada ciudadano eligiera, sin infringir la ley, el lugar donde transcurriría una cuarentena que ya se preveía de duración indefinida, salvo aquéllos que contaban con información de privilegio, como fue el caso llamativo de Marcelo Tinelli, quien esa tarde, antes del anuncio presidencial, se trasladó a Esquel en su avión privado. Refiero una situación personal, que será semejante a la de muchos, con las variantes respectivas: mis padres, ancianos de 90 años, viven del otro lado de las Sierras Grandes de Córdoba, y ante la eventualidad de que quienes los ayudan no pudieran asistirlos ―ambos se quebraron la cadera el año pasado―, bien podría haber decidido viajar a acompañarlos, lo cual ya no fue posible. El presidente Alberto Fernández hizo gala en todos sus discursos por cadena nacional del rigor con que se castigaría a quienes violaran la cuarentena, advirtiendo, por ejemplo, a la manera de un Nicolás Maduro de industria nacional, que él se encargaría personalmente de que fuera encarcelado un deportista que había agredido a un guardia de seguridad que intentó impedirle que abandonara la cuarentena. Ningún rigor se aplicó, sin embargo, al rugbier a quien se le había detectado el coronavirus en Montevideo, que rompió la cuarentena en Uruguay y viajó en Buquebus el jueves 19 de marzo, exponiendo al contagio a otros 400 pasajeros: al parecer, la filiación kirchnerista lo amparó del rigor presidencial. De la misma manera, mientras el día en que regresó al país Cristina Fernández de Kirchner, quien se había ido a Cuba poco después de los primeros casos de coronavirus en la Argentina, no hubo cámara televisiva alguna que registrara el hecho, se montó en cambio un verdadero operativo de cacería policial y mediática a un surfista llegado de Brasil, quien no habría respetado el período de cuarentena: todos los televidentes del país estuvieron pendientes de tal cacería, mientras la vicepresidente se dirigió tranquilamente a su casa, sin pasar por ninguno de los hoteles previstos para los viajeros recién arribados del extranjero. Así también, el 2 de abril se reunió un gentío para saludar a Alberto Fernández a la salida de Olivos: evidentemente, la cuarentena no rige para las manifestaciones políticas de afecto. El 23 de marzo, siempre con el mismo ánimo de salvar divisiones en la sociedad, Alberto Fernández declaró que “Esta es una enfermedad que nos llega por los privilegiados que pudieron viajar a Europa”.

  1. El 1 de abril se viene a saber, por un artículo del periodista Diego Cabot, que en la reasignación presupuestaria por la emergencia del coronavirus del 26 de marzo, publicada en el Boletín Oficial, por cada 2,5 pesos que el Jefe de Gabinete Santiago Cafiero y el Ministro de Economía Martín Guzmán destinaron a la compra de insumos para atender la crisis del coronavirus, le fueron otorgados 1,7 al Ministro de Cultura, Tristán Bauer. En la misma reasignación de emergencia, también Yacimientos Carboníferos Río Turbio (YCRT), a cargo del dinosaurio político Aníbal Fernández, ex jefe de gabinete kirchnerista, un yacimiento que actualmente no produce mineral, recibió una partida correspondiente a un peso por cada dos pesos de gasto nuevo para remedios o equipamiento sanitario..

  1. Para 2020, el Ministerio de Cultura tenía contratados a 500 artistas por un total de 7,2 millones de pesos para realizar shows a lo largo del año en diferentes escenarios públicos. Sin embargo, la cuarentena obligatoria cambió los planes y así nació #YoMeQuedoEnCasa, una iniciativa por la cual esos 500 artistas ofrecerían sus propuestas desde sus casas durante el tiempo que durara el confinamiento. Con todo el valor que pueda tener para nosotros la cultura artística (no entremos en la consideración de quiénes fueron los artistas elegidos), hay circunstancias y circunstancias: en ésta, destinar esa suma a “solidarios” espectáculos domiciliarios parece un despropósito, por no decir una hipócrita canallada. De modo semejante, el presidente presionó a los clubes para que el fútbol se mantuviera, como señaló en conferencia de prensa, “para alegría del pueblo”, y pidió a las empresas que lo televisaran gratuitamente: volvía, pues, el “Fútbol para Todos”, en medio del desastre, con la complicidad del siempre dispuesto Marcelo Tinelli. Lamentablemente para la demagogia, los jugadores se opusieron y no hubo forma de llevar adelante la propuesta.

