Retorno a Moscú

Libros para el Mundial: Rusia de Robert Byron

por Yupi

Aunque me exprimiera el cerebro durante mil años encontraría un buen motivo para conocer a un escritor, excepto por trabajo. Cuando alguien me confía su deseo de conocer a tal o cual artista caigo en un estado entre la impaciencia y el desánimo, porque sé que mis objeciones serán inútiles. Peor aún: serán un incentivo extra. No hay forma humana de hacerle entender a nadie que un escritor admirado es admirable por escrito, no en persona, y que por esa razón se hizo escritor. Para llegar a serlo tuvo que mantener algún desajuste radical con el mundo. Como mínimo, estar loco. En efecto, ¿a quién se le ocurre encerrarse a escribir en vez de vivir directamente? Por la misma regla puede decirse que un escritor no debe conocer los países extranjeros que le interesan. Fechar, comprobar, inventariar, son actividades ajenas a la literatura. Sólo unos pocos autores logran conciliar los opuestos. De los que viven y escriben al mismo tiempo sin aburrir al lector mi favorito es Robert Byron, el aristócrata proletario.

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Egresado de Eton y de Oxford, pero proveniente de una familia sin muchos recursos, Byron tuvo la doble suerte de recibir la mejor educación posible y estar obligado a ganarse la vida. Esto último es rarísimo entre los exalumnos de los grandes colegios británicos, que tienden a disipar su talento tras la protección de los privilegios. Fue el caso de Harold Acton, árbitro y revolucionario de la vida universitaria en su primera juventud, consumido lentamente en una deriva de fauno diletante, como lo retrata Evelyn Waugh en Retorno a Brideshead, una dura recreación de la vida en los colegios públicos de principios de siglo XX. Se diría que Byron sintetizó las contradicciones de ese mundo, cierta mezcla de disciplina protestante y locura anarquista para analizar y debatir cualquier clase de ideas, por disparatadas que parezcan. Y las ideas en aquellos años tenían un solo destino final: la Unión de Repúblicas Socialistas.

Byron emprendió el camino hacia el Este en el invierno de 1932, es decir, quince años después de la revolución, a ocho de la muerte de Lenin y sólo tres de la coronación de Stalin como líder indiscutible del comunismo, que entonces se llamaba bolchevismo. La historia estaba demasiado cerca, sin embargo el autor parece verla con distancia de arqueólogo. Por ejemplo: “La palabra bolchevismo representa no sólo un sistema económico sino un modo especial de pensamiento inherente a la especie rusa. En ella está el ancestral egoísmo cósmico nacional que demanda una regeneración de las masas más que del individuo, y que le lleva a interiorizar su disposición al sacrificio”. Ancestral egoísmo cósmico nacional… ¡en 1932! O esta lúcida definición del arte ruso: “Rusia siempre ha pedido prestada la gramática de un idioma extranjero y la ha colocado en la raíz de un lenguaje completamente suyo”. O estos carteles a la entrada de cada sala de una exposición de pintura francesa para instruir a los visitantes:

Monet. Edad de transición del Capitalismo al Imperialismo.

Cézanne. Edad del período previo al Imperialismo. Muestra de la burguesía industrial.

Van Gogh. Muestra de la pequeña burguesía.

Matisse. Edad del Imperialismo distorsionado.

Gauguin. Muestra de los rentistas.

No quiero multiplicar las citas. Me limito a recomendar el libro y señalar la extraordinaria lucidez de Byron para ver el futuro en el presente. Medio siglo después de su viaje, en los últimos estertores de la vieja URSS, yo pasé por esas mismas ciudades (Leningrado, Moscú, Kiev) y apenas si pude adivinar lo que él había captado enteramente en el momento mismo de los acontecimientos. El miedo, el fanatismo, la miseria, el espionaje, la persecución. También la complicidad de buena parte de los intelectuales ingleses, tratada con típico humor un poco a lo Chesterton: “Lo único bueno del triunfo del bolchevismo en Inglaterra sería la aniquilación inmediata de esos miserables hipócritas, de esos bastardos de cómodos ingresos”.

Se ha dicho con razón que conocer Rusia es de alguna forma volver a Rusia, tan presente está su cultura en el imaginario popular. Esto lejos de ser una ventaja es el mayor problema para el viajero con algún interés en el asunto. Para dar una idea: no hay nada en Europa que pueda compararse en grandeza a la Plaza Roja de Moscú. Nada. Ni el Coliseo, ni la Acrópolis, ni muchos menos el modestísimo Arco de Triunfo parisino. Por supuesto, los rusos son muy conscientes del fenómeno y hacen todo lo posible para que el extranjero vuelva a su casa sin ver prácticamente nada más. Byron detectó esos signos como ningún otro autor, al menos no con tanto encanto. Fue un improvisador brillante y muchas veces clarividente. Su obra maestra sin duda es Viaje a Oxiana, pero vale la pena leer su librito ruso como introducción al Mundial de fútbol. Ya que no sabemos hacia dónde vamos con la selección argentina –probablemente hacia un enorme manicomio– por lo menos vayamos en compañía de un buen escritor.

Foto: Gabriela Ventureira

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