Visiones de Indochina

por Yupi

Sobre Fumadores de opio de Jules Boissière

Jules Boissière. ¿Muchos reconocen el nombre inmediatamente? No creo. Fuera de Francia no es muy leído, y tampoco dentro. Desde hace años cada vez que le hablo de él a un francés recibo de vuelta un gesto de completa sorpresa. Dado que mi pronunciación dista de ser perfecta, escribo su nombre en un papel y lo muestro, como quien aclara un malentendido. Del todo en vano. Es bastante raro, porque a menudo mis interlocutores son jóvenes admiradores de la generación Beat, la cultura rock y otras antiguallas relacionadas con alucinógenos de toda clase. Ninguno sabe que el libro quizá más moderno en la materia, sobre el corazón mismo de la materia, lo escribió un desventurado poeta menor del siglo XIX.

 

67.postal JJ y edificios

 

La biografía de Boissière es ejemplar a fuerza de omisiones. Del nacimiento en 1863 en Hérault de Clermont salta a su llegada de muy joven a París y de ahí directamente a Tonkín, en la Indochina francesa, para alistarse en el undécimo ejército de cazadores. En París ejerció el periodismo. Es fácil deducir que su deseo más íntimo era ser artista, porque publicó un libro de poemas bajo la influencia de Mallarmé. El título ya era premonitorio: Frente al enigma. No me resisto a copiar la hermosa dedicatoria: “Estaba por entregar este libro para su impresión cuando de repente, en ocho días, he tenido que equiparme, dejar París y partir al Lejano Oriente. Lo confío a la amabilidad de mis viejos colegas de la prensa; a todos los que me acogieron en mis comienzos en el periodismo, a los dieciocho años; a todos mis queridos compañeros, a todas esas almas generosas”. Nótese la ingenuidad del tono, típica de un joven de provincia, mezclada con la ilusión de futuras andanzas y trascendencia artística. También el aire general de nostalgia anticipada. Como se decía antiguamente: se masca la tragedia.

Una década pasó Boissière entre Camboya y Hanoi, donde murió a los 34 años no sabemos si por una complicación médica o asesinado. Durante ese lapso aprendió el annamita, también los rudimentos del chino, y se dedicó a registrar por escrito su experiencia como soldado colonial bajo las transformaciones del opio. Son relatos naturalistas y alucinatorios a un tiempo. Apenas hay en ellos observaciones sentimentales, ni un sentido claro de las acciones, ni héroes y villanos. Ningún punto moral al que aferrarse. Sólo un presente continuo de visiones aterradoras y magníficas que no se sabe de dónde salen y hechos de una crueldad tan extrema que se vuelven triviales. Literalmente, otro mundo, que para más inquietud conserva la apariencia del mundo nuestro de todos los días. Los personajes viven y mueren con levedad de fantasma, indiferentes a todo, envueltos en un sopor opiáceo cotidiano y tal vez eterno.

Ernst Jünger, que leyó Fumadores de opio en París durante la ocupación alemana, quedó estupefacto con el libro. Siempre atento a la metafísica de la guerra, Jünger interpretó las fantasías del opio como gradas espirituales hacia la aceptación de la muerte inevitable. No está mal, pero cabe agregar el carácter visual de la escritura de Boissière, la precisión de esas fantasías. Muy lejos de su estilo las vaguedades y platitudes del místico. La corriente anticolonial francesa posterior a la Segunda Guerra Mundial relegó el libro a una literatura de segundo orden. Nada más injusto. La prosa de Boissière no es para nada simple, tanto como que procede del simbolismo, pero a la vez está contenida por su oficio de cronista. Esa cruza afortunada de poesía y periodismo le confiere su encanto y también una extraña eficacia.

Una cosa es tentar al diablo y otra es verlo llegar, dicen los paisanos en el campo. Lo mismo puede aplicarse en este caso. Una cosa es fumar opio en un barrio parisino y otra es fumarlo en el corazón de una selva asiática cercado por milicianos, cuando no por espíritus milenarios. Se alegará que el arte no depende de las circunstancias, que el verdadero terror viene del alma y que el sujeto del enunciado no es el mismo que el sujeto de la enunciación. No lo discuto. Pero todo indica que sin noches en el oriente profundo entre el humo azul del opio, la cosa misma, the real thing, queda fuera de alcance para cualquiera. La prueba es este volumen anacrónico, que parece haber sido escrito después de Heart of Darkness de Conrad y aun de Apocalypse Now de Coppola.

La historia de los alucinógenos en la literatura europea está plagada de grandes escritores. Sin pensar mucho: Coleridge, De Quincey, Baudelaire, Verlaine, Rimbaud… Ante ellos Boissière no tenía ni para empezar a medirse como escritor, ni en genio, ni en prosodia, ni en nada. Y sin embargo, en ese punto los superó a todos. Fue más vanguardista que los más famosos vanguardistas de su época. ¿Quién puede honestamente explicar estas cosas? Es como si hubiera una repartición exhaustiva de la gloria. La literatura, que todo lo destruye, todo lo salva. Es tan completa que también es antiliteraria. Se hace cargo del total de sus servidores, incluso de los más improbables. Nadie podía imaginar que alguien como Boswell, lo que se dice un tarambana, un tiro al aire, sería el encargado de asegurar la posteridad nada menos que del hiperintelectual y severísimo Doctor Johnson. Tampoco que un modesto periodista francés, tenue discípulo de Mallarmé, escribiría un clásico futuro.

Foto: Gabriela Ventureira

Una respuesta to “Visiones de Indochina”

  1. Diego Says:

    Lazarus Morell, Tom Castro, Flann O’Brien, Boissière. Muchas gracias por tus artículos, Yupi, son el entusiasmo e inocencia (en el mejor sentido, en el sentido de quien descubre el mundo y lo cuenta con ojos maravillados) de la mejor literatura.

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