Mesa de luz (1)

por Quintín

Publicada originalmente en La Agenda, el 23-5-2017

1) La ciudad invencible, de Fernanda Trías (Editorial Hum)

En La ciudad invencible, de la uruguaya Fernanda Trías, la narradora dice: “Ustedes piensan que la literatura empieza y termina en la Argentina”. La novela, fuertemente autobiográfica, hace pensar que Trías cree lo mismo. La ciudad invencible está escrita en argentino y, de hecho, cuenta que la autora aprendió a decir zapatillas, colectivo y facturas para no pasar por oriental. La Buenos Aires invencible de Trías es la de Varela Varelita, el mítico café de la calle Scalabrini cuyo patrón simbólico fue Héctor Libertella. Para esa generación, para ese grupo, los de afuera son de palo, sobre todo los contemporáneos. Para Borges también lo eran. Trías dedica el libro a Ricardo Strafaccce, biógrafo de Lamborghini, patrón subrogante del Varela Varelita y empieza con una cita de Borges: (“Esta ciudad que yo creí mi pasado es mi porvenir, mi presente; los años que he vivido en Europa son ilusorios, yo estaba (y estaré) siempre en Buenos Aires”). La novela termina cuando la narradora abandona la ciudad con una beca al exterior. Pero Buenos Aires, nos dice con cierto toque demagógico, es la vencedora. El libro es elegante, seco, duro, como suelen serlo los libros que hablan de la cocaína como un dato cotidiano (si unos tienen derecho a los vicios, otros tenemos derecho a los prejuicios) y tiene un personaje notable: Marita, la portorriqueña con una pierna de plástico. Por otro lado, la narradora hace pensar en María Moreno, pero el personaje construido por Moreno es más querible. Pongamos que Trías es María Moreno, pero más cruel y con becas.

 

Perrosterminal

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De todos modos, cada vez es menos cierto que los escritores argentinos solo tengan como referencia a otros argentinos. Las nuevas generaciones frecuentan y elogian a los compatriotas que pertenecen a sus respectivos subgrupos pero, en general, viven leyendo literatura americana (por favor, no me hagan decir estadounidense que esta no es una columna nacanpop). También es cierto que se leen, se reseñan, se invitan a festivales y congresos más escritores sudamericanos. De hecho, los festivales, becas y congresos, que hacen circular a las personas, son en buena medida los responsables de la circulación de los textos. De todos modos, hay un país que casi no penetra en los círculos literarios locales. Me refiero a España. Desde luego que los Pérez Reverte y los Zafón venden mucho, pero las personas distinguidas no se los toman en serio. Y hacen bien, en eso estoy con los elitistas. Aun escritores más consistentes como Javier Marías o Vila-Matas encuentran serias resistencias en el círculo rojo de los entendidos. Por mi parte, siempre intento leer a los españoles, encontrar por fin nombres nuevos que valga la pena leer, que se escapen de ese mundo hispano y para hispanos en los temas y las formas, escritores que sean un poco menos farragosos, un poco más imaginativos, más experimentales o más universales de lo que suelen serlo los españoles. Esta semana probé con dos, una desconocida y un conocido.

 

2) Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet (Editorial Anagrama)

Estaba en una librería cansado de dar vueltas y me senté en un sillón (como soy del campo, cuando voy a una librería me quedo mucho tiempo). Delante mío había un estante dedicado a la literatura española. Me llamó la atención el título de una novela en la colección gris de Anagrama. Nunca había escuchado hablar de la autora. La abrí y empecé a leer:

“Me acuerdo de cuando no pasaba nada. Me acuerdo de aquella edad de oro, esa convalecencia, los desayunos descongelados del burger, las tardes en sesiones dobles de películas malas de instituto y las noches, las noches de cuarenta horas, cincuenta horas huecas como el túnel de la risa, sesenta horas escribiendo sobre el gran Ronaldo, setenta horas de medianoche solo interrumpidas por alguna llamada al móvil…”

Me gustó. Fluía, tenía ritmo. No entendí bien de qué estaba hablando. Al principio pensé que el gran Ronaldo era Cristiano, el del Madrid, después que era el Gordo Ronaldo, que también jugó en el Barcelona. Le mostré el primer párrafo a los libreros, también les pareció bien. Compré el libro.

Resultó que el gran Ronaldo no era un futbolista sino un escritor latinoamericano muy famoso, ganador del premio Planeta y muerto prematuramente. El que narra es su hijo, Renfo, veintitrés años, educado en Suiza, lejos del padre (de la madre no se habla). El libro es corto, hay una serie de enredos (un abuelo actor y calavera, un amigo que entra y sale de la cárcel, otro amigo que vive en la calle, unas chicas, una chica en particular, una pareja de ladrones de coches que regentean un bar y se apodan “Los maridos”) y todo ocurre a gran velocidad, aunque no pasa nada, no solo en la época de oro sino en esta. También hay un manuscrito perdido, varias fiestas en casas de ricos, alcohol, drogas, comida basura, una orgía memorable a la que el abuelo lleva al nieto pero de la que no se dan detalles.

En una entrevista, García Llovet dice que es una gran admiradora de Bolaño, que lo leyó tanto que ya no le cabe más. Hay demasiados admiradores de Bolaño desparramados por el mundo. De todos modos, Como dejar de escribir no se parece a Bolaño, debe ser posterior al empacho. Eso sí, se lee de una sentada (hasta de parado se puede leer) y es ligero como una pluma. Para más ligero, Renfo, además de ser cool, fuma Kool (mentolados). Es un indicio de que es gay, pero el final lo desmiente: después de encontrar el manuscrito del padre se va con la chica. Hay algo curioso en ese final feliz, en esa intrascendencia, en ese coqueteo con la nada, con un mundo en el que el dinero no existe o no cuenta. Cómo dejar de escribir es una novela de aprendizaje, de descubrimiento del mundo y la sexualidad de un niño rico que tiene tristeza, pero no mucha.

