Cannes a lo Ganzo (10)

por Fernando Ganzo

En su última entrega, escrita desde el tren que lo aleja de Cannes, el cronista se despide con un fade-out que deja dos nuevos conceptos: las películas de listillos y las películas de tontillos. Esta ha sido una serie memorable.

Terminé el festival de Cannes viendo cuatro películas: dos películas “de listillos” y dos “de tontillos”. O que al menos eso parecían. Las de listillos eran The Florida Project, de Sean Baker, y Makala, de Emmanuel Gras. Las de tontillos eran L’Amant double, de François Ozon, y Based on a True Story, de Roman Polanski.

L'amantdouble

Lo que tienen en común las películas de listillos y las de tontillos es que, por muy buenas que sean las primeras y muy malas las segundas, es imposible amarlas u odiarlas abiertamente en cualquiera de los casos. Pero avancemos: ¿por qué Sean Baker es un listillo? Porque nos presenta una película de estampas de la vida en un hotel de los suburbios de Orlando para descomponer progresivamente lo que ha construido e insertarnos en una narración clásica a más no poder en la parte final. Las estampas a las que me refiero son las de tres niños que viven en este hotel trasteando, escupiendo a los coches, intentando conseguir helados gratis… Estampas en las que parece que no pasa nada más allá del humor de los niños (muy “culo caca pito pis”, lo cual ayuda a los jóvenes actores, que se lo pasan pipa, sin necesidad de construir así verdaderos gags) y de los personajes secundarios que sus desventuras nos permiten conocer, como las madres y abuelas de los niños, una señora que se broncea con las tetas al aire junto a la pileta, o, sobre todo, el manager de la residencia, Willem Dafoe, que no da abasto para gestionar tanta travesura y vulgaridad. Hasta aquí, todo bien. Sólo cabe lamentar que los personajes no existan más allá de su condición de pobres, miserables, maleducados y vulgares, en definitiva: su condición de seres pintorescos. Pero lo que busca Baker no es convertirles en verdaderos personajes sino hacer de esos “defectos” (según la “buena sociedad”) virtudes que animen su película. Y funciona. Hasta que llega la trampa. Los mundos casi paralelos de adultos y niños empiezan a entrecruzarse, obligando cada vez más a la desintegración del grupo de amigos. Primero, un padre se muda. Después (trampa grande), los niños jugando incendian una casa abandonada. Una de las madres decide que su hijo deje de ver a sus dos amigas. Los adultos desintegran poco a poco ese grupo de enanos y empiezan así a tomar el control de un relato que torna en drama kenloachiano: la madre de una de las niñas se prostituye para poder pagar el alquiler y corre el riesgo de que le quiten a su hija. En plena crisis de histeria, la cámara se acerca a su boca que grita un enorme “Fuck You!” ocupando todo el encuadre. Saber si ese “Fuck You” se dirige a nosotros, tristes y adormilados cómplices de esa moral bienpensante que mirábamos hasta ese momento sus vidas inevitablemente pintorescas con sonrisa divertida, o bien, al contrario, está destinado a que lo entonemos con él a coro, como en una propaganda populista, es algo que no tengo muy claro. Sospecho que se trata de lo segundo. En todo caso, en ese filo se separan los “listillos” de los cineastas.

El caso de Makala es totalmente diferente: seguimos a un hombre en el Congo que corta un árbol, lo transforma con ayuda de su mujer en carbón y lo transporta en una odisea terrible, empujando una bicicleta desbordante de pesadísimos sacos, hasta la ciudad a fin de intentar venderlos. No es tanto que Emmanuel Gras, que maneja él mismo la steadycam de este documental, sea realmente un “listillo”: sencillamente es que, para mi gusto personal, cuanto más se desnuda el cine, despojándose de movimientos, textura, belleza, luminosidad, soportes, en definitiva, cuando menos cine parece, desde esa modestia, más grande y homérica nos hacen parecen las largas y dolorosas acciones que desempeñan los tristes héroes mostrados. Y los elegantes movimientos de cámara y la hermosa luz de miel, así como la música insistente, van en una dirección totalmente contraria (la del “listillo”, en definitiva). A fuerza de empeñarse, Gras acaba haciendo que esto no tenga tanta importancia, porque su tenacidad le pone a la altura del leñador. Finalmente pensamos que hemos estado viendo a dos hombres trabajando frente a frente.

Vamos con las dos películas “tontillas”. Cuando Verhoeven hizo Elle, pensé que la película tenía el culo entre dos sillas (cosa muy incómoda): entre la serie B y el thriller prestigioso, sin saber muy bien en qué dirección me hubiera gustado que cayese (o sí: más bien la primera, claro, cosas de la cinefilia). Las películas de Ozon y Polanski (las dos sobre la figura del doble, curiosamente), son como desdoblar la película de Verhoeven: el primero sigue la vía lujosa, el segundo la B. Ozon nunca ha sido un buen cineasta, (aunque no he visto Frantz), pero en L’Amant double sabe servirse (y no es algo tan fácil) de ciertas técnicas infalibles propias al género. Chloé empieza a ver un psiquiatra porque durante toda su vida siempre le dolió el vientre. Curada, ambos se enamoran y se mudan juntos. Hasta que un día le ve en un lugar donde no debería estar y decide ir a investigar: se trata del gabinete de otro psiquiatra que no es otro que el hermano gemelo del primero. En el thriller, la curiosidad mata al gato, ya se sabe, y en este caso las idas y venidas de Chloé entre uno y otro (y no desvelo nada), la llevan a una situación inevitablemente más catastrófica y opresiva cada vez. Es como esos lazos de plástico que se usan para atar cosas y que, cuanto más tiras, más te aprietan. Cuando una película consigue eso, es vertiginoso y genial. Ozon logra llegar a ese punto, pero, cosas de la vía lujosa, la psicología ha de ganar, y el final (no desvelo nada tampoco, creo) es un deus ex machina que anula o reemplaza para bien o para mal, quedándose en nada. Un fósforo encendido en ese largo apagón que es el cine de Ozon, pero que se desvanece con la misma rapidez con la que prendió.

Polanski sigue la otra vía: todo es más vulgar, más obvio, más previsible y directo, menos preciso, más desentonado, pero su aspereza es imparable por momentos. Sobre todo cuando se materializa en la voz y el rostro de esa actriz tan rara y sublime, Eva Green, que interpreta a una “negra” autora de biografías que se cuela inopinadamente en la vida de la protagonista: una escritora de éxito (Emanuelle Segnier). Es de esas películas que se ven como quien juega a un juego de mesa: todos sabemos que en el Monopoly no somos propietarios de ningún terreno, pero lo decimos para seguir jugando. En este caso, los éxitos de la escritora, la tenebrosa vida de la negra, sus viajes, sus diálogos, toda esa gente famosa de la que hablan y que nunca vemos (de Depardieu a James Ellroy), todo suena falso y acartonado, pero, creyéndolo, la partida resulta divertida: porque en este juego del doble, las dos acaban queriendo usurpar la identidad de la otra (lo cual es algo un poco más raro). ¿Cómo resolver una situación así? El guion, en el que participa Assayas, elige la misma solución que Ozon. Imposible pues lograr remontar el vuelo y salvar esos momentos incongruentes que podrían haber sido geniales (el personaje de Eva Green, sobre todo, no deja de hacer cosas totalmente absurdas con una gran determinación). En una y otra película, todo, fuera bueno o malo, se desvanece. Es el problema de los “tontillos”: no saben cómo terminar una película.

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