Reseña de la semana (3)

Sobre Ahí va el señor G de Juan Manuel Chávez

por Quintín

Durante la Feria del Libro conocí a Maximiliano Kreft, quien me habló de lo interesante que es, a su juicio, la escena literaria peruana. Tan entusiasmado está, que como director editorial de Campo de Niebla, publicó Ahí va el señor G, de Juan Manuel Chávez, que para él representa un dinamismo limeño que se diferencia positivamente de la literatura de otros países de la región, en particular de la Argentina. Bueno, no sé si Kreft dijo exactamente eso, pero sí dijo al menos que había algo diferente para leer y el libro de Chávez era un excelente ejemplo.

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Tanto entusiasmo me convenció, así que compré el libro y, un par de meses más tarde, lo acabo de terminar de un tirón (dos tirones, para ser preciso). Sé muy poco de lo que ocurre en Perú y desconozco qué otros escritores hay allí además de Chávez. Kreft me señaló Generación cochebomba de Martín Roldán Ruiz, publicada en 2007 y reeditada en España en 2015, como un posible punto de partida para el movimiento actual, pero me limitaré a hablar de Chávez, del que no sé nada más que lo que leí en la contratapa del Señor G: Nació en Lima en 1976, estudió “de todo”, publicó al menos otras dos novelas, además de cuentos, ensayos e investigaciones y ganó algunos premios. Terminó el libro en Italia, becado por la Scuola Superiore per Mediadore Lingüistici de San Pellegrino.

El mediador lingüístico Chávez es un escritor curioso. Tiene una facilidad notable para generar pequeñas historias que se combinan con cuestiones históricas, científicas y mediáticas, como si su escritura fuera un géiser de ideas más o menos mentirosas sobre el mundo. Eso es exactamente lo que hace el protagonista de la novela, precisamente el señor G, un empresario que, muy joven, fundó una productora de televisión independiente que, con el tiempo, se transformó en un emporio cuyos contenidos son el alimento informativo y ficcional de todo un país. El gran descubrimiento del señor G fue que no hay diferencia entre ambos, porque “la gente no buscaba la verdad en la pantalla; prefería que le cuenten una falsedad mágica incluso en los noticieros. En la simulación estaba el negocio y sus programas actuales, espectados por millones, eran la prueba ruidosa de su éxito. Toda vez que la audiencia detectaba que tras un logro ajeno o una desdicha colectiva se agazapaba el afán de la objetividad informativa, la misma audiencia se marchaba buscando otro canal.”

Como se ve, Chávez escribe un poco raro (¿de dónde sale esa palabra “espectados”) y lo que dice tampoco es un gran hallazgo filosófico. Pero la novela está notablemente bien construida, porque va creando una convergencia entre el autor y el personaje. Al principio, el señor G se encuentra en una serie de disyuntivas vitales: lo amenaza un marido engañado, se siente tentado a adoptar una huérfana de Costa de Marfil (en lo que a todas luces es un a estafa electrónica), vacila antes de tomar Prozac, tiene una relación demasiado distante con sus padres, Lima sufre un terremoto cuyas réplicas afectan incluso a su edificio. El planteo promete desembocar en uno de esos bodoques que mezclan intriga y sentimentalismo, pero Chávez va por otro lado: mientras construye el pasado del protagonista a partir de un pequeño número de escenas (su primera pelea, la primera mujer que le movió el piso, el descubrimiento de su raro talento), va diluyendo las expectativas sobre el futuro de G, desvaneciendo el suspenso y concentrando la energía en la pintura del personaje, en su discreta infelicidad, en su soledad y sus temores apenas equilibrados por su tenacidad y su habilidad para los negocios. Chávez se va a acercando cada vez más al señor G y se encuentra con él en las últimas páginas, para cerrar el relato con el final de la propia escritura, como si fuera otro programa del señor G, otra de sus conjeturas que de ningún modo son la verdad pero podrían serlo si el lector es lo suficientemente cómplice.

Novela rápida, entretenida, Ahí va el señor G es parte de una literatura que tiene poca relación con la que se hace en la Argentina en este momento. Tiene menos prejuicios, está menos atormentada por la presión del superyó de la cultura universitaria que obliga a pretender un estatuto trágico para la escritura y sus personajes, ya casi imposibilitada de tratar con lo cotidiano. Creo entender la idea de Kreft, la necesidad insuflar aire desde Lima. Leyendo a Chávez, uno tiene la impresión de que es un nieto de Vargas Llosa, otro practicante de un realismo sin pretensiones de novedad, como si la literatura no necesitara de justificaciones más allá de su propio impulso.

Foto: Flavia de la Fuente

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Una respuesta to “Reseña de la semana (3)”

  1. Maria C.Reiriz Says:

    Muy buena reseñas! Las espero. Un abrazo y buen fin de semana

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