La revolución cultural kirchnerista

por Pablo Anadón

 

 

«There is the fact that the intellectuals are more totalitarian in outlook than the common people. On the whole the English intelligentsia have opposed Hitler, but only at the price of accepting Stalin. Most of them are perfectly ready for dictatorial methods, secret police, systematic falsification of history etc. so long as they feel that it is on ‘our’ side.»

George Orwell

[Carta a Noel Willmett,

18 de mayo de 1944]

 

 

I

Un amigo de Córdoba, un intelectual, me preguntó en estos días qué había generado en la cultura el gobierno macrista. En el contexto del diálogo, era una interrogación retórica. En sí misma, diría, es una pregunta extraña. En primer lugar, y dejando de lado la brevedad de tiempo (¿qué cambio perdurable puede darse y comprobarse en 46 meses?), cabe preguntarse por qué un gobierno debería generar algo determinado en la cultura. Creo que un gobierno no debe generar culturalmente más que la posibilidad de expresarse con plena libertad. Eso se dio, sin duda, en los pocos años pasados, incluso para expresarse en contra de la administración de turno, como lo ha hecho de modo bastante compacto y extendido, salvo raras excepciones, la clase intelectual argentina, desde antes incluso de que asumiera la coalición de Cambiemos, casi como si se tratara de un gobierno “de facto”, no elegido por la mayoría del pueblo, y como lo han hecho numerosos medios periodísticos, incluso estatales, cosa que no ocurría durante las administraciones anteriores.

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II

Me acuerdo, a este propósito, de un profesor de filosofía local, el ex decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, Diego Tatián, quien se negó a participar en “La noche de la filosofía”, un encuentro organizado en el 2017 por el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en el cual intervinieron más de 50 expositores argentinos y extranjeros de muy variada orientación ideológica, entre los cuales Slavoj Žižek, Néstor García Canclini, Tomás Abraham, Georges Didi-Huberman, Barbara Cassin, Corinna Mieth, Alejandro Rozitchner, Darío Sztajnszrajber, Maristella Svampa, Diana Cohen Agrest, Luis Diego Fernández, Alejandro Katz, Valentín Suárez, etc. Su negativa, que hizo pública en una carta abierta (entre las múltiples razones por las que denegaba la invitación se encontraba, en primer lugar, la prisión preventiva de Milagro Sala), fue muy difundida y aplaudida en el medio académico nacional. Ahora bien, no estamos hablando de una dictadura, en cuyo caso estaría justificado el rechazo, sino, como queda dicho, de un gobierno elegido democráticamente, un gobierno que, por otra parte, no dudó en invitar a la reunión filosófica a un claro exponente intelectual de la oposición, alineado con el kirchnerismo y fervoroso defensor de los gobiernos anteriores. Diría que es una negativa absurda, o más bien, demostrativa de una postura antidemocrática, que pretende convertir su actitud facciosa en un gesto ejemplar, tal vez imaginariamente heroico, partisano, según los dictados de la “Resistencia y Aguante” a que se llamó la militancia kirchnerista luego de la derrota en los comicios.

III

Casualmente, como si la pregunta de aquel amigo hubiera favorecido al azar, di la otra noche, en el canal Film & Arts, con una documental sobre la vida de Zhu Xiao-Mei, una pianista china que vivió la Revolución Cultural de Mao Tse-Tung, un caso extremo de dirección de la cultura por parte del Estado. Zhu Xiao-Mei, una niña nacida en el seno de una familia de artistas, con prodigiosas dotes musicales, ingresó a los seis años a la Escuela Nacional de Música de Pekín, a los ocho ofrecía conciertos en la radio y la televisión y a los once entró en el Conservatorio. Su carrera pianística se interrumpe con el advenimiento de la Revolución Cultural, para la cual la música clásica, según ella recuerda, era una perniciosa influencia del arte burgués occidental, y en ese período es enviada durante seis años a un campo laboral de reeducación, en la remota Zhangjiakou, en la frontera con Mongolia. Sospechosa por sus orígenes familiares, es sometida a diversas sesiones de “acusaciones públicas” escolares, que dejan una marca indeleble en su personalidad. La presión ideológica colectiva, confesaba la artista, la lleva en su adolescencia a avergonzarse de su familia, e incluso a realizar acusaciones contra sus padres. Su madre, sin embargo, la ayuda a continuar con la práctica del piano, haciendo guardia fuera de su casa, cubierta con una manta, en las frías noches invernales. En 1980, gracias a la ayuda de Isaac Stern, quien visitó China en 1979, Zhu Xiao-Mei se trasladó a los Estados Unidos, donde realizó estudios musicales mientras se ganaba la vida con diversos trabajos, entre los cuales la limpieza doméstica en la casa de una flautista de la Orquesta Sinfónica de Boston, a cambio de ejercitarse en el piano que había en el hogar. En 1984 se radicó en París, donde se convierte en una pianista de reconocimiento internacional, una de las más valoradas intérpretes de Johann Sebastian Bach. Su regreso a China, para dar una serie de conciertos, luego de 35 años de ausencia, la ardua confrontación con sus recuerdos de infancia y juventud durante el régimen de Mao, es el eje del documental, parcialmente basado en su autobiografía, “The secret piano” (el título alude al piano desvencijado en el que ella practicaba a escondidas para eludir la vigilancia policial china).

