El cráneo de Júpiter

Diario mediterráneo

por Yupi

Lunes

Pasé la noche leyendo el diario de un librero escocés. No es la primera vez que a la hora del naufragio instintivamente me refugio en los escoceses, como si fueran los únicos capaces de devolverme la confianza en el género humano. Concluí la lectura optimista, renovado, dispuesto a creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles. De todo el pueblo literario los libreros son con diferencia la gente más simpática. Antiguamente no era así. En los viejos tiempos los libreros también eran editores, con frecuencia impresores y a veces hasta fabricantes de papel. Después los oficios de la venta y la publicación se separaron. Sin duda esto salvó a los libreros de todo descrédito. La mala fama ahora se concentra sobre los grupos editoriales multinacionales, que no deben temer el peligro que acecha a aquellos de quienes todo el mundo piensa bien, y aun estas grandes empresas fueron superadas por Amazon, el ogro infame y omnipresente destinado a arrasar con las librerías.

velero atardecer 1 PYUPI

Pero una vez establecido el villano, por una ley inevitable, aparece el héroe. En el caso de mi librero escocés vino bajo la forma de un niño de unos nueve o diez años, flaco, lo que los escoceses llaman shilpit, un niño desgarbado y quebradizo, bastante tímido, la cara pálida enmarcada en una larga melena. Daba vueltas por los anaqueles de la librería haciendo tintinear una bolsita con monedas mientras echaba subrepticias miradas a la caja. Hasta que por fin tomó una decisión. Apenas asomado al mostrador en puntas de pie, preguntó en confianza: “Señor, ¿tiene Secuestrado?”. El chico contó trabajosamente sus monedas, las entregó en pago y salió a toda velocidad por las calles nevadas abrazado al libro. Casi lloré al leer esta escena. El librero, buen británico al fin, comenta sin más efusión: “Me pareció ver a Stevenson llevándose su propia novela”.

Martes

Los finales en Aira. El encantamiento de la escritura vuelve extraordinariamente difícil juzgar sus textos con alguna objetividad, por ejemplo, la incapacidad para los finales. Fue la debilidad de Stevenson, mucho antes que la de Aira, terminar las novelas un poco a la buena de dios en lugar de llevarlas a una conclusión convincente. Secuestrado termina en cualquier parte, o en ninguna parte, como si la pluma se hubiera caído de una mano cansada. La Flecha Negra (“una novela increíblemente buena aunque por alguna razón no muy popular”, dice Sainstbury) tiene un final más bien desvaído. En Dr. Jekyll and Mr. Hyde la ilusión del relato es tan perfecta que casi olvidamos la insípida moraleja de las últimas páginas. Con las novelas de Aira podría hacerse un censo parecido, empezando por La liebre, que quizá sea la mejor de todas. Me pregunto si no vendrá de la dificultad de empalmar la vida con la obra y si Kafka no la habrá sentido en grado máximo. La literatura inventa principios y finales sobre lo incesante. Hay en las novelas de todos ellos como una verificación de que nos morimos siempre a medio hacer.

Miércoles

Minerva saltando desde el cráneo de Júpiter hasta el escritorio del artista es una imagen encantadora, pero lo cierto es que todos los grandes escritores tuvieron que trabajar mucho para escribir sus libros. El valor de cada obra artística está en proporción directa a la cantidad de fuerza intelectual que se destinó a su concepción inicial. Lo que viene después es un trabajo de ajuste, parecido a la afinación de un instrumento. Entonces el escritor puede decir, como Hazlitt: “Lo que escribo no me cuesta nada, pero me costó mucho treinta años atrás”. Esto es cierto en todos los casos sin excepción. Por otra parte, y lo interesante del asunto, es que en literatura el fracaso está garantizado de antemano. La poesía más gloriosa que ha conocido el mundo no es más que una sombra débil de las concepciones originales del poeta. Es Rimbaud dedicándose al comercio; es Kafka y su orden de destruir todos los escritos; es un Proust ya moribundo agregándole nota tras nota a la Recherche como un loco o un animal; son todos los escritores que han sido y todos los que serán. ¿De qué manera explicarle esto a un muchacho sin desalentarlo? Supongo que uno de los fines de tal enseñanza es entregar a los jóvenes la suficiente soga para colgarse. Un buen maestro debería hacernos aprender la lección sin la conciencia mortificante de nuestra ignorancia. Como le dijo Mallarmé a un joven escritor de talento que le había llevado un manuscrito: “Lo que admiro sobre todo es que aquello que yo tardé treinta años en buscar, usted, a sus veinte años, lo ha descubierto en uno”.

