Mesa de luz (3)

por Quintín

Publicada en La agenda el 20 de junio de 2017

Quedate conmigo, de Inés Acevedo (Editorial Marciana)

Según los respectivos pies de imprenta, en marzo de este año se terminaron de imprimir dos libros de Inés Acevedo. Uno de cuentos, Jajaja (ed. Mansalva), que no leí todavía y esta, su segunda novela. La contratapa del libro que no leí contiene elogios encendidos: “Esta chica escribe bien”, dice Hebe Uhart; “No puedo parar de leerla”, dice Damián Ríos; “Quisiera un día escribir algo así, para luego jubilarme de la escritura” dice Luis Chaves; “Los cuentos de Jajaja me parecen lo mejor de lo mejor que se escribe ahora. Me embrujan, me seducen, me enamoran” dice Dalia Rosetti; “Cada historia de Inés Acevedo te deja alegría y liberación (…) Anda el camino de lo genial: elegante sin esmero, aventurera, con una permanente risa de fondo” dice Paula Peyseré.

Solitasomasol

Por una vez, la contratapa no engaña. Acevedo está tocada por la varita mágica de la literatura. No hay nada que se pueda hacer con eso ni modo de desmentirlo. Es una de esas cosas que pasan y de las que es muy fácil darse cuenta porque no se trata del reconocimiento de una destreza sino de que Acevedo escribe en estado de gracia.

Curiosamente, Quedate conmigo habla de eso, del problema de quien es elegido por la literatura. La novela, en principio, corresponde a una de las tradiciones más pueriles del género fantástico: la invasión marciana, el subgénero que inventaron Wells y Welles. En este caso se trata de la llegada a la Tierra de una nave espacial disfrazada de meteorito cuyos pasajeros son dos perros androides (¿canoides?) que vienen a explorar el planeta. Quienes se enteran de la presencia de los extraterrestres son una bandita de chicos que viven en el campo. La narradora se llama Tati, tiene diez años y descubre en su cuarto a Susi, una encantadora perrita con cola de zorro que llegó del espacio y parece estar perdida como ET.

Tati es una chica que nació grande pero tiene claro lo que significa ser chica. Dicho de otro modo, Tati es Acevedo y esa identificación le da a la novela un tono inconfundible, porque así como la escritura no se aparta de su enunciación infantil, no hay nada ingenuo en el personaje, no es un chico que no entiende la verdad de las cosas. En todo caso, los que no se enteran de nada son los adultos, condición requerida para darles libertad y autonomía a los personajes, como la que gozaban los miembros del Club de los cinco, evidente lectura de la infancia de Acevedo. Pero Quedate conmigo no es una novela para chicos (o tal vez sí, también).

Los chicos de Acevedo tienen un pensamiento abstracto, como si fueran personajes de Aira, pero son terriblemente materiales, como si salieran del Allá lejos y hace tiempo de Hudson. Ese pueblo pampeano, sus campos aledaños y la vida sin apremios de su clase media, entre la naturaleza y la civilización, es el marco del relato que los marcianos vienen a llevarse de la Tierra. Los perros marcianos y el androide que los comanda tienen la orden de conseguir una historia escrita por Tati para que sus superiores entiendan cómo es el planeta que pueden llegar a invadir un día. Será, además, la historia miliunésima de su libro, la última. Porque los marcianos están avanzados, tienen naves espaciales y dominan la telepatía, pero en su estadio actual carecen de literatura porque no necesitan más del lenguaje, y saben que sin lenguaje ni literatura nada se entiende.

Acevedo hace algo inesperado y desdobla la historia. Así Tati inventa un relato para los marcianos que no es el que nos está contando a nosotros. “Para mí, esa historia no era algo mío. Sentí que no me daría vergüenza leérsela a mis amigos porque en ella yo no hablaba de mí. (Al menos eso creía yo).” Pero, al mismo, tiempo, Tati advierte que la historia que escribe para los alienígenas, falsa como es, le hace latir el corazón cuando la termina. “No había querido hacer una lección moral tan densa y con lo poco que sabía de literatura me daba cuenta de que el final no era muy bueno. Pero, a pesar de todo, reflejaba mis sentimientos, y los sentimientos de un niño son más intensos de los que un adulto puede recordar”.

Acevedo nos está contando que no puede hacer otra literatura que la verdadera. Le pasa con la historia que nos cuenta lo mismo que le pasa a Tati con la suya: ambas están atrapadas por la exigencia literaria aunque no quieran hablar de sí mismas. Como Tati, Acevedo es la elegida por la literatura. No hay ninguna inmodestia en esta obvia analogía sino un motivo de angustia que sugiere una puesta en abismo por la cual Quedate conmigo es otra historia contada por obligación a los marcianos, la historia falsa de otra historia verdadera y así siguiendo hasta cuestionar y disolver la materia literaria en puro pensamiento. Sin embargo, esa cadena infinita de insatisfacciones, de cierres que nunca son definitivos, es lo que mantiene viva la gracia, lo que hace que Quedate conmigo y todo lo que escribe Acevedo no sea el resultado de un trabajo de esclavo en la noria literaria que acaba en un producto, sino más bien el testimonio en palabras de una comunicación abierta y aparentemente inefable entre la infancia y la madurez, un estado en el que la lectura y la escritura son posibles sin forzarse. Así, en medio de esa tensión que rodea la posibilidad/imposibilidad de la literatura es como Quedate conmigo resulta una novela de iniciación (es decir, una novela que habla del dolor ante la pérdida de la infancia) de una belleza tan agreste y tan estimulante.

 

Los mantras modernos, de Martín Felipe Castagnet (Editorial Sigilo)

¿Por qué se extiende la tendencia, o la moda, o la costumbre de escribir ciencia ficción? No tengo una respuesta y tal vez no tenga ni siquiera una pregunta: puede que no haya tantos casos y que se trate simplemente de una casualidad creada por un itinerario de lecturas. De todos modos, podríamos preguntarnos por qué alguien querría escribir ciencia ficción, especialmente de la variante posapocalíptica. Las respuestas que se me ocurren son poco creativas: una es que los autores piensen que estos son tiempos terminales y los libros no hacen más que conjeturar sobre las consecuencias de lo inevitable (como la ciencia ficción de los sesenta, ligada a la posibilidad de una guerra termonuclear), otra es que ciertas cosas no se puedan decir más que de un modo indirecto, situándolas en otro contexto (como la que esquivó la censura del bloque soviético) pero la más simple es que, al escribir fuera de las restricciones estéticas del realismo, de las limitaciones de la tecnología y de la organización social, la imaginación tiene mayor espacio para desplegarse y para iluminar, de paso, lo que ocurre aquí abajo. Ahora, por qué esta necesidad aparece hoy en la Argentina es algo que ignoro, aunque puede ser que la ola apocalíptica sea, por esos fenómenos internos de la comunidad literaria, la que sigue a otra de matriz costumbrista y que, esta ola es parte de una ola fantástica mayor, que quiere alejarse de una vida cotidiana poco estimulante en estos tiempos inciertos. No sé.

Los mantras modernos, segunda novela de Luis Felipe Castagnet empieza con una cita de Marcelo Bielsa: “Del futuro solo hablaré si estoy obligado a ello”, que aun con su matiz irónico parece confirmar lo que digo arriba: ya no se puede hablar del presente sin pasar por el futuro. La estructura de la novela confirma esa presunción en más de un sentido, tanto en su desarrollo narrativo como en la construcción de su mundo alternativo. Este es de los más intrincados que yo recuerde, porque reúne en un solo lugar distintas variantes de la CF: algunas ortodoxas, como la invisibilidad, el viaje en el tiempo y la comunicación telepática, otras más audaces como el habla de los animales y de los objetos inanimados o la existencia de dos dimensiones distintas en el más allá. Prácticamente no hay nada en Los mantras modernos que funcione como uno acostumbra, aunque Castagnet es lo suficientemente hábil como para que ni lo más absurdo suene disparatado en su universo ficcional.

¿Cómo es el mundo de Los mantras modernos? En él, la gente desaparece porque sabe hacerse invisible voluntariamente. Aunque la desaparición es solo el primer paso de una aventura más profunda: los desaparecidos se disuelven hasta entrar en un lugar llamado la fosforescencia, que se parece mucho al futuro y en el que se puede incluso morir, aunque la muerte en el futuro implique la muerte en el presente, porque de algún modo son simultáneos (bueno, estas cosas no son fáciles). En la fosforescencia todo está deteriorado, plagado de materia orgánica putrefacta y de objetos destartalados. A su vez, en el futuro hay buscadores, unos oráculos tecnológicos a quienes los habitantes del presente les pueden hacer preguntas mediante una computadora o gracias al bindi, un chip instalado en el cerebro que permite la comunicación a distancia y la conexión permanente con otros habitantes del presente y del futuro. Además hay telepatía, androides, perros y mesas que hablan y, como si esto fuera poco, está la weird life o materia exótica, residuos de esa materia orgánica descompuesta que vienen del futuro y que solo se ven con unas aplicaciones especiales. La vida exótica va invadiendo el presente y se adhiere como una excrecencia a los cuerpos y a las cosas.

Por otro lado, las cosas no andan muy bien. Por culpa de los buscadores, la gente está cada vez más convencida de que se viene el fin del mundo. Todo se deteriora a paso acelerado, incluso el sistema político, porque hay un golpe de Estado en marcha y una inundación gigante que se acerca.

En este mundo altamente distorsionado transcurre Los mantras modernos, novela llena de olores y de sensaciones táctiles mayoritariamente desagradables, de padecimientos por hambre y frío, por vejez, por decaimiento de los personajes, por soledad y angustia, por la pérdida del amor. En realidad, el telón de fondo apocalíptico (más que posapocalíptica, esta es una novela preapocalíptica, previa al colapso) es el marco para una fábula sencilla y propia de la novela psicológica y costumbrista. Los mantras modernos es la historia de las familias de los dos ingenieros que instalan los buscadores en el futuro y padecen por ello terribles consecuencias. Mientras tanto, el hijo de uno y la hija del otro forman una pareja que se rompe para gran sufrimiento de ambos. También hay hermanos, sobrinos, hermanas, abuelos y perros, cuyos contactos se entrecruzan continuamente mientras todos sufren en carne viva. En tiempos de mi abuela, se hablaba de las novelas “de amor y sacrificio”, expresión que no volví a oír pero que se aplica bien al libro de Castagnet, que narra el esfuerzo de las dos familias para reconstruirse o, al menos, para alcanzar la paz a partir de sus lacerantes lazos afectivos. Mientras lo intentan puede que, de paso, rescaten al mundo del abismo en el que está a punto de precipitarse. Hay una épica en Los mantras modernos, una épica que se disimula detrás de sus extravagantes premisas, de sus escenarios sobrepoblados de lágrimas y excrementos y de la torsión retórica que consiste en pasar de la narración en tercera persona a la segunda persona cuando los personajes desaparecen.

Los mantras modernos tiene intensidad, densidad. Hay detrás una tradición, la ciencia ficción sucia. Pero no es un libro que haya leído con deleite. Me parece que Castagnet trabajó demasiado duro para evitar expresarse con menos artificios, como si solo ser impúdico en relación con los cuerpos le diera permiso para ser franco con los sentimientos.

Foto: Flavia de la Fuente

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