Inmortalidad Express

Diario mediterráneo

Lunes

La crítica literaria es un estudio por el cual la gente se vuelve importante y formidable a un costo muy pequeño. El poder de la invención ha sido conferido a unos pocos, y la fatiga de aprender los conocimientos que pueden ser obtenidos por el trabajo es demasiado grande para soportarla voluntariamente; sin embargo, cada ciudadano es libre de emitir un juicio sobre las obras de los demás, y aquellos a quienes la naturaleza los ha hecho débiles, y el ocio los mantiene ignorantes, aún pueden alimentar su vanidad con el nombre de críticos. (Idler)

Yupi.los-andes-arboles

La augusta demolición que acabo de traducir arriba no sólo fue hecha por un crítico sino por uno de los críticos más famosos de todos los tiempos, Samuel Johnson, hombre sincero y de mal genio, un ave exótica en el amable mundo literario. Macaulay, en el brillante artículo sobre Johnson para la undécima edición de la Enciclopedia Británica, observa que sus obras ya no son leídas y que aun en los círculos literarios ingleses nadie recuerda una frase del Rambler ni del Idler. Se nota que el doctor no podía leerlo. Cuando el actor Foote, famoso por sus salvajes imitaciones de hombres públicos, amenazó con satirizarlo en el escenario, los lexicógrafos más cristianos le insinuaron que si hacía tal cosa Johnson sería capaz de infringir los pecados capitales y azotarlo en la calle. Me pregunto qué fulminaciones contra Macaulay (y contra mí, ya que estoy) se le ocurrirían al Dr. si se viera citado tres siglos después en un blog argentino.

Lunes, más tarde

La entrada anterior deja una impresión bastante sesgada del protagonista y del tema. Voy a intentar una traducción de la traducción. La crítica, aunque a menudo puede interesar a los lectores, rara vez le preocupa mucho al propio artista, salvo que sea muy pequeño. Toda la historia de la crítica ha sido un triunfo de los autores sobre los críticos. No hablo de esos críticos que pueden ser pacificados con cerveza y una cena, sino de los más agudos y letales. Johnson y sus ataques a Milton; Hazlitt y su aniquilación de Lord Byron; la Edinburgh Review y su pase a cuchillo de todos los escritores británicos del siglo XIX, Wordsworth incluido. Por lo demás, el lado destructivo de la crítica siempre es un asunto puramente subsidiario. Ninguno de los grandes críticos ha sido una persona de mente destructiva, sino para destacar lo mejor. Es un movimiento reflejo del pensamiento mismo. El pensamiento, cada vez que destruye, lo hace sólo para reconstruir el universo hasta el último átomo en la imaginación del pensador.

Martes

Las obras de Shakespeare. ¿De dónde las sacó? ¿Cómo demonios se escribieron? ¿Dónde, cuándo y cómo el escritor realizó sus múltiples aprendizajes? Conozco marineros que después de leer La Tempestad aseguran que su autor debió haber estado al menos un año en alta mar. Realmente Shakespeare parece colmar nuestra imaginación. De su biografía no se sabe nada. Por no saber no sabemos ni cómo se llamaba, Shakespeare, Shakespere o Shakspeare. De la persona nos quedan tres epítetos dichos por dos actores de su compañía: “amistoso”, “dulce” y “gentil”. Su testamento, un documento muy elaborado, no contiene una sola referencia a su vida literaria o su obra. Sólo sabemos que a su esposa, Anne Hathaway, le dejó en herencia la segunda mejor cama. ¿Por qué? ¿Y qué pasó con la primera? La interpretación de esta cláusula ha resultado un quebradero de cabeza para especialistas de todas las épocas, que no aciertan con una explicación final. En mi modesto entender al menos prueba la lucidez y la economía de Shakespeare. Según Malone, de las 6043 líneas de Enrique VI, 1771 fueron escritas por algún autor anterior a Shakespeare; 2373 fueron modificadas por Shakespeare sobre un texto de sus predecesores; y 1899 son totalmente suyas. En resumen, la segunda mejor cama. No puedo describir mi admiración por este hombre. Shakespeare es el único biógrafo de Shakespeare, y aun él mismo no puede agregar nada más a lo que de Shakespeare hay en nosotros.

Miércoles

La negociación del editor Kurt Wolff con Karl Kraus en los años 20. Para seducirlo, Wolff le aseguró que fundaría una editorial sólo para sus libros, con un solo autor en el catálogo. Una solución extraordinaria. ¿No debería ser siempre así? Concedo que a nadie le molestaría estar junto a Homero, o Dante, o Shakespeare, pero no bien descendemos un par de peldaños empiezan las vacilaciones y los disgustos. Los artistas son una raza solitaria. Este recelo no es mera vanidad sino un fuerte sentido de cómo deberían hacerse las cosas, en cualquier arte. También en esto Kafka fue el artista por excelencia. Sus tres hermanas: Auschwitz. Grete Bloch: Auschwitz. Julie Wohryzek: Auschwitz. Milena Jesenská: Ravensbrük. A estas pérdidas debe agregarse la disolución del Imperio austrohúngaro y la reconversión de Checoslovaquia en un estado comunista. Si Kafka hubiera sobrevivido a la tuberculosis y a la Segunda Guerra Mundial habría despertado en un mundo totalmente desconocido para él. Un mundo kafkiano.

