Alguien a quien amar

Publicada en Perfil el 18/3/18

por Quintín

Murió Stephen Hawking, físico teórico, cosmólogo y divulgador científico que sufrió durante muchos años una grave enfermedad neurológica. La noticia apareció en la primera página de todos los diarios de Occidente: Hawking era una de esas figuras que la humanidad adora amar, porque habla bien de ella como conjunto aunque los logros de Hawking hayan sido individuales y su vida un ejemplo de lucidez y voluntad en una lucha desigual (en inglés, lengua competitiva, la discapacidad se llama handicap o desventaja). Pero si Hawking pudo comunicarse y trabajar hasta el final, fue gracias a una serie de dispositivos médicos que marcan el progreso de la ingeniería y de la informática. El mal que sufría Hawking, la esclerosis lateral amiotrófica se conoce también como enfermedad de Gehrig, famoso beisbolista que murió a los treinta y ocho años. Hawking vivió setenta y seis: el doble. En menos de ochenta años, la tecnología transformó el mundo y eso es lo que también, sin reconocerlo, celebramos en el caso Hawking, quien se dedicaba a ramas muy abstractas de la ciencia aunque tan en expansión como el universo postulado por el big bang (aunque no estoy seguro de que el progreso real sea tan tangible allí como en su prima la tecnología).

El día en que se conoció la muerte de Hawking, uno de esos graciosos que abundan en Twitter, afirmó que a él no lo conmovía tanto como la de Pedro Aníbal Mansilla (1932-2108), locutor peruano que conducía el inolvidable Modart en la noche, un programa que en los sesenta y setenta trajo a las noches de la radio ese rock que inspiraba a los oyentes. En una escala mucho más acotada y doméstica que la gesta de Hawking, pero tal vez más profunda, la voz de Mansilla remite al tesoro secreto de cierta felicidad colectiva, a una idea instantánea de libertad y progreso humanos. Desafío a escuchar en YouTube la voz de Mansilla detrás de una de las cortinas del programa, el pegajoso In the Summertime del casi desconocido grupo británico Mungo Jerry, a resistir la euforia que provoca.

arenaytabla

 

Es que el rock fue también una fuente de alegría para la humanidad, que debería felicitarse por haber creado, a partir de distintas fuentes (algunas anónimas), un fenómeno tan poderoso y tan radicalmente innovador de las costumbres. De eso habla, en el fondo, la segunda parte de un libro que alguna vez comenté en esta columna: Vernon Subutex II de la francesa Virginie Despentes. El personaje central de esta novela adictiva en tres volúmenes (el tercero acaba de ser traducido al castellano y espero conseguirlo cuanto antes) supo ser el dueño de una disquería en París que tenía la música que hacía la diferencia en la vida de sus clientes. En la primera parte, cambios tecnológicos mediante, la disquería cierra y Vernon se queda literalmente en la calle. Pero a raíz de una intriga lateral, unas cintas que deja en su poder un músico antes de morir de sobredosis, Vernon se transforma en un homeless santo, desprendido de preocupaciones materiales y que cada vez que pone discos, provoca en sus antiguos amigos y clientes una fascinación liberadora, que los hace bailar hechizados y los redime de una vida de insatisfacción y angustia (Despentes es muy buena para retratar esa miseria cotidiana). Es posible que necesitemos amar a Vernon de un modo más visceral que a Hawking.

Foto: Flavia de la Fuente

 

Una respuesta to “Alguien a quien amar”

  1. Yupi Says:

    Sí señor, Pedro Mansilla con Modart en la noche. Después Flecha juventud con Badía. No era nada fácil sintonizarlas fuera de las ciudades, por ejemplo en la playa, era como una aventura dentro de otra. Bueno, ya era una aventura conseguir discos extranjeros. Vaya un recuerdo. Qué habrá sido de esas chicas.
    http://www.youtube.com/watch?v=6Q4Q8tkr3ww

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