Bitácora de la hija de Neptuno (188)

por Flavia de la Fuente

5 de enero

 

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 21 grados. Temperatura del aire: 25 grados. Sol. Viento: NNO 28 km. Olas: 0,5 m. Marea bajando. Tiempo de natación: 20′

 

Mañana agitada, haciendo algunas compras para el cumple de Quintín, que es el lunes.

El pobre anda muy angustiado por la fiesta, o por los años, no lo sé. Creo que es por lo segundo.

soliylasflores

Porque la fiesta le encanta.

Le gusta organizar una comilona y recibir amigos.

Y tomar mucho champán y festejar.

Elegir con cuidado el menú del asado y de los postres.

Hoy fuimos a encargar la torta a la panadería Bonavita.

Antes la traía la mamá de Jorge Bernárdez, pero está muy viejita y ya no puede viajar.

Ya faltó el año pasado. Y los extrañamos.

Yo mañana tengo que hacer la chocotorta anual, exclusiva para el cumple del Osi.

La torta tóxica que le hago cada cumple desde que estamos en San Clemente.

O quizás desde antes.

Pero no es tan fácil.

Todavía no conseguí las Chocolinas.

Ni tampoco el Mendicrim.

Veremos si a la tarde tengo más suerte.

——–

La sorpresa triste del día fue que alguna de las tres bandidas se comieron un yerbera roja y unos crisantemos amarillos.

Quedaron los pétalos en el piso.

Espero que no les gusten.

Porque si no, el nuevo jardín tiene los días contados.

Al menos con lo que está a nivel del suelo.

Pero hoy, para consolarme, compré unos farolitos chinos, un Ginkgo biloba y con Adri armamos una maceta con crasas colgantes, portulacas y clavelinas.

No podía soportar la idea de celebrar el cumple con todas las flores rotas, así que traje refuerzos, que colgarán de las paredes.

Las muy malditas no las van a poder tocar.

Espero que no se coman el árbol, que es el regalo de cumple del Osi. El Ginkgo biloba uno de los árboles más antiguos que existen y proviene del Este Asiático.

Es el árbol de la longevidad.

¡Larga vida al nuevo árbol y al Osi!

Me acabo de enterar también de que es un árbol sagrado que se planta en los templos budistas por su notable resistencia.

No lo sabía. Ahora nuestra sangha tiene el árbol que le corresponde.

Cuando crezca, nos sentaremos a respirar bajo su sombra.

Y supongo que crecerá. Dicen que sobrevivió hasta la bomba de Hiroshima.

Estoy enamorada de mi jardín bebé.

Hasta tiene mariposas anaranjadas y colibríes.

Es un pequeño edén.

Mientras lo riego imagino que veo el césped creciendo a paso raudo.

Me hace muy bien.

Y espero poder disfrutarlo con todos los amigos.

Es encantador ver cómo va creciendo cada plantita nueva.

Ayer, por ejemplo, se llenó de flores el jazmín celeste que traje hace un mes.

Me emociona, porque lo cuidé mucho y se lo ve esplendoroso.

Lo que tengo que hacer ahora es agregar más lajas sobre la arena.

Porque las perras muy traviesas siguen haciendo pozos asesinos.

Así que haré como un patio con lajas sueltas, donde espero que crezca el pasto entre las piedras.

Como ven, todo se va complicando.

Este brote jardinero creo que me lo ocasionó Monty Don, el famoso jardinero inglés de quien soy fan absoluta.

Vi dos temporadas de una serie que se llama Small Places, Big Dreams. Monty me acompañó durante días difíciles, y ver los jardines que la gente se construía con su ayuda me daba sosiego.

Y me inspiraron a volver a la jardinería, que tenía abandonada hace 10 años, desde que Solita destruyó en un mes todo el jardín, cuando tenía menos de un año.

Aunque debo reconocer que yo soy una vagoneta.

Solo me gusta regar, contemplar y comprar plantas.

Eso de revolver la tierra y podar no es lo mío.

Pero por suerte siempre viene mi amiga Cristina que es la reina de los jardines y sabe todo lo que hay que hacer.

Y, para colmo de vienes, conocí a Karen, una jardinera de 24 años, que es un amor y le encanta venir a trabajar en el jardín. Ama desmalezar, cortar el césped, colocar las lajas. Fue un maravilloso milagro de navideño.

————–

Pero vayamos a la natación de hoy.

Andábamos angustiados y muy atareados con las compras.

En el pueblo hacía mucho calor y pegaba el sol del mediodía.

Ni el viento del Noroeste ni el sol radiante nos invitaban al mar.

El recuerdo del frío del agua de ayer nos tenía intimidados.

“Pero aunque sea vayamos a mojarnos 5 minutos”, sugería yo, voluntarista.

“Bueno”, me decía el Osi nervioso mientras miraba una serie italiana, Comisario Montalbano.

Finalmente, nos armamos de coraje y fuimos al mar.

Como esperábamos bañarnos en el Ártico, creímos que el agua no estaba tan fría.

Nos metimos al Norte del muelle.

Lo hicimos de a poco, con mucha cautela, chequeando la temperatura del mar.

Finalmente, nos zambullimos.

En dos minutos lo cruzamos el muelle y al rato el Osi me dijo: “Vayamos hasta el Fontainebleau”.

“Pero ya si estamos en el Fontainebleau”, le respondí.

“Entonces, sigamos hasta el Edén, la corriente es muy fuerte”, me respondió.

Así que nadamos contentos en el agua que creíamos no fría.

Yo disfruté mucho de los movimientos de los brazos.

Traté de no apurarme.

De deleitarme con el contacto con el agua y el ejercicio suave como una danza.

Cuando llegamos al Edén, decidimos salir.

Y como siempre nadé rápido hasta la costa. Y Quintín hizo lo mismo.

Habíamos nadado 20 minutos.

Ni bien me paré, sentí frío porque teníamos un viento en contra considerable.

Pensé que eso hacía que camináramos con menos brío que otras veces.

Yo me sentía pesada.

Pero creía que era porque el viento parecía una pared que tenía que empujar para avanzar.

Y al rato, un poco mareada.

Por las dudas, dejé de hablar. Quizás esté hiperventilada, pensé.

Seguí caminando y respirando cada mil pasos.

Y me olvidé del mareo.

Ni bien llegamos a casa, me tiré a calentarme cinco minutos al sol.

Me di una ducha y me sentí muy cansada.

Demasiado sedada, como el día que nadamos con Guille y Gonzalo.

“Debe ser que el agua sigue fría”, pensé.

Me tomé dos tazas de té oolong, una Gatorade, comí dátiles, higos, queso, arándanos, nueces y sigo drogada por las aguas.

Y a Quintín le pasó lo mismo.

Quedó muerto de cansancio.

Pero lo cierto es que las penas cumpleañeras quedaron en el olvido.

No sentimos nada de nada.

Una ligera hipotermia tiene sus ventajas.

Las aguas benditas siempre cumplen.

Hasta la próxima.

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