Una vida para K.

Sobre Kafka de Reiner Stach

por Yupi

Después de leer los tres tomos de la biografía de Reiner Stach cabe preguntarse si el autor no sabrá más sobre Kafka de lo que el propio Kafka llegó a saber nunca sobre sí mismo. En este caso la gastada paradoja es pertinente, porque en su libro parece estar todo. Cuando digo todo quiero decir esto: todo. Fechas, lugares, novias, amigos, vecinos, profesores, conocidos, contexto histórico, contexto laboral, editorial y político, relaciones familiares, relaciones profesionales, relaciones judías y cristianas, informes médicos, paseos, viajes, cines, hoteles, cafés, diarios, cartas, papeles sueltos… Cada mínimo detalle de la vida de Kafka probado y más. También lo probable, aquello que no se sabe pero con mucha paciencia, buena perspicacia y algo de imaginación es posible reconstruir de un modo convincente.

 

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Casi veinte años de trabajo y más de dos mil páginas respaldan la biografía más importante que se haya publicado sobre el escritor checo. El primer volumen se ocupa de la niñez y la adolescencia en Praga, que para Kafka era el amor a la nada; el segundo está marcado por la relación con Felice Bauer, notablemente repuesta por Stach en un lugar central en la vida de Kafka, su única relación adulta, y el inicio de la Primera Guerra con la inestable situación de los judíos del este; el último se adentra en las consecuencias de la guerra, la tuberculosis, la breve y fulgurante aparición de Milena, los planes de independizarse, el agravamiento de la enfermedad y el final junto a Dora Diamant en un modesto sanatorio austríaco. Todos los hechos están relacionados invariablemente con un escrito de Kafka. El autor busca y encuentra conexiones a veces recónditas entre la vida y la obra, como no podía ser de otra forma.

En el camino nos enteramos de datos insólitos, o por lo menos inesperados. Por ejemplo, que Kafka era un paisano consumado y veía a Berlín como el colmo de la opulencia, incluso cuando la ciudad estaba en la más espantosa de las miserias, rasgo que provocaba la risa de todos los amigos. O que su profesora de hebreo, una joven inteligente y de buena figura, tuvo que cortar los avances del doctor Kafka, entre otros candidatos, fugándose de Praga para no volver. También la impostura del mito del artista olvidado o ninguneado. Rilke a su editor: “Por favor, notifíqueme muy en particular de cualquier cosa que aparezca de Franz Kafka”. Robert Musil: “Estoy muy interesado en sus maravillosos escritos”. Franz Werfel: “Es tan puro, noble y logrado que deberíamos tratarlo como si ya estuviera muerto y fuera inmortal”.

Es difícil dar una idea general de la naturaleza del trabajo de Stach, quizá un caso concreto sea más eficaz. Tomo un cuento famoso: Un médico rural. Es de enero de 1917, el año en que se le declara la tuberculosis y rompe su compromiso matrimonial. Al médico en cuestión lo espera un paciente a diez millas de distancia, pero no tiene caballos para ir a visitarlo. Afuera nieva con mucha intensidad. De pronto, aparecen de la nada dos vigorosos caballos y un criado, quien sin más trámite engancha el carruaje y ordena partir. El médico oye un fuerte zumbido. Un segundo después está en casa del paciente. A la velocidad del rayo. Una vez adentro la familia procede a desnudarlo sin motivo, quizá por las dudas. Stach proporciona la fuente: los caballos voladores fueron sacados del libro Leyendas de judíos polacos, una lectura del momento. Pero con gran penetración también deduce la pregunta que se hizo Kafka cuando los personajes están en casa del enfermo: “¿Qué pasa con el viaje de vuelta?”. Es la clave de todo. Ir y volver no son procesos simétricos, como no lo son caer y ascender.

En este punto Kafka se dio cuenta de que repetir un viaje supersónico de regreso como el de la ida rompería la atmósfera del cuento, contaminaría todo de falsedad, transformaría una escena onírica en una función de circo. Los caballos no podían volver. Pero entonces, ¿qué hacer con el médico? Tratándose de Kafka ya podemos imaginar su destino. Aquí el punto de vista de la narración gira otra vez hacia el protagonista en el viaje de vuelta bajo la luz de la luna. Los vigorosos caballos del principio ahora se mueven por la nieve como si fueran ancianos, lentos, desorientados, librados a su suerte. Entonces Kafka escribe esa frase tan linda, que encaja a la perfección en el relato y se corresponde tan bien con los sueños:

Desnudo, expuesto a la helada de esta época aciaga, con un carruaje terrenal y unos caballos no terrenales, vago por los campos, yo, un hombre viejo.

La frase original en alemán es un poco más lisa, sin embargo la versión en castellano del poeta Rodolfo Häsler recrea muy bien la poesía del texto. Si no me equivoco la primera traducción de la frase a nuestro idioma fue de Wilcock, el autor de Los hermosos días, Sexto, El caos, La sinagoga de los iconoclastas y tantos libros. Häsler limó algunas palabras (carruaje por coche, hombre viejo por anciano), pero el trabajo esencial, el molde, ya lo había hecho Wilcock en la primera traducción. Se necesitaron dos poetas atentos para llegar a la poesía de Kafka, cuyo estilo es extraordinariamente sobrio, casi notarial. La misma complejidad presenta su sentido del humor. El de Kafka es un humor seco, retrospectivo, como con delay, que fácilmente puede confundirse con solemnidad, cuando no con trascendencia divina.

Este rápido comentario de una frase de Kafka refleja las dificultades que debió sortear Stach al escribir su excelente biografía. Eligió el camino más peligroso y quizá el único posible. Una vez agotado el estudio de los hechos de la vida de Kafka, decidió ser Kafka, traducir los huecos poniéndose en su lugar; es decir, en lugar del escritor menos y más interpretable de la literatura moderna. Que en ocasiones abuse de los adverbios de duda no rebaja la magnitud de su trabajo y de algún modo estaba previsto por el biografiado. Como aquella lectora que se acercó a la mesa en donde Kafka desayunaba solo en un hotel de la montaña y le preguntó en confidencia, sinceramente alarmada: “Perdón. Su libro, ¿de qué trata en realidad?”.

Foto: Gabriela Ventureira

3 comentarios to “Una vida para K.”

  1. Hugo Abbati Says:

    La biografía de Stach es Imprescindible para todo kafkiano de ley. Incluso para los ilegales.

  2. Yupi Says:

    También los trabajos previos de Hartmunt Binder y Klaus Wagenbach, que Stach utiliza a discreción. Como sea la más contenta con este libro habría sido Felice Bauer. Si hay otro mundo estará diciendo: “Muy bien hecho, Herr Stach. En la Praga de 1914 eran todos muy vanguardistas, ¡pero la que salió en una película con las máquinas del futuro fui yo!”.
    http://www.youtube.com/watch?v=2M8AzrMwq8A

  3. Hugo Abbati Says:

    Y tantos otros, sí.
    Felice era notablemente fea, y parece que Franz admiraba en ella su carácter independiente y su habilidad con las tecnologías que iban apareciendo por aquellos tiempos En este caso, el llamado Parlógrafo.
    De su condición poco agraciada da fe el mismo Kafka en su anotación de la noche en que la conoce en casa de Brod.
    Parece que, a la larga, este aspecto no influyó en el desarrollo del romance epistolar.
    Editorial Nórdica, de España, ha editado las Cartas a Felice, que estaban gloriosamente agotadas hacía ya muchísimos años.
    Y gracias por el vídeo, lo desconocía.

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