Policiales (1)

Sobre Fatídica, de Jean-Patrick Manchette

Publicada originalmente en Eterna Cadencia, el 30-5-2017

por Quintín

Una asesina recorre las pequeñas ciudades francesas. Es una mujer atractiva, bien vestida, cultivada, capaz de seducir a los burgueses. Llega al lugar, se introduce en el círculo de las buenas familias y, al cabo de un tiempo, se entera de los secretos de sus interlocutores. Primero de las infidelidades, después de los asuntos turbios de dinero y, por último, de ciertos crímenes ocultos en el pasado. Luego los extorsiona, mata a alguno y huye para instalarse en otro pueblo con otra identidad y volver a empezar.

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Fatídica, de Jean-Patrick Manchette —publicada en 1997 como Fatale y reeditada en 2016 por el sello español Navona— es la historia de esa mujer singular, que viene de llamarse Mélanie Horst y ahora, recién llegada a Bléville en Normandía, se llamará Aimée Joubert. Manchette (1942-1995) fue un escritor singular. Sucesivamente comunista, sesentayochista, anarquista, situacionista, se puso a escribir policiales al principio de los setenta. Con dos novelas publicadas en 1971 (Dejad que los cadáveres se bronceen y El caso N’Gustro) renovó el género que sus compatriotas llaman polar. La llegada de un intruso a un pueblo francés en el que hay cosas oscuras en el aire remite a uno de los esquemas favoritos de Georges Simenon, cuando al comisario Maigret le toca desenterrar el pasado y resolver un crimen en el ambiente sórdido, cerrado e hipócrita del pueblo chico, en esa superficie calma que esconde secretos terribles.

Pero Simenon es un escritor de derecha y Manchette es un escritor de izquierda. Mientras que el punto de vista de Maigret es el del policía que intenta esclarecer los delitos, el de Joubert es el de quien los comete, una vengadora resentida o una justiciera cósmica. Aunque su detective es afable y equilibrado, la opinión de Simenon sobre el género humano no es de las mejores. Su genio literario, heredero de Balzac, se apoya en el peso de lo material: en sus breves novelas se siente frío, hambre, cansancio, se paladea el alcohol y se insinúa la excitación sexual. Desde esa base empírica, sensorial, construye una visión de la sociedad como una encrucijada de egoísmos y bajas pasiones que responde a “la vida como es”. Y esa vida no tiene redención: la represión es lo único que mantiene la civilización relativamente a flote y, si es necesario el fascismo para eso, tampoco está tan mal (Simenon fue indudablemente antisemita y posiblemente colaboracionista). Para un anarquista, esa posición es insostenible: es el sistema el que crea la desigualdad, la disputa enloquecida y, en consecuencia, el crimen y así los crímenes están de disculpados porque son posteriores al gran crimen previo del capitalismo y su alienación.

Pero Manchette no hace literatura militante. Más bien está preso de una contradicción. Gran conocedor de los mecanismos del policial (con ellos se ganó la vida como guionista de cine y comics, traductor y crítico), sabe que el lector se identifica con Mademoiselle Aimée, y quiere que cumpla su propósito de hacer que los poderosos de Bléville se destruyan entre sí como en la Poisonville de Cosecha roja. De hecho, una de las características de la ciudad es que hay una fábrica, propiedad de los dos ricachones del pueblo, que contamina y mata. Hay algo en la campaña asesina de la protagonista que preanuncia otros anarquismos feministas, como el de Virginie Despentes y su Baise-moi, tan emparentado con el cinismo hedonista de Manchette. Porque Manchette y su criatura no son puritanos de la revolución sino, más bien en la tradición situacionista, enemigos del sistema que quieren disfrutar de sus comodidades, de sus consumos de lujo, de su ocio. Aimée Joubert es, en el fondo, una máquina deseante que sabe que su deseo no será satisfecho en las condiciones actuales del mundo. Esa aporía se ve muy clara en otra novela de Manchette, Balada de la costa Oeste, cuyo protagonista es un ejecutivo que se ve envuelto en una aventura llena de violencia en la que se salva de morir por un pelo. Durante un tiempo, abandona la familia y el trabajo para enfrentarse con una banda de asesinos. Después de vivir un año en medio del peligro, vuelve a sus rutinas confortables pero sabe que todo está mal a uno y otro lado de la ley, que la sociedad deja insatisfechos a los burgueses y a los marginales.

Fátídica resulta una novela más bien abstracta con una protagonista irresistible y una mirada masculina que se hace cómplice de su feminismo, aunque nos haga sospechar que Aimée necesita ser amada por un hombre (Manchette, que trabajó muchas veces con su mujer, es uno de los pocos escritores que vuelven mira la pareja bajo una luz positiva). La última frase del libro es “MUJERES VOLUPTUOSAS Y FILOSOFAS, A VOSOTRAS ME DIRIJO” (así, con mayúsculas).

Fatídica es anómala en la obra de Manchette. De hecho, la Série Noire se negó a publicarla por su falta de acción y verosimilitud. Es evidente que, como producto de género, tiene dos defectos. Uno es su ritmo pausado; el otro es que la trama, a partir de un momento, entra en un laberinto del que Manchette no sabe o no quiere salir. Esos aparentes defectos la hacen aun más interesante, porque Fatídica pone en crisis la convención de que una novela policial narra una perturbación pasajera del orden que será finalmente restablecido. Es cierto que no es el primero en hacerlo (pienso, por ejemplo, en Patricia Highsmith). Pero Manchette no construye un orden distinto, oculto, sino que apuesta sigilosamente al caos, a lo indecidible, a un horizonte para la literatura que deja descolocado al género, incluyendo su propia obra.

Foto: Flavia de la Fuente

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