IV

La pregunta de este amigo, y el conocimiento de la historia de Zhu Xiao-Mei, me hizo reparar en que tal vez el mayor daño que el kirchnerismo ha hecho al país ha sido en la cultura. En efecto, su “batalla cultural” ―como les gusta llamarla a los intelectuales adictos a la misma― se ha tratado del intento más programático, sistemático y prolongado, desde los tiempos de los gobiernos de Perón y luego de la dictadura militar, de adoctrinamiento y disciplinamiento del medio artístico, educativo y cultural en general. Un intento, a diferencia de los anteriores, logrado. En apretada síntesis, es posible enumerar los siguientes hechos lamentables de la política cultural ―o la cultura política― kirchnerista:

  1. La utilización de fondos estatales para fundar, o bien cooptar, instituciones académicas, con un neto perfil y sesgo partidario. Un caso paradigmático, cuyo nombre roza el absurdo y el ridículo, es la creación de la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional. Ya su nombre es toda una declaración del rol programático que el kirchnerismo asignó a la cultura: coordinación estratégica ―subrayemos este adjetivo― del pensamiento nacional. Es decir, se supone que el pensamiento debe ser único, totalizador de la nación entera, y que su función es instrumental, “estratégica”, y no parece necesario aclarar el cariz castrense, táctico, del término. Otro caso ilustrativo es el de la cooptación del CONICET: el hecho de que en un cartel de campaña del kirchnerismo se haya visto en estos días su logo, y no haya habido quejas de sus directivos, que la investigadora que denunció ese uso indebido del símbolo institucional fuera hostigada por sus colegas, mientras otros decidieran callar para evitar represalias, es una clara muestra de tal apropiación ideológica de un organismo científico estatal.
  1. La adopción de una semejante función táctica y estratégica en las instituciones públicas de educación formal, tanto en la enseñanza media como en la universitaria, y la utilización de la escuela, e incluso las universidades, como centros privilegiados de adoctrinamiento, favorecida por la presencia de dirigentes gremiales de innegable pertenencia partidaria. Es conocida la actividad proselitista de una agrupación kirchnerista como La Cámpora en las escuelas. Tal cooptación, por cierto, en el caso de las altas casas de estudio, atenta de modo flagrante contra la autonomía universitaria, hecho que se evidenció, por ejemplo, en la reunión de los decanos de las facultades de Filosofía y Humanidades para dar apoyo a la postulación del candidato kirchnerista, Daniel Scioli, en las elecciones presidenciales del 2015, y en las circulares que en esa campaña la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, entre muchas otras, publicó en su página institucional, instando a votar por ese candidato, hecho más llamativo aún por tener lugar precisamente en la casa de estudios de la Reforma Universitaria de 1918, la que bregó por la autonomía y la pluralidad de pensamiento en las instituciones universitarias, lejos de todo dogmatismo.
  1. La instigación, solapada o explícita, a la adopción y la aplicación de criterios políticos para juzgar la validez de obras artísticas, proyectos culturales, investigaciones académicas, postulaciones a cargos en la enseñanza, etc. Tal reducción valorativa de la complejidad y el alcance de las problemáticas culturales, las obras y la tarea intelectual a un estrecho sectarismo partidario tal vez sea uno de los perjuicios más evidentes, más burdos y más destructivos que ha aportado el kirchnerismo a la cultura argentina. No es un fenómeno extraño, sin embargo, a los diversos tipos de fanatismo y a todo movimiento político de carácter totalitario, que subsume en sí todas las esferas de la vida, el pensamiento, la creatividad y la convivencia comunitaria. Como observó Marina Tsvietáieva, que de esto tuvo una prolongada y amarga experiencia, el partidismo es “una cosa que claramente no es humana, no es animal y no es divina, y que destruye en el hombre al hombre, al animal y a la divinidad.”
