Bitácora de la hija de Neptuno (201)

por Flavia de la Fuente

24 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 23 grados. Temperatura del aire: 21 grados. Sol. Viento: SSO 27 km. Olas: 0,9 m. Marea subiendo. Tiempo de natación: 17′

 

Otra natación épica.

Y más épica aún porque Q estaba muy cansado.

Así que el plan era un baño, una natación breve y meditativa.

Oladecalor3

El mar estaba muy crecido y soplaba el sudoeste.

No es mi escenario favorito.

No me gusta tener que atravesar caminando muchas rompientes.

Que me golpeen las olas.

Que me arrastren las aguas y tener que luchar para seguir firme mi camino.

Porque en días así no se puede nadar en la orilla.

El agua te arrastra con mucha fuerza hacia el Norte, donde está el muelle.

Y es peligroso.

Y si uno, para sortear ese problema, se mete al Norte del muelle, sale de nadar cinco minutos a 3 kilómetros de casa.

Y hay que volver con el frío y el viento en contra.

Está bueno también.

Yo antes volvía caminando rápido por los médanos.

Pero no era un buen plan para hoy, un día de descanso.

Así que en caso de sudestadas, el plan menos sufrido es zambullirme lo más lejos posible al Sur del muelle.

Yo, en general, lo hago en el Atlántico, un balneario que está a 800 metros del muelle.

Y siempre me quedo con las ganas de nadar.

A no ser que siga de largo y haga lo que conté más arriba.

Hoy el guardavidas del Riazor, que trabaja medio año acá y el resto en Mallorca, nos aconsejó que nos metiéramos en el Santa Ana, un balneario antes del Atlántico.

Su consejo fue muy justo.

Preciso.

Nos indicó que nadáramos con fuerza hacia adentro.

«Nada de juguetear antes de la rompiente», nos advirtió.

«Después, todo será muy fácil», agregó.

A mí me cuesta mucho entrar al mar en esas condiciones.

Porque soy muy petisa, enseguida no hago pie y, para colmo, tengo poca fuerza.

Por suerte, Quintín es alto y fuerte y me sostiene de la mano hasta que él no puede más y ahí nos largamos a nadar.

Así que juntos atravesamos con mucha dificultad las rompientes.

Creo que es lo que más me cansa.

Cuando la canaleta se hizo profunda, nos zambullimos debajo de un par de olas grandes y braceamos mar adentro.

Ya estábamos a merced de los caprichos de Neptuno.

El dilema era cuánto nadar hacia adentro.

Porque después hay que volver, y soplaba el viento del Oeste, que a veces complica la salida.

Es difícil calcular desde tan lejos si uno ya pasó o no el muelle.

Pero, por suerte, mientras uno cree que nada hacia adentro, en realidad, lo hace en diagonal.

Cuando hay corrientes tremendas como la de hoy.

Así que en poco tiempo estábamos pasando el muelle.

Y bien lejos.

No corrimos ningún riesgo de chocarnos con el espigón.

Nadamos con serenidad para no cansarnos, en un mar movido.

Pero con el viento a favor es muy agradable.

Aunque no tan divertido.

Yo prefiero nadar en contra.

Las olas me hacen pelear y reír a la vez.

Pasamos el muelle y decidimos salir en diagonal a la costa.

Queríamos alejarnos lo menos posible de nuestro balneario.

Pero, de nuevo, nadamos derecho, pero salimos a quinientos metros del muelle.

Para salir nadé rápido.

Y después volvimos con el viento en contra.

El plan era darse un chapuzón.

Pero resultó una aventura bastante cansadora.

Quintín estaba apachuchado y cansado antes de ir.

Ahora floreció.

Mira sonriente los partidos de la liga inglesa, francesa o turca.

Mientras come dátiles, cerezas, chocolate y Gatorade.

Solo hacía falta regarlo con agua marina.

Hasta la próxima.

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