Bitácora de la hija de Neptuno (165)

por Flavia de la Fuente

4 de febrero
Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 23 grados. Temperatura del aire: 24 grados. Viento: NNE 24 km. Olas: 0,8 m. Marea subiendo. Tiempo de natación: 2′

Amanecimos destruidos.
Me parece que la natación de ayer fue demasiado.
Me dolían los hombros, los músculos de los brazos.

Solitaenelmedano


Como todas las mañanas,
fui a la playa con Solita.
Que cada día está más hermosa y más rebelde.
Era una mañana horripilante.
Viento NNE a 29 km.
Ni siquiera brillaba el sol.
Caminamos lentamente hasta el mar,
pero hoy la muy caprichosa no se quiso bañar.
Quizás le pasaba lo mismo que a nosotros.
Porque ayer se dio unos buenos baños,
en un charquito de la orilla,
al estilo vieja,
nada de nadar,
eso es para Ella y Janis.
Dos grandes nadadoras.
Solita se queda parada en los charcos
y espera que alguna olita delicada la moje.

Como no quería ir al agua,
enfilamos hacia el médano.
Ahí nos sentamos las dos todos los días a respirar.
Nadie nos molesta.
Miramos el mar.
La gente que pasa.
La playa que se despierta,
y nosotras también.
Soli se acurruca detrás mío,
y me toca suavemente la espalda.
Es muy grato ese contacto tibio.

Yo cruzo las piernas y trato de concentrarme en la respiración.
Me cuesta.
Todo lo que hago antes de ir al mar me resulta difícil.
Pero me hace bien.
A veces lloro.
A veces sonrío.
A veces estoy equilibrada.
Pero es lo menos frecuente.
Y eso que estoy frente al mar.
Solita siempre me ayuda.
Con su picardía siempre me hace sonreír.
Y con la sonrisa viene la mejoría.
Es un demonio encantador.

Otro motivo de felicidad es que se acabó el Infierno.
En la Divina Comedia, aclaro.
Debo confesar que los últimos cantos me los salteé.
Leí el resumen y huí despavorida.
Ahora llegamos al purgatorio.
Quizás lo pueda tolerar.
Pero eso de estar en un mundo de muertos me deprime.
Me inquieta.
Y mis nervios no están para que los provoque.

Como antídoto,
me puse a leer las fábulas de Esopo una por día.
Y después se la cuento al Osi.
Ayer me tocó la de las uvas que están verdes.
Así que no le conté nada porque esa la conoce todo el mundo.
Pero hay algunas divertidas.
Es un libro curioso.
De pronto, entre una fábula y otra describe un animal.
Hasta ahora leí la descripción del elefante y de la liebre.
Le pregunté al Osi a qué venía eso.
Me dijo: “Seguro que los griegos no conocían esos animales.”
Será así.
No había fotos.
No había tours a Africa.

Después de la meditación con Soli llegué a casa extenuada.
Me tiré en la cama y empecé a agonizar.
Por suerte, al rato apareció Quintín con ganas de ir al mar.
Pero solo a darnos un chapuzón, me advirtió.

Y eso hicimos.
No saben qué voluntad puse para moverme de la cama.
Y más para meterme en el mar.
Pero al rato de estar parada con los pies en el agua me puse mejor.
Y luego de zambullirme ya quería nadar.
Si hubiese estado sola habría nadado al menos veinte minutos.
Suavemente.
Solo respirando cada 6 u 8 brazadas.
Moviendo los brazos con lentitud.
Eso me hace bien.
No me cansa jamás.
En cambio, la velocidad agota.
Y ahora mi marido se convirtió en un demonio corredor.
Por eso se nos destruye el cuerpo.
Y la rutina placentera.

Toda la vida nadé y nunca me dolió el cuerpo.
Para mí, esa es la gracia de la natación.
Que es puro placer.
Relajación, tonicidad, endorfinas.
Pero no hay dolor.
Es una disciplina que da solo felicidad.
No es como correr,
que te rompe las articulaciones.
Si uno nada con suavidad,
el ejercicio es un analgésico natural.
Y un tonificante maravilloso.

Vamos a tener que revisar esto de las carreras acuáticas.
La próxima yo lo dejaré al Osi ir solo adelante.
Que me venga a buscar, si quiere.
Como lo hacía antes yo.
Porque a mí me gusta nadar mucho tiempo.
Y todos los días.
Pero sin sufrir.
A veces me gusta nadar fuerte.
Pero solo un ratito.
O quizás solo un día.
Pero sin abusar.
Porque el cuerpo te lo cobra.
Si un día nadé duro,
al otro aflojo.

Creo que la causa de la velocidad de Quintín es la ansiedad.
Si hay que cruzar el muelle, por ejemplo, eso puede inquietar.
Las metas producen ansiedad.
La natación deja de ser zen.
Se pierde el goce del momento presente.
Imagino a Quintín pensando:
“Si no me apuro, ¿cuánto tiempo voy a tener que nadar?”
Seguro que piensa algo así.
Pero es un error.
Más vale nadar 15 minutos más que romperse el cuerpo con el esfuerzo.
Eso yo lo tengo claro.
Además, salvo en el caso de cruzar detrás del muelle,
siempre se puede salir y chau.
Nadie nos va a retar por no llegar hasta el Edén.

A no ser que uno quiera convertirse en un atleta.
Eso es otra historia.
Como nuestro amigo Humberto.
Pero ni él puede nadar todos los días.
Hace un entrenamiento tan duro que queda quemado.
En fin, basta de lata.

Yo mañana vuelvo a nadar sonriendo y cantando con suavidad.
Eso es lo mío.
Me pongo la guirnalda en el pelo,
confeccionada con jazmines blancos, malvones rosados y durantas violetas,
mi bikini negra de encaje y me hago a la mar.
Soy la hija de Neptuno.
No me debo quejar.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: