Bitácora de la hija de Neptuno (195)

por Flavia de la Fuente

 

4 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 23 grados. Temperatura del aire: 22 grados. Sol. Viento:SO 5 km. Olas: 0,3 m. Marea bajando. Tiempo de natación: 46′

  

Hoy fui sola a nadar porque Q estaba cansado.

Fui al boliche del muelle donde dejamos las cosas y me fui al mar.

Nena en el mar

El mar seguía azul, pero un poquito menos que ayer.

Y estaba manso.

Y no había viento.

Era el paraíso.

Me acerqué al primer mangrullo al Sur del muelle y el guardavidas, Toto, creo que se llama, me dijo:

“¿Te parece ponerte el traje hoy?”, me inquirió al verme enfundada con agujereado neoprene.

“Sí, tengo frío. Y quiero nadar sin sufrir”, le contesté decidida.

Me preguntó por Quintín y le dije que estaba con mucho trabajo, lo cual era cierto.

Y sin más cháchara, me fui al mar.

Era la estoa.

La pleamar.

Quizás el mar había empezado a bajar.

Pero yo aposté a que todavía podía nadar hacia el Norte, cruzar el muelle, ir hasta el Aguila y volver al muelle.

Así que, con esa idea en mi cabezota, empecé a bracear con suavidad.

Mar ondulado, suave, salado, con algunas aguas vivas.

Mejor imposible.

Nadé hacia adentro y cuando vi que estaba lejos del muelle, doblé hacia el Norte.

En 15 minutos había llegado al Aguila.

Sin hacer ningún esfuerzo, pero noté que cada vez avanzaba más lentamente.

Así que me pareció que podía intentar nadar contra la corriente.

Al principio nadaba en el lugar.

Pero el tiempo pasa.

Y la marea se va imponiendo poco a poco.

Hoy anunciaban corrientes fuertes.

Yo las esperaba braceando en el lugar frente al Aguila.

En un momento dado, veo a lo lejos una aleta.

“Ah, deben ser los franciscanos”, pensé.

Pero mucho no me gustaba verlos tan cerca.

Así que seguí nadando pero más cerca de la orilla.

Para poder salir corriendo.

Si me topaba con algún animalito tête à tête.

Nadé y nadé.

Cada tanto miraba hacia mi izquierda y la aleta seguía.

Lo que me inquietaba es que yo quería volver nadando al lugar de donde había partido.

Y para eso, tenía que nadar en el mar más profundo y volver a cruzar el muelle.

No sé cómo fue, pero en un momento descubrí que la aleta era un bote anaranjado con dos pescadores.

No saben qué felicidad.

Puse primera, segunda y le di con todo hasta llegar de vuelta al mangrullo del bañero rubio.

Salí barrenando, hice un poco la plancha y fui a saludar a Toto y le conté que había nadado 46 minutos.

Y que se podía ir y venir.

El joven me felicitó, me dijo que era una no sé qué, reina, campeona, heroína, sirena, o algo así.

Volví a casa contenta pero no se lo pude contar a nadie.

Mi aventura acuática no les interesaba ni a Solita, Ella y Janis y menos que menos a Q que estaba enfrascado en su nota de fútbol.

Así que hoy le dedico esta bitácora a mi marido y compañero de natación, para que se entere de qué anduve haciendo sola por los mares del Tuyú.

Hasta la próxima.

2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (195)”

  1. GabrielaV Says:

    felicitaciones!!

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, gorda! Hoy venís! Qué alegría!

    Besos

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