  1. El plan de promoción de la lectura, llevado adelante por los gobiernos kirchneristas a través de ediciones de libros y folletos financiados por el Estado, a través de la Secretaría de Cultura de la Nación, una iniciativa loable, sufrió de la misma parcialidad ideológica en la selección de los títulos y los autores publicados con fondos públicos. De esto tuve asimismo experiencia personal, que paso a referir, porque fue muy notable y singular el episodio. La editorial para la cual dirijo una colección de poesía y crítica literaria me solicitó que confeccionara una lista de libros para proponer al subsidio. Presenté una lista amplia, con obras que podían tener interés para el público escolar al que estaba dirigido el plan. Pues bien, como era de esperar, sólo fue seleccionado un título, el de un libro de una poeta brasileña, cuya traductora, por cierto, es una autora de reconocida filiación partidaria. En la ocasión se produjo un hecho también interesante y curioso, que vale la pena referir: en el formulario de la propuesta editorial debía consignarse el nombre del director de la colección, y así lo hice. Casualmente, a los pocos días de ser remitida la propuesta comenzó a seguir mi cuenta en Twitter la cuenta de la Secretaría de Cultura de la Nación. Tiempo después dejó de hacerlo, también casualmente, una vez concluida la convocatoria.
  1. Por último ―pero primero, sin duda, en importancia y en efectos perniciosos― la enconada división de la cultura ―y la sociedad― argentina, un fenómeno que no se verificaba, con tal amplitud, profundidad y encarnizamiento, desde las presidencias peronistas, una división instigada, como entonces, desde el vértice del poder central. La ya tristemente famosa “grieta”, además de una exitosa estrategia de polarización política, ha sido nefasta asimismo para la cultura, dividiendo el medio intelectual como no lo había logrado ni siquiera el peronismo histórico, porque entonces la izquierda aún era la izquierda internacionalista, de clara orientación socialista o comunista, ambas enemigas y perseguidas por el General, así como la tradición liberal aún contaba con exponentes como el grupo de escritores cosmopolitas reunidos en torno de la revista “Sur”, y todos reconocieron en la política nacionalista y populista del peronismo la evidente marca filofascista. Tal situación cambió radicalmente a partir de los años 60, cuando la tradición liberal fue quedando en franca minoría en el medio literario-artístico-filosófico y la izquierda hizo su suicida “compromesso storico”, por llamarlo de algún modo, con el peronismo, mixtura que ha traído indigestiones intelectuales y una abismal decadencia cultural hasta el presente. De esa decadencia, es probable que sea necesario más de otro medio siglo para recuperarnos, con suerte: pocas cosas más contagiosas e idóneas para arraigar en nuevas generaciones que los fanatismos fundados en rencores heredados, en ideales que parecen generosos y en “el sistemático falseamiento de la historia”. Al decir de George Orwell, en el fragmento de la carta a Noel Willmett que citábamos en el epígrafe: «Está el hecho de que los intelectuales son más totalitarios en sus puntos de vista que la gente común. En conjunto, la intelligentsia inglesa se opuso a Hitler, pero sólo al precio de aceptar a Stalin. Muchos de ellos están perfectamente dispuestos a aceptar los métodos dictatoriales, la policía secreta, el sistemático falseamiento de la historia, etc., siempre que crean que ello beneficia a “los nuestros”.»

Foto: Flavia de la Fuente

Una respuesta to “La revolución cultural kirchnerista”

  1. Don Nadie Says:

    Sobre los intelectuales de antes y ahora y su comportamiento, y en relación con Orwell, escribió el outsider Jaime Semprun en el “Abismo se repuebla” certeras palabras, colocando a estos en su respectivo sitio: Nunca se creyó (Orwell) mejor que los combates de su tiempo y supo participar en ellos para mejorarlos: por eso está necesariamente mal visto por los ineptos, los moralistas y los estetas. Todos ellos forman legión, especialmente entre los intelectuales.