Jueves

En el casino de noche. Mucha gente, adentro y afuera. Me abro camino hasta la barra con la intención de pedir una bebida. Estamos todos apretados como en un cohete. La gente habla y habla y habla. Un francés a mi derecha es vegano, vive con su marido en una granja comunitaria, hace meditación y no tiene teléfono. Una catalana a mi izquierda explica su condición de especialista en psicología urbana. El novio tiene la barba azul y asegura que lo significativo siempre está detrás de la realidad. Quedo petrificado, como si estuviera hecho de hielo. Si este salón fuera enviado al espacio exterior los habitantes de otras galaxias caerían en la mayor perplejidad, no sabrían ni siquiera por dónde empezar a comprendernos. No escucho nada más. Pongo los oídos en modo “atención flotante” y me limito a observar a la varia concurrencia. Completamente inmune al parloteo biográfico, filosófico o de cualquier otra clase, soy hipersensible al universo sensorial. Una mirada, un gesto, valen más para mí que la conversación más elaborada. No digamos el tacto (nunca toco a nadie). Al pasar cerca de un grupo oigo la frase: “La puta vida”, dicha a los tropezones, evidentemente por un extranjero, con la te y la ve flameantes. Acto seguido veo por los ventanales a dos señores con túnicas, sin duda árabes, que hablan pausadamente en la terraza. Les atribuyo este diálogo sereno:

-Qué vergüenza la nueva ley de despidos laborales.

-¿Usted trabajó mucho?

-En la puta vida.

Viernes

Una notable tendencia de la crítica moderna, más o menos desde los tiempos de Burke y Lessing, ha sido la de romper la barrera entre la literatura y las artes afines. Esto era inevitable porque la literatura describe lo que fluye, no lo fijo. No define los límites del sentido. De ahí que el nuestro sea un tiempo de comentadores más que de hacedores. Todo se reduce a la busca de un nicho conceptual disponible para ocuparlo y explotarlo, una tarea equivalente a cortar un pelo en catorce porque en el pasado los conceptos generales fueron analizados hasta el agotamiento. La explicación conduce a la explicación, y a la explicación de la explicación, y así interminablemente en una carrera que ahora ni siquiera tiene una tortuga y un héroe para entretenernos sino palabras abstractas persiguiéndose unas a otras, ya en pleno delirio.

Sábado

Why did I write? What sin to me unknown

Dipp’d me in ink, my parents’, or my own?

“¿Por qué escribí? ¿Qué desconocido pecado me sumergió en tinta, el de mis padres o el mío?”, se pregunta Alexander Pope en la Epistle to Dr. Arbuthnot. Y más adelante: “¿Por qué me preguntan qué verá la luz a continuación? ¡Cielos! ¿Nací nada más que para escribir?”. Ningún escritor conoce la respuesta a estas preguntas, y por regla general los que se las hacen suelen ser los mejores escritores. El mismo Pope ensayó una respuesta justamente famosa:

To help me through this long disease, my life

“Para ayudarme a sobrellevar esta larga enfermedad, mi vida”. Este verso sirve para ver cómo funcionaba la cabeza de Pope. El atractivo de Pope no es tanto el de un hombre real como el de un duende, un hombrecito de cuento de hadas. La forma en que manipuló sus cartas y organizó su publicación “no autorizada” por un editor pirata es una de las más sorprendentes en la historia de la falsificación. Pero vuelvo a la frase de arriba. La primera versión del verso, como siempre, no era suya, sino en este caso de Shakespeare, o de ese misterio insondable que llamamos Shakespeare. Pope la traduce en prosa; mejor dicho, en un tipo de verso que tiene todas las características de la mejor prosa. Transcribo la versión original (Macbeth III, 2):

After life’s fitful fever, he sleeps well

Shakespeare, el rey del ritmo, escribe un verso aliterado, sonoro y cantarín, listo para recitar. Si decimos: “Después de la fiebre intermitente de la vida, él duerme bien”, no queda casi nada. Queda la idea de la vida como una larga enfermedad, que sólo puede expresarse en prosa.

Domingo

Elecciones en la patria. Triunfo arrasador de los mismos que hace un rato se fueron porque el país estaba quebrado. Hipótesis de un amigo: “Estamos en 1983. Ahora Macri es la Junta Militar y Alberto Fernández es Alfonsín con bigote y todo”. Me parece plausible. Habrá que ver cómo sale Alfonso del túnel del tiempo. La Argentina, el país de la representación, vive en una realidad segunda en la que los Rolling Stones tienen veinte años, y como ocurre cíclicamente en materia económica, tarde o temprano viene a buscarla la realidad primera, impasible.

Foto: Gabriela Ventureira

2 comentarios to “El cráneo de Júpiter”

  1. Cristina Malvicini Says:

    Y quien es yupi ?Por que tanto seudonimo?Saludos Marichu

    El lun., 12 de agosto de 2019 16:13, La lectora provisoria escribió:

    > lalectoraprovisoria posted: “Diario mediterráneo Lunes Pasé la noche > leyendo el diario de un librero escocés. No es la primera vez que a la hora > del naufragio instintivamente me refugio en los escoceses, como si fueran > los únicos capaces de devolverme la confianza en el género humano” >

  2. Anto SA Says:

    Interesante diario. Me gustó el imaginario cinismo cripto-argentino del moro y la reencarnación de Stevenson pagando con monedas, como si fuera un huérfano de Dickens. Por cierto señor Yupi, lo he rastreado infructuosamente por todos los universos del correo electrónico y no he logrado dar con su paradero. Me congratulo de haberlo hallado tomando una copa virtual en este boliche y le solicito humildemente se ponga en contacto conmigo a este mismo sitio desde donde le escribo. Abrazo! Necro

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