Jueves

Vingt minutes de silence de Hélène Bessette. Cuando los novelistas hablan del placer de escribir por lo general se refieren al placer de entregar una parte de sus fantasías al lector. Rara vez piensan en el placer de ver que las “a” y las “g” crecen bellamente formadas debajo de su lapicera, ni en el sonido que producen sus pensamientos. En este sentido, escribir significa escribir como Hélène Bessette. ¿Llegó demasiado temprano o demasiado tarde? ¿Qué hacía en este mundo? El misterio Bessette sigue intacto como el primer día. Mejor dicho, sigue fuera del tiempo. Sus novelas podrían haber sido escritas hace cien años, o dentro de diez. Anticipan al nouveau roman y lo dejan atrás. Su primer libro provocó dos opiniones famosas. Duras: “La literatura viva, para mí, es Hélène Bessette”; Queneau: “¡Por fin algo nuevo!”. Pero la pequeña institutriz (1,50 cm) no quería ser simpática. Una Mallarmé esquizo, dijo alguien. Sabía que era superior a Sollers, de quien se reía abiertamente, y que no era inferior a Duras, por citar dos nombres conocidos, pero sus libros promediaban los 200 ejemplares vendidos. Todas las locuras son desinteresadas, y por consiguiente, ruinosas. Un tipo de literatura como la suya necesitaba el soporte del grupo, al menos de una revista. Orgullosa hasta el delirio, Bessette quería imponerse sola y nada menos que en París, la capital mundial del cenáculo. La propia Virginia Woolf le inspiraba el mayor de los desprecios por haberse refugiado en el grupo de Bloomsbury. En la Argentina tenemos el caso parecido de Lamborghini. Uno se pregunta cómo podía imaginar, sin una red social bien establecida, que viviría de novelas escritas contra el éxito comercial. “No me gusta trabajar para los Gallimard, cuyo interés es el bienestar de los Gallimard del año dos mil”, decía, conclusión lógica pero que no parecía atinado comunicársela a Gallimard en persona. También: “La literatura, a diferencia de la pintura o la música, siempre llega 50 años tarde”. Exactamente. Aquí puede introducirse un llamado a los editores criollos. Se la pasan todo el día paveando con Barthes y Lacan. ¿Por qué no probar con Bessette?

Viernes

Supongamos que Andrew Lang hubiera tenido acceso a los textos de Borges en el momento de su publicación. Digamos, “Las traducciones homéricas”. Provisto de un lápiz rojo, al correr de la lectura podría haber anotado, muy divertido, juicios como: “¿Ah sí?”; “Mirá vos”; o incluso “¡Qué coraje!”. La sola idea de que alguien opine sobre las traducciones de Homero sin saber nada de griego, ni antiguo ni moderno, parece el colmo de la imprudencia. Pero eso mismo había hecho Pope, que tampoco sabía mucho griego. La solución de ambos es idéntica. Tratan el texto como una máquina artificial, una máquina poética. Como acotación paralela vale recordar que Ben Jonson dijo de Shakespeare que tenía “poco latín y menos griego”. Esto es tan irrelevante como decir que los Beatles tenían “poca música clásica y menos medieval”.

Sábado

Torneo de waterpolo en el club. Apenas llego me informan que estoy anotado en un equipo. Es decir, la muchachada me dio por supuesto, como si fuera uno más de la juventud rampante. Esta noticia, que debería halagarme, me deprime al grado 3 de Giordano, casi a las puertas de la misma depresión. Veo pasar el carro fúnebre de la elegía conmigo en el pescante, ataviado con un gorrito rojo. Otra vez paso por el trance de tragar aire desesperadamente al borde la pileta mientras todos siguen jugando como si nada. ¡No tengo 20 años! Para mayor bochorno, los equipos son mixtos. Las chicas deben de pensar: “Pobre viejo, tenemos que dejarle meter un gol”. Mientras yo vuelvo estilo perrito ellas recuperaron la pelota y están al otro lado de la pileta, cincuenta metros más allá. Me consuelo pensando que la antigüedad tiene la gracia de la novedad, ya que las viejas modas revividas se confunden con las nuevas, y una cierta singularidad del estilo es un alivio agradable a la monotonía lisa e insípida de estos mocosos.

Domingo

Al alba. Poner en marcha algo es lo máximo que una persona puede hacer en este mundo. A dónde irá ese comienzo, y qué tipo de materia arrastrará conforme vaya, nadie puede saberlo.

Foto: Gabriela Ventureira

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