La toma de las universidades

(A propósito de la toma del Pabellón Argentina de la Universidad Nacional de Córdoba)

por Pablo Anadón

Tal vez me equivoque, pero me temo que en la idea misma de toma de una escuela, de una Facultad, de una Universidad, hay un error, por así decir, tanto conceptual como práctico. Veamos. Es, antes que nada, un término militar: un ejército toma un territorio, una ciudad, etc. El acto de la toma implica una violencia, justamente de naturaleza bélica: se desaloja y excluye por la fuerza a otros de ese lugar. Tal espacio es visto, por lo tanto, para la ocasión al menos, como un espacio ajeno, enemigo, del cual se toma posesión: a nadie se le ocurriría invadir y tomar la propia casa, por ejemplo. Si los que toman una escuela, una Facultad, una Universidad, son los propios estudiantes, los propios profesores, como suele ocurrir, hace pensar que esos estudiantes y profesores sienten como ajeno, e incluso enemigo, a su lugar de estudio o de trabajo, cosa tan absurda como ocupar por la fuerza el hogar donde se vive o el propio almacén, con la diferencia, que vuelve más absurdo y abusivo el acto, de que ese espacio de trabajo que se toma no es privado, sino público. Puede aducirse, lógicamente, que es un gesto, una manifestación de protesta. Bien, lo será, sin duda, pero es un gesto poco feliz, errado, por varios motivos.

Primero y principal, porque se están transgrediendo las leyes de la comunidad de la que los ocupantes forman parte: se tiende a menospreciar este hecho, por una cierta condescendencia hacia los jóvenes (y porque estos jóvenes cuentan con el amparo de su procedencia de clase, mayoritariamente media), cuando ya debería bastar, en cualquier estado de derecho, para impugnar una acción de tal naturaleza. Segundo, porque al hacerlo, quienes cumplen la toma se comportan como si no pertenecieran a la institución tomada por asalto, sino que, como decía, fueran intrusos, invasores. Luego, porque no sólo desde el punto de vista cívico es una actitud errada, sino también desde una perspectiva ética: en efecto, que un grupo reducido de estudiantes y/o profesores decida ocupar un espacio público, de estudio y de trabajo, que es compartido con muchos otros estudiantes y profesores, demuestra una notable soberbia y prepotencia: se arrogan el derecho de representar a todos sus pares, quienes no necesariamente concuerdan con tal decisión y representación (que pueda decidirse en asambleas, más allá de la escasa transparencia democrática que éstas suelen tener habitualmente, no justifica el hecho: decidir en asamblea la comisión de un acto delictivo, no le otorga legalidad, por cierto, y por el mismo carácter avasallante que posee la toma tampoco contempla el derecho de las minorías, como en cualquier democracia que se precie). En cuarto término, aunque una semana, dos semanas, un mes o más de suspensión de actividades docentes parecieran ―parecieran― no influir demasiado en la enseñanza y el aprendizaje, y tal suspensión por otra parte no trae como consecuencia descuentos en los sueldos de los profesores (privilegio con que no cuentan los maestros de primaria ni los profesores de secundaria), de hecho sí ocasiona serios daños: se interrumpe la continuidad de los estudios; se perjudican investigaciones en curso; se pierden fechas de evaluaciones e incluso turnos de exámenes; los estudiantes que trabajan para sostener sus estudios se ven obligados a prolongar su período de cursado y por lo tanto de esos trabajos “instrumentales”, mientras que los padres que mantienen el estudio de sus hijos (y cuando son del interior, pagan los alquileres y su manutención), pierden ese dinero; los bares y comedores concesionados por la universidad ven seriamente afectados sus ingresos durante todo ese lapso, etc. Quinto, hay algo o mucho de contradictorio en esto de hacer una toma para defender a la universidad, perjudicando a la universidad: la pérdida de clases, las constantes huelgas, las tomas, son una de las razones principales por las que algunos padres, aun haciendo sacrificios, deciden al fin costear las carreras de los hijos en universidades privadas, y perjudica asimismo, claro, el prestigio de las universidades públicas. Por último, me parece que la toma como instrumento de presión evidencia una cierta actitud inmadura, una especie de rebelión contra la autoridad, que se revierte en autolesión y lesión del medio en que se está. Es, para volver a la metáfora mencionada, como si en una familia alguno de los hijos se enojara con los padres, con razón o sin ella, y tomara la casa, impidiendo que entren los “viejos” y, de paso, sus hermanos. Una “casa de altos estudios” reúne las voluntades, los intereses, las ideologías, las preferencias partidarias de muchas personas: que unos pocos hagan prevalecer su voluntad, sus intereses, su ideología y sus preferencias sobre los demás se diría menos una afirmación de la autonomía universitaria que de una caprichosa forma de autoritarismo sectorial.