Hay una sutileza divertida en la novela y tiene que ver con el título. El manuscrito perdido de Ronaldo se llama como el libro de García Llovet y Renfo dice de él: “El próximo taquillazo absoluto de cadena de gran superficie, el futuro bestseller de los libros de autoayuda, la inevitable descomposición de la materia literaria.” Pero no es Ronaldo sino García Llovet quien logra descomponer la materia literaria, despojarla de toda trascendencia. No es poco y en una segunda lectura queda más claro. Hay algo en la cabeza de esa mujer, en esa escritura tan deliberadamente vacía, tan inevitablemente simpática.

3) Crónicas de la Era K-pop, de Fernando San Basilio (Editorial Impedimenta)

No sé si en España se usa la palabra cool. Creo que no, que se dice “enrollado” según aprendí en este libro. En mi campaña de descubrimiento de nuevos escritores españoles pude detectar tres. Carlos Pardo, Mariano Peyrou y San Basilio. Sus tres novelas anteriores se ocupan el mundo del trabajo, de jóvenes madrileños en paro o con trabajos tenebrosos, perdidos frente al mensaje corporativo y mediático, sin afectos y sin dinero. San Basilio es un novelista de jóvenes tristes, solos y pobres. Pero los describe con ironía, sin monserga social, como si fuera una especie de Baroja en sus momentos mas deprimentes. En esas primeras novelas hay algo tocante en la soledad de sus personajes, en sus lazos tenues que nunca se consolidan, en una distancia pudorosa pero atenta.

Nunca me hubiera imaginado que la cuarta novela de San Basilio, tan irremediablemente madrileño, iba a transcurrir en Corea del Sur (la tapa, de paso, es hermosa). Pero a todos los escritores les llega la beca. No sé bien cómo apareció San Basilio en Seúl. En el libro agradece a una fundación Toji que ofrece una residencia para escritores. Supongo que fue de ese modo. En una entrevista, el escritor dice que desprecia a los que escriben libros de viajes, le parece burgués, pero sí valora a quienes hablan de un país al que fueron por trabajo. Después dice que ha leído mucho del Nuevo Periodismo. La entrevista prueba dos cosas. Que en España también se lee a los americanos y que los escritores dicen muchas tonterías.

La versión coreana de San Basilio sigue siendo un poco amarga, un poco desconectada en materia afectiva, pero los personajes están menos angustiados por las carencias materiales, como si la prosperidad coreana, superior a la española, le permitiera un tono más distentido. De visitante, el autor le sacó punta a su ironía y está más cómodo (y le importa menos, tiene menos compromiso con ese mundo).

De todos modos, no deja de ser una novela que pone en primer plano el contraste entre el mundo del alto capitalismo con sus tendencias de consumo, su publicidad y sus flujos sociales con el deambular de los individuos, perdidos en la maraña de avisos, de consignas, de frases hechas, de costumbres impuestas. La novela se centra en las nuevas cafeterías de Corea, un país en donde el café fue introducido muy tarde pero se transformó en símbolo de consumo occidental, lujoso, cool. La estrategia de San Basilio es ingeniosa: tiene dos protagonistas. Uno en primera persona que investiga el negocio del café en Corea y otro que se llama Fernández que deambula por esos lugares con propósitos menos precisos y quiere prolongar su estadía lo más posible

Los dos personajes podrían ser el mismo, un desdoblamiento del autor entre su desdén por lo que ve y cierta adicción al país que resulta inexplicable a partir de la descripción que se hace de él. Hay un libro reciente, Corea: apuntes desde la cuerda floja del colombiano Andrés Felipe Solano, en el que se muestra otra Corea. Solano se casó con una coreana, son los dos pobres, es invierno, trabajan como bestias, padecen frío y privaciones. El mundo de San Basilio es veraniego, distendido, centrado en los barrios de moda y en los extranjeros, más parecido al Madrid de García Llovet que al suyo propio.

Es un mundo artificial, no solo porque un café en esos lugares cuesta lo mismo que una cena en un bodegón, sino porque San Basilio escamotea no ya la Corea profunda sino la más evidente. Hace muchos años que no voy a Corea y cuando estuve las cafeterías recién empezaban, pero la vida social se rige allí por el alcohol y la comida a todas horas. Eso no puede haber cambiado tanto (¿San Basilio no vio las películas de Hong Sangsoo? ¿Los escritores españoles no van al cine?) como para que la nueva clase de jóvenes aspiracionales del café haya renunciado al soju, palabra que San Basilio emplea una sola vez. Pero la mistificación funciona porque la escritura le da vida a ese dibujo animado del hiperconsumo y las oportunidades de negocios. La doble narración, esa esquizofrenia entre el periodista y el bohemio, esa marca del New journalism, sirve para dar cuenta, por un lado, del disparate tragicómico de la cultura corporativa y, por el otro, para deslizar que hay algo cálido, atractivo, misteriosamente entrañable y familiar en ese país al mismo tiempo ultracapitalista y primitivo.

Me queda una pregunta. Ahora que San Basilio probó también la beca y las cafeterías de lujo, ¿podrá seguir hablando de los desocupados en España o se acercará al mundo de García Llovet?

Foto: Flavia de la Fuente

 

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