  1. El 29 de marzo, en su discurso por cadena nacional, en el que anunció la prolongación de la cuarentena total y obligatoria hasta el 12 de abril, el presidente no perdió la ocasión de reprender a la clase empresarial, a la que trató de “miserable” y a la que aleccionó, en tono de barrial palmada en el hombro: “Muchachos, no se trata de perder, sino de ganar un poco menos”. Un par de días después, cuando una periodista le preguntó sobre el reclamo de la ciudadanía para que también los congresistas y los funcionarios gubernamentales, incluido él, ganaran un poco menos, Alberto Fernández respondió que no le parecía justo. La crítica al empresariado, semejante a la que años atrás su actual vicepresidente dirigía a los productores rurales, tiene algunas salvedades: por ejemplo, el elogio que le dedicó al empresario y sindicalista Hugo Moyano en la inauguración del sanatorio “Antártida”, el 1 de abril, definiéndolo “un dirigente ejemplar”. Ejemplar, en efecto, paradigmático de las prácticas kirchneristas y peronistas en general, es el hecho de que se trataba de la tercera inauguración del mismo centro hospitalario: la primera fue en el 2009, con la presencia de la entonces presidente Cristina Fernández de Kirchner, y la segunda en el 2018, como parte de las celebraciones por el cumpleaños del “dirigente ejemplar”. La historia del sanatorio, por otra parte, tampoco parece suficientemente límpida. Así lo señaló la diputada Graciela Ocaña: “¿Sabrá el Presidente que mientras la obra social de camioneros está fundida, la empresa de Liliana Zulet, esposa de Moyano, ha facturado millones al sindicato y ha declarado millones de ganancias con los que ha comprado casas, autos y otros bienes que usufructúa Moyano y familia? No sólo Moyano ha recibido más de 240 millones de la Superintendencia de Salud en medio de la pandemia del coronavirus, sino ahora se coloca como ejemplo.”

  1. En la dimensión estrictamente sanitaria, la mayor deficiencia que por el momento presenta la respuesta a la pandemia pareciera ser el escasísimo número de testeos que se están realizando en el país. En un artículo de Nora Bär publicado en “La Nación” el 1 de abril se lee: “Hace unos días, Tedros Ghebreyesus, director general de la OMS, finalizó una de sus conferencias de prensa diarias con consejo a los países: «Testeen, testeen, testeen». También subrayó que hay que identificar a los pacientes asintomáticos. Esto, sumado a que Corea del Sur atribuye su éxito en el control de la epidemia a la multiplicación rápida de los análisis, planteó la pregunta de si en la Argentina se están haciendo los tests suficientes para dominar la situación y generó críticas al gobierno por falta de previsión.” El caso de Chile, en este sentido, es significativo, un país en el que, si bien se ha confirmado un alto número de contagios, presenta la tasa de mortalidad más baja en América Latina, un 0,5%, semejante a la de países como Corea del Sur, Alemania y Japón. Una de las razones principales que explicarían esa exitosa estrategia, es el número de testeos, que llega a 3000 pruebas de diagnóstico al día, el mayor número total de pruebas por habitante en América Latina. Se lee en el artículo “Coronavirus: por qué Chile tiene una de las tasas de mortalidad más bajas del mundo”, de la “BBC News”, reportado en “La Nación” del 3 de abril: “El hecho de practicar un alto número de pruebas de diagnóstico no solamente entrega una visión más certera de la cantidad de contagios que hay en un país, sino también les permite a los gobiernos rastrear a quienes contrajeron la enfermedad. Con ello, se puede tener una identificación temprana de los portadores del virus, lo que frena su expansión. Por lo mismo, la OMS ha sido tajante a la hora de insistir en que esta es una medida vital para enfrentar el coronavirus.” Lamentablemente, en la Argentina no pareciera haberse comprendido aún la importancia de esta medida para contrarrestar la pandemia. Adolfo Rubinstein, ex secretario de Salud especializado en epidemiología en la Universidad de Harvard, ha observado al respecto: “Del testeo masivo a lo que estamos haciendo acá hay un mundo de diferencia. Si testeáramos a todos, tendríamos una muestra muy representativa, pero eso no se puede hacer, salvo en pequeña escala, como ocurrió en alguna población de Italia de 3000 habitantes. Pero somos de los países que menos testeo tenemos en el mundo. Lo que se está viendo es insuficiente. Creo que no hubo previsión respecto del impacto que iba a tener la epidemia. Si vamos a salir de la cuarentena, tenemos que hacerlo bien, con medidas localizadas. Habrá que implementar decisiones muy particulares en las villas y los conurbanos, y para eso necesitamos subir rápidamente la cantidad de análisis.”

