El cielo del Ampurdán

Sistemas

Leí anoche en Sainte-Beuve que Alain-René Lesage, sordo desde los cuarenta años, usaba un cornetín de metal para escuchar y sobre todo para no escuchar. Si le interesaba una frase de la tertulia se calzaba el cornetín; caso contrario, lo dejaba caer. Un sistema previsor y benéfico, incluso a costa de la propia salud. Puede decirse que Lesage vivió en un mundo de buenas noticias. Sus novelas y hasta su carácter optimista serían una prueba en favor del cornetín, y me pregunto si un sistema parecido de recortes de la percepción no será extensible a todos los novelistas, particularmente a uno, Proust, que de alguna forma incluye a todos los demás.

99.bolas de luz

Escribir crítica literaria apoyándose en cartas, testimonios, anécdotas, que fue lo que hizo y casi inventó Sainte-Beuve, conlleva el riesgo de pasar a la posteridad como un tonto que no supo ver lo que después ve todo el mundo. No hay duda de que Sainte-Beuve cometió errores gruesos. Se equivocó con Stendhal, con Nerval, con Baudelaire… Esto habría bastado para hundir a cualquiera. Sin embargo, Sainte-Beuve resistió. En ese sentido el Contra Sainte-Beuve de Proust, quizás temeroso de que rastrearan las claves privadas de la Recherche, fue ineficaz, porque postula una verdad (que la literatura tiende más a la música que a la historia) para tapar otra (que arriesgarse a la crítica histórica, y a la vez resistir el paso del tiempo, requiere algún tipo de cualidad musical). Proust hablaba como el poeta que era, consciente del dicho de Wilde de que la crítica literaria es la forma más civilizada de la autobiografía.

Si algo confirma que Proust fue un artista es su sistema de recortes de la percepción. En vez de abrirse a todos los estímulos, todas las personas, todos los lugares, se plegó sobre sí mismo y salió de su casa exclusivamente para fijar una nota determinada. Seleccionó al máximo la Historia, o la realidad, que es lo mismo. Quizás se debió a una evidencia que todos intuimos: la realidad es más rara que su representación. De un mismo pensamiento (digamos, el de Schopenhauer) puede salir un monje budista o Hitler. Se trata de traducirla en el punto exacto. El sistema proustiano tiene la ventaja de hacer saber al escritor su condición de no existente en el mundo real; pertenece al reino musical de lo indefinido y lo irreparable. La mayor de las artes es la música. Aunque hablemos de Heidegger o de Sartre, estamos hablando de música, de una imagen acústica. La música sólo existe en la mente, igual que los colores; fuera de ésta sólo hay vibraciones, y la mente sólo puede traducir una cierta gama de vibraciones… En fin, un problema. La solución que encontró Proust fue inventar un sistema de recortes que funcionara como una notación musical para la representación escrita. Notar un sector de la realidad en sus salidas (la última: una visita a un cuadro de Vermeer) para después volcarlo en el pentagrama de su novela. Nada más pertinente que tapizara de corcho las paredes de su cuarto. Como si esto fuera poco, la Historia colaboró con él, aislándolo aún más con una guerra. Para que todo cayera en su lugar, esa misma guerra aisló a Kafka (su último escrito: Josefina la cantora).

De estas cosas hablo con un amigo en el Casino de Cadaqués, donde estoy por unos días. Por momentos mi amigo me escucha como quien oye llover, probablemente harto del ombliguismo de la literatura francesa. Como para confirmarlo me dice que Balzac llegó a ser un gran novelista porque estaba convencido de que Francia era el único lugar del mundo. De ahí la energía, la pasmosa fertilidad de su imaginación. El pago que entregó a cambio fue la vulgaridad (con Balzac entra el dinero en la literatura) que nadie ha dejado de reprocharle. También recuerda a Flaubert, el provinciano por excelencia, lo que en España llaman un cateto y en la Argentina un paisanote en toda regla. Convenimos en que varios de los novelistas clásicos, Balzac, Dickens, Dostoievski, el mismo Stendhal, fueron individuos bastante rústicos. Justamente lo contrario del ambiente en donde conversamos, silencioso, intelectual, casi abstracto. No por nada Duchamp pasaba aquí largas temporadas.

Tal vez algún lector suponga que Cadaqués es silencioso y abstracto porque está vacío. Se equivoca. En verano hay mucha gente, y los fines de semana, muchísima. Aun así reina el silencio. O la discreción, para definirlo con una palabra más justa. Si por la noche corren el sexo, el alcohol o las drogas, cosa que tengo por segura, nadie lo publicita. La impresión de soledad y silencio en medio de la multitud es de una extravagancia perfecta, inexplicable. Ni siquiera los incesantes contingentes turísticos logran alterar la calma noble de este pueblito de pescadores. De más está decir que antiguallas como las feministas o los militantes antiglobalización brillan por su ausencia. Los veraneantes no tienen nada que decirle a nadie y viven la vida sin hacer bambolla. Las mujeres andan por la playa como vinieron al mundo. Para una persona distraída esto es un engorro, pues resulta difícil tratar con ellas sin algún sobresalto.

Más arriba nombré al Casino del pueblo. Debe entenderse la palabra en su segunda acepción, como un lugar de música suave y esparcimiento, sin mesas de ruleta. Está situado frente al mar, prácticamente donde empieza la playa. Es un placer sentarse allí con una copa a la caída del sol. El cielo del Ampurdán tiene colores rarísimos. Es cierto que la obra de Dalí modificó nuestra percepción y vemos el cielo de un modo retrospectivo, como si viniera de otro siglo, o más exactamente de la casa de Dalí, que mandó poner un espejo en su dormitorio para captar la luz desde el amanecer hasta el crepúsculo sin levantarse de la cama. Otro sistema ingenioso de este hombre a medio camino entre el iluminado y el viajante de comercio. En cualquier caso el atardecer es deslumbrante. Tonos escarlata, índigos, vetas lilas, rayas de amarillo furioso, y abajo los barquitos pintados sobre un mar verde-azul, eterno. Desde hace años tengo la inquietud de que si prestara la debida atención en la cubierta de uno de esos veleros descubriría a Fogwill, quien por el momento se niega a aparecer.

Foto: Gabriela Ventureira

 

3 comentarios to “El cielo del Ampurdán”

  1. Noni Says:

    todo muy bien hasta ese comentario sobre las feministas y los antiglobalización, ahí se te olvidó el adjetivo: ruidosos. Porque sospecho que es eso lo que te molesta. Por lo demás, el intelectual ¿es el Dobry?

  2. Yupi Says:

    Feministas, psicoanalistas, ecologistas, leninistas, telefonistas, evangelistas, toda asociación brilla por su ausencia. Es un estado casi preadánico. Y si es así puede pasar cualquier cosa, entre otras que aparezca el viejo lobo de mar.
    http://www.youtube.com/watch?v=8UgvrKKHeRA

  3. Hugo Abbati. Says:

    Si Lasage advertía que algo le podía interesar y se calzaba el cornetín, significa que, sin cornetín, podía advertir que lo que se decía le interesaba. De modo que, para no ir contra la sordera de Lasage, cabe señalar que, lo más probable, es que decidiera el cornetín.

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