Mesa de luz (2)

por Quintín

Publicado originalmente en La Agenda el 5-6-2017

1) Las visiones, de Edmundo Paz Soldán (Editorial Páginas de Espuma)

La semana pasada entré en la librería Waldhuter cuando estaba por empezar la presentación de Las visiones. Suelo huir de este tipo de ceremonias, pero ya que estaba ahí, estuve espiando un rato y quedé muy sorprendido cuando Bob Chow, uno de los panelistas, le preguntó al autor si había leído una entrevista aparecida en La Nación en la que se lo indicaba como futuro candidato al premio Nobel. También me sorprendió un poco la respuesta de Paz Soldán, quien negó haber leído la nota y agregó que no está pensando en el Nobel “en este momento”, como si la idea no fuera ajena a sus objetivos. Contestó como un jugador de fútbol a quien le preguntan si es verdad que lo está por comprar el Real Madrid y responde que no piensa en eso porque está muy cómodo en Banfield (debo la comparación al editor Ariel Díaz, a quien le conté la anécdota).

carritoyarena

Me quedaba la duda de que Bob Chow estuviera fabulando, pero no era así. La entrevista se publicó el 18 de octubre pasado y, antes de la primera pregunta a Paz Soldán, dice de él Daniel Gigena: “Por su perfil literario y político, se diría que es uno de los autores latinoamericanos que en el futuro podría aspirar al Nobel de Literatura. Sería un acto de justicia.” No todos los días se leen elogios de este porte, de modo que seguí leyendo y me encontré con esta respuesta: “Comencé a narrar por la novela de aventuras y la novela policial, esos géneros me dieron la base de la cuestión narrativa. Una vez que tienes esa base, puedes hacer otra cosa, jugar más con el lenguaje, con los personajes, jugar con las formas. Entiendo que los géneros populares te enseñan modelos, a partir de ahí se puede empezar a improvisar.”

No es común encontrarse frente a un futuro premio Nobel, pero tampoco frente a un escritor que cree que en literatura se empieza, por así decirlo, de abajo, con novelas de género, para después ir más allá. Había leído una novela de Paz Soldán, El delirio de Turing (Alfaguara2003, ahora reeditada por Metalúcida) y me pareció un thriller político correcto, ingenioso, muy trabajado y un tanto soso, la obra de un escritor profesional sin una voz propia, escrita en un castellano neutro con algún tono local en el habla de personajes marginales.

Hay un salto entre El delirio de Turing y los relatos de Las visiones, aunque para hablar de ellos es necesario referirse a Iris (Páginas de espuma, 2014), ambiciosa novela de (ciencia) ficción apocalíptica y connotaciones políticas. Los cuentos de Las visiones podrían ser outtakes de la novela. Iris es un territorio colonizado por una corporación que explota a los nativos en las minas, trabajo esclavo agravado por una catástrofe nuclear previa cuya radiación, que produce enfermedades terribles y muertes prematuras, afecta a todos los habitantes, incluidos los shanz, policías mercenarios encargados de cuidar el orden y aplastar la insurrección de Orlewen, cuyo contrato les impide abandonar Iris de por vida. El lugar es un infierno de violencia continua, de locura colectiva, de drogas duras y alucinaciones permanentes, de desesperación y dolor, de asesinatos terroristas y torturas sádicas. La novela simpatiza con los revolucionarios, pero la mayoría de los personajes forman parte de los opresores, atrapados entre dos mundos y dos religiones, porque los irisinos creen en Xlött y en Malacosa, dioses terribles y poderosos que se instalan en los sueños. Iris, ese caos sucio y letal, con seres artificiales que apenas se distinguen de los humanos, se parece al universo de Blade Runner,

El trabajo de Paz Soldán alrededor de ambos libros fue enorme, obsesivo y sistemático. El mundo de Iris es de un abigarrado sincretismo en el que intervienen videojuegos, tradiciones precolombinas, metáforas del colonialismo y dispositivos tecnológicos, montados sobre una esquema genérico de aventura espacial y bélica en la que el eventual triunfo de la insurrección es menos una apuesta a la épica de la liberación tercermundista que un guiño a la corrección política. Iris se podría pensar como una actualización de Macondo y como parte de la tendencia de buena parte de la literatura latinoamericana reciente hacia el género fantástico y a una visión apocalíptica del futuro que abarca toda América Latina y los Estados Unidos.

La obra de Paz Soldán hace pensar que puede estar en marcha nuevo boom, o más bien un big bang cuyo momento inicial es la obra de Roberto Bolaño, de tan buena recepción en los círculos académicos y editoriales americanos. Allí vive Paz Soldán desde hace años y, como otros escritores de la región, enseña literatura mientras su imaginario está a caballo entre varios países. De ahí surge, tal vez, el curioso lenguaje en el que están escritas Iris y Las visiones, una especie de esperanto light que incluye giros del espanglish de las minorías latinas en EE.UU., así como apócopes del habla cotidiana mexicana o boliviana y hasta del portugués. Pero, más allá de algunos sustantivos que refieren a especies, ocupaciones y objetos propios de Iris (los soldados shanz, las arañas zhizu, las computadoras lenslets que se implantan en los ojos) esta construcción lingüística en la que se expresa el habla y los pensamientos de los personajes (no así el texto en tercera persona) se reduce a los artículos, las preposiciones y algún adverbio. Así, el “entonces” se sustituye por “den” (de then), el “ahora” por “nau” (de now), el “nuestros” por “nosos”, el “maldito” por “fokin” (de fuckin’), lo que produce frases como “La celda respira, se agiganta y den se reduce a un orificio nel que solo cabe mi bodi” o “den nau podría explorar tu nuevo ser tu” (el segundo “tu” reemplaza a un “también” (de too).