  1. Si desde un inicio, como hemos visto, la política del gobierno ante la pandemia se ha mostrado errática, escasamente previsora y profusamente improvisada, el día 3 de abril evidenció el colmo de la falta de previsión y el colmo de la improvisación. Durante la noche del 2 al 3 de abril, a pesar del frío y de la cuarentena, comenzaron a formarse largas colas de jubilados, pensionados y beneficiarios de las ayudas sociales frente a las sedes bancarias, a la espera de que abrieran sus puertas para cobrar sus haberes y asignaciones. En horas de la mañana, la multitud de personas, la mayoría ancianos, que se aglomeraban en las calles de los bancos mientras aguardaban ser atendidas, daba una infinita pena por ellos y una infinita rabia por los responsables de ese caos y esa penuria, en primer lugar, el Poder Ejecutivo Nacional, y luego el Anses, el Banco Central y el gremio bancario. Lo peor del caso es que era algo previsible, y no sólo previsible, sino advertido a las autoridades por el Defensor de la Tercera Edad, Eugenio Semino, desde el 20 de marzo, sin ser escuchado. Ante la pregunta de la prensa si fue consultado sobre cómo se podía manejar la situación, Semino respondió: “Nunca. Le mandamos un requerimiento a Anses el 20 de marzo y después me encargué de decirlo en todos los lugares posibles. No tuve respuesta al requerimiento enviado. Inclusive, lo que pasó hoy fue que con esa demanda contenida, cuando se abrió la compuerta, salió todo el mundo. Es más, tomaron la medida incorrecta de sumar a los beneficiarios de la Asignación Universal por Hijo (AUH). Todo lo mal que se podía hacer, se hizo.” Como era de esperar, a la par de ese talento para hacer mal todo lo mal que se puede hacer, el gobierno tiene el talento infantil de culpar a otros de sus propios errores, y así, por la tarde, Matías Kulfas, Ministro de Desarrollo Productivo, dio una conferencia de prensa en la que responsabilizó a los bancos del desastre sanitario. Señaló el periodista Nacho Montes de Oca: “El 8 de marzo, 120.000 personas acudieron a la marcha feminista en Madrid. Se supo que fue un enorme foco de contagio. Se estima que hoy salieron al menos 1,2 millones de jubilados y AUH en todo el país. Estamos en el mismo estadio de la pandemia que España el 8 de marzo.” Al día siguiente, el 4 de abril, el presidente, en una entrevista con Radio Mitre, responsabilizó a los otrora “abuelitos a quienes tenemos que cuidar”, de esa verdadera catástrofe sanitaria y señaló que “Nadie preveía que iban a aparecer todos esos jubilados”. Parece increíble, pero esas fueron, literalmente, sus palabras. Precisamente, de eso se trata, en este caso y desde el inicio de la pandemia: improvisación, falta de previsión y organización gubernamental. Este solo hecho catastrófico, y la justificación presidencial, que si hubieran ocurrido en cualquier otro gobierno de cualquier otro partido habrían ocasionado sin duda una protesta masiva, esas a las que el kirchnerismo nos tuvo acostumbrados a lo largo de los cuatro años pasados, esta vez, en cambio, no tuvo mayores consecuencias ―nadie fue sancionado, ninguno de los responsables renunció, la prensa sólo refirió el “enojo” del presidente―: a pesar de la magnitud del desastre de ese día, que pone en riesgo el esfuerzo de quince días de cuarentena, ya comienza a pasar al olvido, como si hubiera sido un contratiempo menor, puramente fortuito.

En fin, y en síntesis, si tuviéramos que dar una metáfora de la actuación del gobierno y de la situación de la ciudadanía argentina en tiempos del coronavirus, creo que la imagen de los ciegos que conducen a otros ciegos, como en la pintura de Pieter Brueghel el Viejo, “La parábola de los ciegos”, sería bastante apropiada. Confiemos en que no necesariamente nos espere un barranco, como en el óleo del pintor flamenco.

[Córdoba, 5 de abril, 2020]

Una respuesta to “Los ciegos que conducen a otros ciegos”

  1. Carlos O. Antognazzi Says:

    Muy buen artículo, Pablo. Lo suscribo de punta a punta.

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