    “En 1995, el editor inglés de Rebelión en la Granja, con ocasión del cincuentenario de la obra, exhumó un prefacio que había descartado en su momento. Orwell describía en él las dificultades con las que se había encontrado para publicar su texto, el rechazo de cuatro editores sucesivos, las presiones del Ministerio de Información y, de manera mas general, el clima de censura estalinófila que reinaba entre los intelectuales ingleses de la época. Pero él también decía que la ortodoxia reinante podía cambiar y convertirse, por qué no, en «antiestalinista», sin ser menos asfixiante para un pensamiento libre; el que todo el mundo repita la misma cantinela no es mas agradable por el hecho de que se esté de acuerdo con ella: los espíritus no quedan, por ello, menos reducidos al estado de «gramófonos». He aquí algo que se puede aplicar perfectamente a la unanimidad democratista de los modernos, a sus indignaciones teledirigidas, a su manera de expresar, todos juntos y por encargo, su execración hacia aquellos que les son presentados como totalitarios, fanáticos, o incluso racistas, terroristas, en pocas palabras, locos peligrosos y hostiles a todo progreso. A los intelectuales franceses les gusta mofarse de lo «políticamente correcto» a la americana, un poco rústico y simplón para sus gustos refinados. En realidad ya practican una versión adaptada a las convenciones culturales locales, mas hipócrita pero fiel a la esencia de la cosa, la de llevar a cabo una disolución retroactiva de la historia.

    …Así, solo comprendiendo las buenas razones que tenía orwell después de la guerra para considerar el estalinismo como el enemigo principal (lo que exige no solo algunos conocimientos, sino también un cierto sentido de las luchas históricas), se puede emitir un juicio sensato sobre la manera como lo combatió. Sin duda alguna, es mas sencillo esperar a que le informen a uno de la verdad histórica del momento que establecen los archivos mas recientemente abiertos. Así uno podrá saber que el desdichado burócrata London, al que se había dado gran importancia, antes de convertirse en un estalinista caído en desgracia, había sido un estalinista en el poder, es decir, un policía. Y puesto que los archivos revelan tales evidencias, habrá que admitir igualmente que dicen la verdad sobre todo lo demás.

    La abolición de la historia es una especie de horrible libertad para aquellos a los que libera efectivamente de todo deber con respecto al pasado así como de toda carga con respecto al futuro: a esta libertad, hecha de irresponsabilidad y de disponibilidad (a todo lo que la dominación quiera hacer de ellos) los modernos la aman más que a la niña de sus ojos, cuya extinción han confiado dócilmente a las pantallas. Quien critique la vacuidad de esta libertad, por ejemplo recordando la existencia de la historia bajo la forma de numerosos y terribles plazos que vencen todos en este fin de siglo, como si fuese la factura a pagar por el mal uso del mundo, será tildado de nostalgia fascistoide de una armonía pretécnica, o de inclinación hacia el fundamentalismo religioso cuando no de fanatismo apocalíptico. Los intelectuales se distinguen de los demás en que, para ellos, esta abolición de la historia, que para la gran masa de gente constituye solo un gran descanso, es además un trabajo: el de borrar las huellas de los conflictos reales y de las alternativas posibles que se han sucedido, el de reemplazarlas por los falsos antagonismos exigidos retroactivamente por la propaganda del momento (y, en esto, podemos ver la contribución del izquierdismo, precursor tanto en reescribir el pasado como en fabricar falsos combates para el presente y tan valiente para precipitar lo que ya se estaba derrumbando). Lo que estos agentes intelectuales detestan, pues, en Orwell, y esto sucede tanto cuando lo exaltan al rango de un moralista a lo Camus, lo cual estuvo de moda en una época, como cuando lo calumnian, como se hace ahora, es el que hubiera tomado partido siempre de manera lúcida, en el conflicto entonces decisivo, aquél cuyo resultado iba a determinar todas las posibilidades posteriores de la libertad, sin por ello sacrificar a ninguna causa, a ninguna propaganda, su propia libertad de juzgar las ilusiones y las debilidades de las que no están exentos los mejores combates. Así, nunca se creyó mejor que los combates de su tiempo y supo participar en ellos para mejorarlos: por eso está necesariamente mal visto por los ineptos, los moralistas y los estetas. Todos ellos forman legión, especialmente entre los intelectuales.”

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