Esto en general. En el caso de la toma del Pabellón Argentina de la Universidad Nacional de Córdoba, que se desarrolla desde hace ya demasiados días, demasiadas semanas, el carácter excesivo de la medida ―ya zanjado el conflicto salarial docente, ya levantadas las tomas de las Facultades de Filosofía y Humanidades, Artes, Psicología, Arquitectura y Urbanismo, etc.― demuestra, además de la impericia táctica de sus responsables (están obteniendo el dudoso logro de ganarse el rechazo unánime de la sociedad), que el origen de la misma excede las razones vinculadas con la educación y la universidad pública, las cuales, a pesar de la crisis económica presente, es claro que no corren riesgo alguno: evidencian un carácter políticamente faccioso, ese espíritu faccioso que lleva a sentirse los pocos “iluminados” en un pueblo mayoritariamente ciego ―no olvidemos que Córdoba ha provisto un cuantioso caudal de votos, desde las elecciones del 2015, al partido en el poder―, “lucidez” que los autoriza a llevar adelante un embate cuyo fin no pareciera ser sólo una mejora de la educación superior, ni obtener mayor presupuesto para las universidades, etc., sino contribuir con su granito de arena a la avalancha que busca la caída del gobierno, e incluso, como ha podido leerse en algunas proclamas, provocarla, ilusionándose tal vez con una reedición del movimiento estudiantil del “Cordobazo”: dado que no está ningún Onganía en la presidencia, sino un mandatario elegido por el pueblo, ni puede compararse al actual, seriamente, con un gobierno “de facto”, se trata de un proyecto, un accionar y unas ilusiones manifiestamente antidemocráticas.

Con todo, francamente, aunque la toma en cuestión me parezca irresponsable, no culparía a estos jóvenes, quienes se sienten los heroicos herederos de aquellas gestas, sino a los profesores de Historia Argentina que han tenido en el nivel medio y a los docentes de la universidad que alientan ideales revolucionarios en tiempos en los que sería más necesario alentar el apuntalamiento de nuestra inestable república. El “Pliego de reivindicaciones” presentado por los estudiantes, por otra parte, contiene algunas de verdad atendibles, pero que perfectamente podrían ser elevadas y tratadas a través de los Centros de Estudiantes y los Consejos de Facultad, sin necesidad de recurrir a una medida extrema como la ocupación.

La actitud de las autoridades de la Universidad Nacional de Córdoba, evitando recurrir al desalojo por la fuerza policial, me parece acertada, sin embargo, aunque haya recibido innumerables críticas, dado que se trata de una provocación que busca originar una respuesta de ese tipo: lejos del Cordobazo, lejos de la Reforma de 1918, que parecieran ser los modelos de esta juventud atolondrada, la presente toma ostenta tal ingenuidad política y tal debilidad ideológica, que se aproxima más a una travesura colegial que a una rebelión universitaria, y por lo tanto merecería menos una intervención policial que sanciones de tipo académico, al estilo de las amonestaciones en las escuelas secundarias.

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