Pero el idioma unificado de Paz Soldán está lejos de ser un hallazgo. Es más bien un procedimiento mecánico que envilece el castellano sin aportarle riqueza ni plasticidad. Es simplemente feo y monótono. Las visiones adolece de ese problema en general. Sus relatos son de una sordidez extrema, una colección de muertes violentas, de pesadillas angustiantes y de espantosas tragedias personales, patrones del que ocasionalmente escapa algún cuento como “Anja” o “El rey mapache”. Paz Soldán es un escritor lúgubre, con un sentido del humor poco desarrollado. Su sistemática negrura enturbia tanto la pulcritud de la prosa como su aliento indudable para elaborar tramas, personajes y situaciones. Este discípulo inconfeso de Vargas Llosa, atrapado en los meandros de la narrativa tradicional y los pasos de la carrera de escritor, se parece un poco a sus shanz, esos seres en falsa libertad, condenados por un contrato diabólico pero voluntario.

2) Op Oloop, de Juan Filloy (Editorial Cuenco de Plata)

Alguien que no va a ganar el Premio Nobel es Juan Filloy. Cuando murió, en julio de 2000, después de vivir en tres siglos (había nacido en 1894), Guillermo Piro publicó un obituario en el que se preguntaba si, en veinte años, Filloy sería finalmente leído como se merece. Pasaron diecisiete y no ocurrió: Filloy sigue sin leerse ni estudiarse y al menos veinte de sus novelas continúan inéditas. Quedó fuera al margen del canon de la literatura argentina que la Academia construyó en estos años. Es un escritor sobre el que se ha decidido pasar de largo dándole la razón a Borges, que destruyó sus novelas en tres palabras: “extravagantes e ilegibles”.

En su Diccionario de autores latinoamericanos, Aira es más generoso. Habla de “curiosas novelas, con un desprejuiciado sentido del humor y el lenguaje” y agrega: “aunque la crítica reconoció el carácter pionero de esta obra solitaria y anticonvencional, no despertaron mayor entusiasmo (una cierta falta de encanto en las laboriosas y meritorias novelas puede haber sido responsable).”

Copio un pasaje de Op Oloop, una novela que confirma la irreverencia y la originalidad de Filloy. Corresponde a un diálogo durante un banquete en el Plaza Hotel, acaso el más notable que se haya narrado en la literatura argentina. Dice Macrof, tratante de blancas de lujo: “Adoro a los tres cojos insignes de Francia: Claude Bernard, Claude Monet y Claude Debussy. Usted, Op Oloop, que mide pitagóricamente a los hombres, sabe lo que eso significa. Discúlpeme que lo haya interrumpido.” Responde Op Oloop, estadígrafo finlandés: “En absoluto. Yo también los adoro. Aunque no tanto como a las cojas, cuyo defecto incidiendo muscularmente en el sexo, resulta una fuente de extrañas voluptuosidades. Montaigne, buen catador de vinos y doncellas, es el único que yo sepa que haya anticipado mi experiencia. Pero no cojeemos más. Volvamos.”

Ciertamente extravagante, pero también irresistible y desfachatado, Op Oloop se publicó en 1934. Filloy había leído Los siete locos (1929) y el Ulises de Joyce (1922). Además de una agilidad mental notable que lo convirtió en rey de los palíndromas, Filloy tenía una cultura enorme y variada. Su conocimiento de la historia, por ejemplo, era sofisticado y minucioso. Una de las digresiones más felices de Op Loop es la dedicada al pasado del protagonista como funcionario de la American Graves Registration Service, organismo del ejército americano dedicado a identificar a los muertos en combate (leo que Filloy influyó en Marechal y Cortázar, supongo que también en Laiseca). Ese pasaje es también la ocasión para un elocuente alegato contra la guerra. Op Loop describe de este modo al general Pershing y al mariscal Foch inspeccionando los cementerios de la Primera Guerra: “Jefes supremos de la hecatombe, parecían recabar una venia póstuma a sus propias víctimas.”

Op (Optimus) Loop es un personaje único en la literatura argentina. Finlandés exiliado después de participar en la insurrección comunista, se especializó en estadística y, tras viajar por el mundo, recaló en una Argentina malhumorada y reprimida, en la que convive con funcionarios del gobierno, burgueses, lúmpenes, delincuentes y compatriotas a los que no quiere demasiado. Salvo a una mujer, Franziska, cuyo amor hace entrar en crisis su racionalidad extrema y su metódico sistema de vida. Op Oloop es también una radiografía del mundo extraviado de los años treinta, en particular del incierto devenir argentino, que Filloy trata asumiendo, contra el error persistente de sus colegas, que no hay forma de abordar el país sin una comprensión global. Op Oloop es un comunista prosoviético hasta el final, pero me pregunto cuál sería la posición política de Filloy. Es una de las tantas cosas que me gustaría saber de un escritor apasionante.

Foto: Flavia de la Fuente

Una respuesta to “Mesa de luz (2)”

  1. Marcia C. Reiriz Says:

    Estimado Quintin: Traté incidentalmente a Filloy. Era un socialista de los de principios de siglo, línea Juan B.Justo, con tintes anarquizantes, vegetariano, contrario al alcohol. Fue, también un Juez Civil de carrera y muy importante en Córdoba por sus posturas avanzadas y anticlericales en Derecho de Familia. Era cultísimo y un poco excéntrico. A Borges no le gustaba porque su obra es muy alegórica y Borges detestaba la alegoría. En cambio, Cortázar lo veneraba. Todos los títulos de sus libros tienen 7 letras….y rendia culto ( no se porque) al numero 7. Un saludo

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