Bitácora de la hija de Neptuno (170)

por Flavia de la Fuente

22 de febrero
Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 23 grados. Temperatura del aire: 22 grados. Viento: ESE 5 km. Olas: 0,5 m. Marea subiendo. Tiempo de natación: 23′

23 de febrero
Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 23 grados. Temperatura del aire: 23 grados. Viento: SE 30 km. Olas: 0,8 m. Marea subiendo. Tiempo de natación: 28′

Anoche llegó la delegación coreana de visita.
Digo, Luna y Marce.
Nuestros queridos amigos.
Ayer cocinó Quintín una rica pasta alla puttanesca.
Mi mamá hizo berenjenas con pera.
Esta noche habrá cena coreana.
Luna se lucirá con su clásico bullgoggy.
Al evento oriental, asistirán también las hermanas Ventureira.

ella manotea

Pero, dejemos la vida social y hablemos del mar.
Hoy nos levantamos hechos una ruina.
Trasnochamos y estábamos cansados.
Fuimos a la playa arrastrándonos.
Y había un fuerte viento del Sur.
Inesperado.
Me traicionó el Windguru.
Mi oráculo.
Mi guía en la vida.
El maldito sitio anunciaba vientos suaves.
Celestes o blancos.
Y hoy en la playa había un temporal.
Ya no sé qué hacer de mi vida.

Pero, al mal viento, buena cara.
Con el Osi decidimos caminar hacia el Sur.
La deriva era claramente hacia el Norte.
Porque estaba creciendo.
Y en la orilla también, por los vientos tan fuertes.

Nos metimos a unos 500 metros de casa.
Saltamos olas.
Quintín me tuvo que sostener porque yo no hacía pie.
Y si nadaba en la canaleta hubiese llegado en un minuto al muelle.
Pero la unión hace la fuerza.
Y al cabo de un rato de lucha contra el vigor de las aguas,
logramos llegar al banco.
Hice pie de nuevo y pudimos avanzar.
Pasamos la primera rompiente.
Y empezamos a nadar.
Había muchas olas.
Pero nadábamos hacia adentro con decisión,
zambulléndonos en cada rompiente.
Era divertido.

El mar estaba tibio.
Verde, transparente.
Una delicia.
Cuando nos adentramos lo suficiente para poder pasar el muelle,
braceamos hacia el Norte.

Hoy era un mar muy raro.
Al menos no recuerdo un baño así.
Había olas perpendiculares a la orilla,
bien adentro.
Era como que las olas me empujaban.
Y también se armaban pequeños remolinos.
Todo muy estimulante.

Lo único que me ponía nerviosa era que se me perdía el Osi.
Quintín se pone a pensar y se va para cualquier lado.
Hoy nadaba para adentro.
No sé si él me mira a mí de vez en cuando.
Estaría bueno que lo hiciera.
Así no me preocupo tanto mientras nado.

Cuando logré alcanzarlo,
decidimos empezar a salir en el Aguila.
Y nadar en Diagonal hasta el Solmar.
Nos salió perfecto.
Ya somos como un equipo de nado sincronizado.

Volvimos caminando más de un kilómetro con viento Sur en contra.
Agotador.
Quintín sentía que no llegábamos nunca.
Yo estaba contenta.
El baño me había devuelto a la vida.
Como siempre.
Las aguas milagrosas.

También se bañaron Marce y Luna.
Estaban asombrados por el color y la temperatura del agua.
Volvieron eufóricos del mar.
Sonrientes y rozagantes.
Y Gabi también hizo de las suyas.
Yo la soborné con un choripán.
Le dije que si iba hasta el Edén caminando y
volvía nadando,
la esperaba en casa con ese premio.
Gabi también volvió renovada.

La única que no se pudo bañar fue mi mamá.
Y no la pasó bien.
Se quejó todo el día de que le faltó el mar.
Pero hoy era imposible.
Había muchas olas.
Mañana veremos cómo hacemos para que se moje.
Parece que mi mamá también se está volviendo adicta.

Sigo leyendo a Esopo.
Voy por la fábula 31.
Es la primera que no es de una zorra.
Hoy me toca: “Las ranas y el pantano seco”.
Y antes de la fábula, Esopo describe qué es un gallo.
¿Qué son esas descripciones?
Debería leer el prólogo.
Pero me da una fiaca tremenda.

La Divina Comedia la abandoné definitivamente.
Aunque, de alguna manera, me sigue acompañando.
Quintín lee un canto cada día antes de salir de la cama.
Y es un momento muy placentero.
No sé bien por qué.
Creo que es porque sigue el tiempo en suspenso.
No pasa nada.
Yo no me muevo, remoloneo un poco.
Todavía no empezó el día.
Y sé que mi marido está sereno leyendo a mi lado.
Son 15 minutos de felicidad.
Me parece un despertar encantador.
Me tranquiliza saber que el Osi está haciendo algo que le da serenidad.
Que no le hace mal.

Después viene el desayuno catalán.
Soltar a Ella y a Janis
y ver cómo se desperezan.
Son dos bombones.
Me matan de ternura.
Luego, el paseo meditativo con Solita.
Y más tarde, cada uno se va a su pequeño infierno o purgatorio.
Hasta que no aguantamos más y nos vamos al mar.

Foto: Gabriela Ventureira


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