Reseña de la semana (4)

Sobre Suomenlinna de Javier Calvo

por Quintín

Recibo una postal de Lola Copacabana. Viene con un libro de Momofuku la editorial que maneja con Hernán Vanoli. Cuenta que se va a estudiar a Estados Unidos. Espero que le vaya bien y no vuelva convertida en otro scholar a enseñarles a los latinoamericanos a parecerse a Bolaño y a trabajar duro como hacen los gringos.

Luzyhombrecito

El libro se llama Suomenlinna y es una novela del español Javier Calvo, nacido en Barcelona en 1973, novelista y traductor (quiero leer su ensayo sobre la traducción, El fantasma en el libro), que vive en Nueva York. Calvo tiene el problema de muchos escritores del siglo XXI: necesita hacernos ver que, dado que no es como los escritores del siglo XX, tampoco es del siglo XIX. Por eso, tal vez, necesitan salirse del relato.

Suomenlinna es una isla de Finlandia (según la Wikipedia, es una fortaleza que se extiende a lo largo de cinco islas, por lo cual no estoy seguro si Calvo respeta o no la geografía). Allí vive Mirkka, “la chica problemática”, una adolescente que se metió en líos. El libro empieza cuando Mirkka llega esposada a para pasar la Navidad con sus padres en un permiso de 48 horas que le dio el correccional donde está presa. Los sucesos que llevaron a Mirkka a la cárcel ocurrieron un año antes y la novela se desdobla en dos tiempos: la visita de Mirkka a su familia, a la que odia y desprecia por un lado, y su historia con una bandita fascista juvenil que terminó mal por el otro.

Lo inexplicable de la novela de Calvo es que incluye (desde la primera página, aunque después se modera) cosas como esta:

Y sí, es cierto que empezar la historia con un atardecer de ventisca es un truco narrativo lastimoso que no dice nada bueno del autor de este relato.

Es la clase de oración que merece que uno tire el libro y no lo abra nunca más. Para colmo, la monserga metanarrativa continúa así:

Un truco equivalente, por ejemplo, a las escenas oníricas ricas en material freudiano o al uso narrativo de aves silvestres para transmitir elemento semióticos asociados al Destino. Y, sin embargo, tal como su heroína adolescente no tardará en descubrir con cierta desazón, esta historia funciona al revés. No contiene elementos simbólicos. No es ninguna metáfora del mundo. Al contrario, el mundo es una metáfora de esta historia. El tren arranca de la estación, como de costumbre, pero la mano que saluda no está dentro sino fuera. El mundo arranca y el tren se queda quieto.

Bien, no tengo idea que qué quiere decir Calvo con que “el mundo es una metáfora de esta historia” y tampoco me di cuenta de que la protagonista se diera cuenta de eso en algún momento. Tal vez sea algo muy inteligente, pero me parece totalmente hueco.

Y, sobre todo, innecesario, forzado, pedante. Como si Calvo pensara que un relato sobre una chica feúcha y provinciana que sufre como todas las adolescentes pobres contemporáneas, pero un poco más por vivir en un pueblo perdido cerca del polo (es cierto que también cerca de Helsinki, pero Helsinki también es el culo del mundo, como se puede ver en las conocidas películas de Kaurismaki e intuir en el lirismo desesperado de las mucho más secretas películas de Peter von Bagh, refugiado en la cinefilia para contrarrestar el oculto horror finés del que da noticias Op Oloop de Filloy), una chica cuyo destino es la gordura y el alcohol en el mejor de los casos y al que trata de escapar de algún modo, no puede ser contado sin agregar esas ideas del autor que le confieren un aura de supuesta originalidad o genialidad o no se sabe qué, pero que parecen destinadas a dejar claro que quien escribe no es un ingenuo sino un tipo avisado.

Se me fue la mano. Bajo un cambio y reconozco algo. Es cierto que incluir esas consideraciones sobre la literatura (aunque no sean brillantes) es ameno. Cuando uno empieza el libro y, hasta que se acostumbra a él, esas consideraciones son más entretenidas que el relato realista que le sigue, la descripción de la llegada del ferry a la isla, del patrullero que abre las puertas para que Mirkka baje escoltada por los policías, la hosquedad de ella, el saludo temeroso de los padres. Lo de las metáforas es como un endulzante, lo hace menos árido, vuelve la novela en cierto modo más hospitalaria. Calvo pinta la aldea, no la suya sino la global con toques fineses y la receta incluye hoy un poco de teoría.

Olvidándose de todo eso, pasando por alto que si la novela no es una metáfora del mundo es una ilustración de lo que Calvo piensa de él, Suomenlinna está bien, hasta resulta a su modo conmovedora, aunque a los escritores españoles de posguerra les gusta posar un poco de Humphrey Bogart y temen quedar como sentimentales. Pero sí, Mirkka y sus fantasías con los dioses ancestrales, con la película Wicked Man y con los sacrificios humanos, sus frustraciones amorosas e intelectuales, su soledad y su desesperación terminan siendo algo entrañables. Calvo lo consigue intentando todo lo contrario. Esta chica sumida en la negrura se nos parece misteriosamente. No es necesario avisar que nos distinguimos de ella.

Foto: Flavia de la Fuente

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