Bitácora de la hija de Neptuno (176)

por Flavia de la Fuente

1 de abril
Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 20 grados. Temperatura del aire: 20 grados. Viento: SE 31 km. Olas: 0.9 m. Marea bajando. Tiempo de natación: 20′

Hoy amanecí con mucha pereza.
Demasiada.
No tenía angustia ni nada raro.
Solo que apenas me podía mover.
Me daba placer estar quieta, estática.
Pero eso no está bueno.
Me sentía de 90 años.
Una señora serena y sedentaria.
Que solo quería sentarse y tomar el té.

conSolienlasdunas


Para ver si las endorfinas me ayudaban,
fui a despertar a Ella y a Janis.
Las perras siempre me llenan de vida.
Pero las malditas perras estaban igual que yo.
No se querían mover de la cama.
Me miraban con cara de carnero degollado,
imploraban mimos.
Finalmente, cansada de tanto acariciarlas,
las mandé al jardín.
No sé qué habrán hecho.
Seguramente, nada.
Salieron, hicieron pis,
y cuando vieron que yo no estaba más en su casa,
volvieron a su puesto de lucha en la cama.
A espiar el mundo desde su colchón mullido.
Mis dos oblomovas son encantadoras.
Son unas gordas amorosas.

Entré a casa y Quintín me llamó asustado.
Se había cortado un dedo.
No sé por qué se había arrancado una uña.
Así que le sangraba.
Le puse agua oxigenada con una gasa.
En fin, le vendé la herida y se quedó más tranquilo.

Repuestos del incidente,
preparamos el desayuno.
Todo lo hacíamos con una lentitud extrema.
Yo llevaba las tazas, las cucharitas.
Quintín rallaba el tomate.
Finalmente, logramos tomar nuestro desayuno catalán,
que siempre resulta vigorizante.

Pero ni el aceite de oliva amargo, ni el tomate y la sal.
Ni las dos tazas de té cargado lograron despabilarme.

Levanté todo de la mesa y
me fui con Solita a la playa.
Era un día de viento SE.
No demasiado fuerte.
Pero cualquier cosa era un impedimento para mi movilidad.
Quise caminar por los médanos.
Pero solo conseguí gatear unos metros.
Todo me parecía una misión imposible.
Así que me senté a mirar el mar con la perra.
Eso me gustó.
Estar quieta, respirando y mirando la luz en el mar me encanta.
Me gusta la vista desde el médano.
Ver las siluetas lejanas de la gente y los perros en la orilla.
Respiro y miro.
Me puedo quedar horas así.
Y Solita también.
Aunque no creo que sea muy sano.
Para ninguna de las dos.
Pero hoy yo no podía hacer otra cosa.
Después de todo,
celebrar la Pascua con Soli sentadas frente al mar y tomando sol no está nada mal.

A la media hora, me dio mucha culpa.
Culpa por la perra, no por mí.
Y decidí caminar un poco con mi Soli.
No saben el esfuerzo que hice.
Tampoco crean que caminamos demasiado.
Habremos recorrido unos 800 metros.
En un momento, exhausta, volví a sentir el llamado del médano.
Y allí fuimos.
A sentarnos otra vez.
A hacer lo mismo.
Nada de nada.
A meditar si nadar o no nadar.
A descansar.
No estaba en mis planes de hoy mojar un solo dedo.
El mar estaba picado.
Tormentoso.
Había un viento molesto de 30 km por hora.
Ni loca me iba a bañar.
La Pascua sería mi día de descanso.
Seguí así, deleitándome con el pensamiento de cuánto no me movería hoy.
Y, poco a poco, gracias al sol que me calentaba la cara,
o no sé bien por qué,
me vinieron ganas de ir a darme un bañito en el mar.
Quizás necesitaba un despertar.
Y el agua fría ayuda.
Entusiasmada, me puse de pie y volví lentamente a casa.

Soli también estaba cansada.
Ni bien llegó, se ovilló debajo de mi escritorio.
Y el Osi ni les cuento.
Me dijo que estaba agotado de bajar películas de Garrel de la Internet.
Lo invité a ir al mar,
pero prefirió quedarse, por temor de la herida.

Así que fui sola.
Ya solo ponerme mi traje de triatlón me animó.
Recuerdo el momento y se me dibuja una sonrisa en la cara.
Salí de casa y fui caminando con un poco más de brío.
Pero me daría un baño corto.
Y prestaría mucha atención.

Tenía un poco de miedo.
Porque hoy iba a ser un baño parecido al del equinoccio.
El mar en la pleamar, ya bajando.
Estoa con canaleta en la orilla muy profunda.
Para evitar problemas me metí al Norte del muelle.
Y me prometí que no haría locuras.
Iba a atravesar todas las olas,
hoy había mil rompientes,
y nadaría hacia el Norte.
Y después, volvería nadando hacia el muelle.
Un buen plan.

El agua estaba deliciosa.
Tibia y verde transparente.
Pero muy agresiva, con olas fuertes y espumosas.
Tal como había planeado atravesé todas las rompientes.
Y me puse a nadar hacia el Aguila.
Pero no avanzaba casi nada.
Se ve que el mar ya había empezado a bajar.
Esa era mi idea.
Porque si me iba lejos, tenía que volver con viento en contra.
Y un viento fresco, que no es nada agradable.
Así que nadé casi en el lugar,
jugando con olas inesperadas, porque hoy el mar era un parque de diversiones.
Al cabo de diez minutos pensé que debía volver.
Nadé en diagonal, casi en paralelo a la orilla.
Era tan placentero.
Prestar atención a las olas.
Esquivarlas.
No tenía ganas de salir.
No sentía frío.
Ni cansancio.
Pero cuando estaba cerca de la orilla,
noté que el mar me llevaba hacia el Norte de nuevo.
Así que salí.
No por miedo, sino para no irme demasiado lejos.
Pero me dio una pena tremenda.
No hacía frío afuera.
El agua era una dulzura.
Llena de energía,
volví cantando y caminando con mucho vigor al muelle.

¿A dónde había quedado la ancianita caduca de esta mañana?
No lo sé.
Seguramente la reencuentre dentro de un rato,
o mañana.
Pero es así.
Al menos para los adultos mayores.
Uno se levanta mal,
al rato se siente Superman.
Hay que tener paciencia.
Que todo pasa.
Casi siempre.
Vivimos en la impermanencia.

En casa todos siguen lentos.
Quintín dejó el Bafici y ahora mira la liga inglesa.
Y declara que está mediocre.
Solita también sigue lenta.
Para estimularla, le abrí la puerta del jardín.
Y se quedó sentada en el umbral.
Ni adentro ni afuera.
Inmóvil.
Mirando fijo hacia afuera.
Quedó en estado meditativo.
Ni ladra la muy gritona.
Será acaso el día.
No todos tuvieron el privilegio que tuve yo:
celebrar la Pascua con Neptuno.

Ah! Esta natación se la dedico a mi sobrina Vera,
la cara de LLP,
que hoy cumple 21 años.

Hasta la próxima.

Foto: Gabriela Ventureira

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