Parte del aire

En memoria de René Houseman

por Yupi

Dias atrás, después de enterarme de la muerte de René Houseman, me descubrí leyendo los artículos que comentaban su carrera con los ojos empañados. ¿Cómo puede ser? Hacía años que no pensaba en él y el folklore futbolero blanquiceleste me deja más bien frío. Sin embargo, me entristecí como si hubiera ocurrido una catástrofe inmediata, a la vez íntima y pública. Tan sorprendente resultó esta emoción que voy a tratar de razonarla en su memoria.

houseman

 

En el mundo siempre hay algo a punto de perderse, una melancolía incipiente del final. Muchos poemas –y casi todas las baladas, y todos los tangos– nacen de ese sentimiento de pérdida anticipada. Como cualquier otra manifestación cultural, el fútbol también ofrece sus vislumbres del naufragio. Una de ellas es la paulatina desaparición de los “wines”, personajes imprevisibles, entrañables, fundamentales desde los orígenes del fútbol. Generalmente se distinguían por algún rasgo de habilidad genial, pero ante todo representaban la alegría y la pertenencia a un club. El wing era la divisa feliz de su club. Según mi padre: Félix Loustau y River; Corbatta y Racing; Garrincha y el Botafogo. El último exponente químicamente puro de ese linaje que tuve la felicidad y la inmensa suerte de ver en una cancha fue el Houseman de Huracán entre 1973 y 1976. Fueron tres o cuatro años, no más. Pero definitivos.

¿Qué idea dar de Houseman a quienes no lo vieron jugar? En principio les diría que no tomen mucho en cuenta el repertorio de papeles que él eligió para representarse a sí mismo. Las necrológicas están llenas de “el borracho genial”, “el villero fiel”, “el loco fiestero”, y otras mil difamaciones parecidas. Cuando Houseman jugaba, nunca se nos ocurrió pensar en él en esos términos, por ejemplo: “Ahí gambetea el villero Houseman”. De igual modo, al conocerse su muerte los diarios se lanzaron a una irrefrenable comparación con Maradona y aun con Messi. Que la comparación sea posible refleja la magnitud del asunto, pero me parece fuera de lugar, improcedente, como si quisiéramos jugar al ajedrez con las reglas de la lotería. Tanto Messi como Maradona corresponden al mismo tipo de futbolista. Jugadores macizos, compactos, que aguantan encontronazos y patadas sin caer al suelo y sin perder el control de la pelota. Houseman era todo lo contrario, pero con resultados parecidos. Flaco, esmirriado, patitas de tero, pasaba gran parte de los partidos en el aire, zarandeado por los defensores, muchos de ellos verdaderos animales en pantalón corto, y rara vez perdía la pelota. Aquí debo agregar “mágicamente” (y en verdad no hay otra palabra). La sensación del espectador en esos lances era que Houseman estaba por perder la estabilidad y la pelota, que la había perdido, que se estaba cayendo, que ya caía, y entonces de alguna extraña forma recomponía el equilibrio como si fuera parte del aire y seguía con la mayor felicidad.

Felicidad, alegría… Compruebo que en pocas líneas escribí varias veces esas dos palabras. Realmente había algo en Houseman que parecía colmar la imaginación no ya de los niños sino de los adultos. La medias bajas, las piernas livianas, la impresión de que ni él sabía para dónde saldría un segundo más tarde, incluso que no sabía muy bien a dónde estaba el arco. Fue el único crack sin pierna hábil que vi en mi vida. Lo mismo le daba encarar por un lado o por el otro, patear con la zurda o la derecha. Era común verlo gambetear a sus marcadores de ida y vuelta con despreocupación de cómic. La publicidad de TyC Sports en la que aparece como un dibujo animado me lo recuerda mejor que las filmaciones de los partidos. La coronación de esa fantasía llegó con el Huracán de 1973, que si no me equivoco fue el equipo más vistoso del fútbol argentino en los últimos cincuenta años, el sueño hecho realidad.

El sueño no podía durar mucho, y no duró. En cada temporada Houseman fue perdiendo algo de espontaneidad y de frescura. A los veinticinco años, es decir, en el Mundial de 1978, ya era casi un jugador retirado. En aquella copa agridulce apenas si ofreció algún chispazo de su alegría infinita. De pronto, el fútbol se había vuelto una cosa seria, responsable, programada al punto de exigir entrenamientos y objetivos definidos. Me pregunto cómo pudo alguien como él llegar a ser un jugador profesional. No estaba en su naturaleza, y hasta cabe asegurar que era el reverso exacto de su naturaleza. En este punto es necesario reconocerle a Menotti un tacto y una paciencia de santo y un verdadero amor por el fútbol. Houseman desaparecía de las concentraciones, o escuchaba las indicaciones técnicas como quien oye llover, o se hacía el lesionado porque estaba aburrido o para que los juveniles ganaran unos pesos. No sé si habrá en el mundo otro caso de un entrenador famoso que haya aceptado algo similar. Houseman, quizá porque no sabía una palabra de inglés, nunca dejó de llamarlo “My father”.

Eso fue todo. La declinación siguió su camino con el consabido retiro y partido homenaje. Sin una fantasía donde existir, Houseman se diluyó en ocupaciones triviales, fumar, dormir, tomar vino. No supe mucho más de su vida hasta el otro día en que me enteré de su muerte. Ni siquiera puedo imaginarme a qué dedicó el tiempo libre, que en su caso siempre fue todo el tiempo. Quedó flotando en mi mente como la nostalgia de una magia irrecuperable y feliz.

3 comentarios to “Parte del aire”

  1. FedericoR Says:

    Hermoso texto, aún para un agnóstico del fútbol como yo. “En el mundo siempre hay algo a punto de perderse, una melancolía incipiente del final.”

  2. Yupi Says:

    Es que Houseman hacía cosas que no le vi hacer a nadie más, Este testimonio de Cayetano Rodríguez es muy valioso porque no cae en la anécdota folklórica y porque Di Stéfano no era de elogiar a la bartola. Houseman realmente gambeteaba en el aire.
    http://www.youtube.com/watch?v=yfwz9YzOqmc

  3. Yupi Says:

    Como redactor jefe de la sección deportes de LLP puedo adelantar el titular para la edición mundialista: “Encomendados a Messi”. Qué baile nos pegó la rojigualda. Desde Holanda 74 que no nos descuartizaban con tanta elegancia.

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