Bitácora de la hija de Neptuno (169)

por Flavia de la Fuente

20 de febrero
Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 23 grados. Temperatura del aire: 24 grados. Viento: S 30 km. Olas: 0,7 m. Marea subiendo. Tiempo de natación: 30′

Me cuesta encontrar tiempo para escribir.
Pero lo necesito.
Ahora tengo media hora.
Voy a tratar de relajarme.
Y contarles la natación de hoy.
Que fue ligeramente épica.

Pero pasó tanto tiempo desde que volví del mar
Que me cuesta recordar lo que sentí.
Me tengo que concentrar.
Respirar.
Serenarme.
Sonreír.
Tratar de volver al estado de hoy a las 11 de la mañana.
Ahora son las 18.48.
Y me está resultando difícil.

Quintín mira un partido.
Yo escribo con la computadora sobre un almohadón.
Solita duerme ovillada a mi lado.

¿Lo lograré?
¿Qué fue lo que tanto me emocionó?

Veamos.
A la mañana fui con Soli a la playa.
Caminamos poco porque había mucho viento.
Nos sentamos a meditar en el médano.
De pronto, pensé que si no íbamos a nadar en ese momento,
se iba a complicar.
“Soli, vamos a casa”, le dije a la pobre perra.
Y allá fuimos.
A buscar al Osi para ir a nadar.

El tema es que el mar estaba bravo.
Muy crecido y turbulento.
Y si dejábamos que creciera más,
se nos iba a complicar atravesar las olas.
O al menos eso pensé.

Quintín aceptó de inmediato mi invitación.
Y fuimos rápido a la playa.
Discutimos un rato acerca de dónde meternos.
Había un viento de 30 km del Sur.
Y una corriente muy fuerte en la orilla.

Decidimos ser prudentes.
Y nos encaminamos unos 600 metros al Sur del muelle.
Temíamos chocarnos con el muelle,
si nos zambullíamos en nuestro balneario.

A mí me encanta esa aventura.
La hice varias veces cuando sopla el viento Sur.
Me meto cerca del Edén,
a 1 km de casa.
Y vengo nadando con la corriente a favor.
Me meto profundo y salgo después del muelle.
Así no me canso con la caminata con el viento en contra.

Pero creo que el Osi nunca lo había hecho.
O al menos no lo recordaba.
Nadamos hacia adentro unos cuantos minutos.
Costaba meterse en el mar.
La corriente nos expulsaba hacia afuera.
Pero estaba bueno.
El mar estaba tibio.
Y movido.
Y una vez atravesada la canaleta de la orilla,
se nadaba tranquilamente,
en un mar ondulado y verde.

El tema es que uno no sabe,
por un tema de perspectiva,
cuánto hay que adentrarse para pasar el muelle.
Así que siempre yo me alejo de más.
Y uno termina mar adentro.
Es lindo
Me divierte.
No siento miedo.

Un paréntesis.
Yo no siento miedo en el agua
Pero siempre tengo miedo antes de ir al mar.
No sé bien por qué.
Es un miedo difuso.
Como antes de dar un examen.
Pero en el agua el miedo no aparece.
Diría que se desvanece ni bien salgo de casa.
En el agua solo me concentro en nadar.

Volvamos a la aventura de hoy.
Antes de entrar al agua le dije al Osi:
“Hoy es un asunto de navegación.
Hay que tener cuidado.
Nadar para adentro y fijarse cómo salir.”

Así que nadamos y nadamos.
El muelle se veía chiquito.
Parecía que nunca íbamos a llegar.
Pero todo llega.
Y finalmente, lo pasamos.
Yo estaba contenta.
Nadaba casi sin hacer esfuerzo.
Me dejaba llevar por la corriente.
Cuando llegamos al Aguila le pregunté al Osi si quería salir.
Me dijo que no, que quería seguir hasta el Solmar.
“Ok, le contesté.
Pero salgamos en diagonal.
Porque si no, vamos a terminar en Punta Rasa.”

Ya somos un equipo confiable.
Nos entendemos muy bien.
Así que cumplimos con el plan a la perfección.
Nadamos a la par en diagonal hacia la costa.
Y salimos justo en el Solmar.

Yo estaba radiante.
Quintín un poco preocupado.
Le había parecido que el mar no era lo suficientemente calmo.
Que no parecía nuestro mar de siempre.

Discutimos el asunto.
Yo decía que lo había visto así.
Y otros bañeros me dieron la razón.
Creo que a Q le impresionó un poco la violencia del agua,
más la distancia de la costa.

Pero estuvo encantador.
El solo recuerdo,
dibuja una sonrisa en mis labios.
Y aligera mi alma.

Mañana parece que va a estar peor.
Digo más bravío.
Habrá olas mucho más grandes.
Y vientos más fuertes.
Si queremos nadar, tendremos que ir bien temprano.
La bajamar será a las 7.
Estaría muy bueno ir a las 9 o a las 10.
Así nos podemos meter sin problemas,
con menos rompientes que atravesar,
y así cabalgar una vez más felices en los mares del Tuyú.

Pero mañana es mañana.
No nos anticipemos.
Quizás el agua llegue hasta los médanos.
Y apenas nos podamos mojar los pies.
Qué será, será.

Hasta la próxima.

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