Venezuela y los intelectuales argentinos

por Pablo Anadón

Uno. Han subyugado a su antojo el Poder Judicial, han anulado el Poder Legislativo cuando perdieron la mayoría en él, han amordazado a la prensa opositora, han fundado y sostenido su poder en el Ejército y en las fuerzas policiales y parapoliciales ― pero no, nuestros ilustres intelectuales han decidido que no es una dictadura (y que todas esas medidas son culpa del imperialismo norteamericano)

Dos. Llama la atención que nadie, entre los intelectuales argentinos bolivarianos, se pregunte por qué los intelectuales de Venezuela, tanto los exiliados como los que viven en el país, están mayoritariamente en contra del régimen chavista.

Tres. Estar en contra de la dictadura de Maduro, ¿implica estar a favor de la política exterior norteamericana? No. Sólo en la mente de nuestros intelectuales puede caber semejante equivalencia.

Cuatro. Ahora bien, es posible, con todo, hacerse la siguiente pregunta: ¿Son una colonia norteamericana Alemania, Inglaterra, Francia, Italia, Austria, Suecia y los demás países europeos que aceptaron el Plan Marshall, que les permitió reconstruir sus países sobre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial? Todo parece indicar que en esas “colonias” los ciudadanos pueden vivir prósperamente, decir lo que piensan y elegir libremente sus representantes, lo que no parece ocurrir en la independentísima Venezuela. Que Estados Unidos tiene interés en el petróleo de Venezuela, es evidente; el mismo interés, también evidentemente, que tienen en el petróleo venezolano Rusia y China. ¿No es factible imaginar una Venezuela democrática que comercie su petróleo con Estados Unidos, con Rusia, con China y con el país que más le convenga, sin dejar de ser democrático? No veo por qué no podría ser así.

Cinco. El modelo de los experimentos populistas latinoamericanos es el régimen de gobierno que lideró Perón. Que un peronista apoye a Maduro, hasta cierto punto, puede ser comprensible. Ahora, que lo apoye un intelectual de izquierda, es absurdo, como ya lo fue que un amplio sector de la izquierda argentina se hiciera peronista ―como reconoció José Pablo Feinmann― porque “la masa era peronista”.

Seis. Razonan de modo parecido a como razonaban y razonan los peronistas: “Ah, pero antes de Perón…”, “Ah, pero antes de Chávez en Venezuela…” Bien por las medidas favorables a las clases desposeídas, tanto las de Perón como las de Chávez. Ahora bien, ¿y después? ¿Y, sobre todo, a qué costo? Se parecen, también en esto, a los nostálgicos del comunismo, del fascismo, del franquismo, y no es de extrañar, porque tienen en común una misma cualidad: son antidemocráticos.

Siete. No deja de tener su extraña gracia esto de ver al singular “progresismo” intelectual argentino aplaudir los “gestos” hacia el chavismo, entre otros populismos latinoamericanos, de un hombre de la fascistoide Guardia de Hierro, a un Sumo Pontífice de la Iglesia Católica Apostólica Romana… (No se trata aquí de religión, que merece pleno respeto, sino de política). O, en efecto, todos los caminos conducen a Roma, o la desorientación es grande. De todos modos, no debemos quejarnos, no es justo: ahora el mundo entero tiene el Papa que los argentinos nos merecemos.

Ocho. Aquí, cuando hubo un muerto en circunstancias dudosas, circunstancias y dudas que luego medio centenar de peritos forenses aclararon, pedían la caída del gobierno. Allá, los muertos ya se cuentan por centenas, pero ellos, los paladines de la justicia y la solidaridad, no se solidarizan con las víctimas ni piden que se les haga justicia: no, apoyan a los victimarios. ¿La razón? La misma razón de estado por la que hace no muchos años Jean-Paul Sartre hacía el ojo bizco a los “gulags” soviéticos y se juzgaba traidor a Albert Camus por denunciarlos.

Nueve. No se puede estar en contra de las instituciones democráticas y a la vez reivindicarlas a la hora de defender un régimen del que se está a favor. Es como aplaudir a una dictadura, de militares o del proletariado, y luego abuchear a quienes, hartos de ella, empobrecidos y oprimidos durante años, quieren hacerla caer, y ni siquiera con los mismos medios con que esa dictadura tomó el poder (en los orígenes de todo movimiento que termina en dictadura hay un golpe de estado, exitoso o fallido, y no es casual tampoco que a menudo sus líderes sean militares), sino con manifestaciones en las calles.

Diez. La coherencia y la sensatez nunca han sido sus fuertes, de modo que ya no asombra, pero no deja de resultar divertido, en medio de tanta penuria, ver a los que se han desvivido desde diciembre del 2015 por voltear a un gobierno democrático en la Argentina, tratando inútilmente de que el pueblo los acompañe, rasgarse ahora las vestiduras, invocando razones propias de esas instituciones democráticas que desprecian, porque el pueblo venezolano pida en las calles que se vaya Maduro y caiga un régimen que de democrático ya no tiene nada.

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