Cannes a lo Ganzo (7)

Cannes a lo Ganzo (7)

por Fernando Ganzo

El cronista (aunque parece que no le gusta que lo llamemos de ese modo) se toma esta vez un respiro y en su cura de desintoxicación descubre monstruos como Ophüls, Rodin y Hazanavicius, para recuperarse gracias a un feliz encuentro con Cary Grant, llegado del otro lado de la pesadilla cannoise.

Hay un momento a mitad de Cannes en el que es recomendable aprovechar uno de esos días que no logran coger forma para ir a ver una de las películas de Cannes Classics. Una forma de lavarse los ojos y la sangre (el efecto suele ser sorprendente). Este año escogí Madame de, de Max Ophüls. Volviendo a verla me sorprendió hasta qué punto es una película de monstruos: Danièle Darrieux se convierte en uno imparable desde que miente por primera vez, vendiendo los pendientes que le había regalado su marido y entrando en una espiral que le volverá despreciable con todos esos personajes secundarios (en la narración pero también en cuanto a su clase social) que Ophüls se cuida de integrar como signos de puntuación. De esa espiral no tendrá salida, poseída por un veneno que la consumirá. De Sica también es monstruoso a su pesar, cegándose en una historia de infidelidad que rechazará con la misma vehemencia con que la abordó. Y Charles Boyer ya ni se discute: monstruo homicida. Pero el peor de todos es Ophüls, por esa distancia cómica y vienesa con que sigue inquebrantable los movimientos de sus criaturas en un circo cruel. Una película terrible.

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Hubo otros monstruos, de un tipo diferente. Para empezar, Jean-Luc Godard. O así es como le muestra Hazanavicius en Le Redoutable. Monstruo por preferir la revolución al amor, por equivocarse en su cine y en su combate. Este es el discurso de la película: Godard es un hombre equivocado porque tras La Chinoise sus películas ya no gustan al público (Hazanavicius se salta Week-end a la torera), es decir, dejó de “tener razón”. ¿Cómo mostrar el (falso) fracaso de Godard? Con espectadores bostezando viendo La Chinoise. ¿Y de qué lado quedó entonces el éxito? Del de los situacionistas, rehabilitados por la película, que más que heredera de Godard, al que cita visualmente en varias secuencias, es heredera de ellos, es decir: de la publicidad, de la ironía (mientras que, como decía Pascal Bonitzer, la ironía, la parodia, no existen en el cine de Godard: si la aplicase, haría publicidad, televisión, lo que en Francia llaman el “espíritu Canal+”. Es la victoria de la sociedad del espectáculo, de la televisión, lo que la película manifiesta. La moraleja la resume un personaje muy secundario que conduce el coche que lleva de vuelta a Godard, Wiazemsky y compañía del abortado Cannes 1968 a París, cuando, tras una tensa discusión, dice que para él el cine “sirve para contar historias bonitas”. Enough said.

Siguiente monstruo: Rodin. Él y toda esa edad de oro que la película de Jacques Doillon (un tipo raro) recupera con aires de cine de qualité: Victor Hugo, Cézanne, Monet, Zola, Mirbeau. Pero Doillon se acerca a algo bastante intrigante: mostrar la escultura como una serie de idas y venidas entre el modelo, la materia y la obra, retocando, mirando, corrigiendo, añadiendo siempre en una obra que no se puede acabar. André S. Labarthe contó una vez que, cuando descubrió la danza contemporánea, se dio cuenta de que la armonía se creaba mediante una sucesión de desequilibrios. El bailarín se desequilibra y queda inmediatamente obligado a realizar un movimiento que cree un nuevo desequilibrio, un desequilibrio “contrario”, y así permanentemente. La armonía, pues, era asimétrica. Según él, eso supuso una revelación en su forma de ver el cine: las obras más perfectas funcionaban así. Creando asimetrías para responder a asimetrías. Ford ya no le parecía una forma estable, sino una vibración permanente. Las dos mujeres de Rodin, la bruta ama de casa (la actriz es una masa impresionante y bastante fascinante), Rosa, y la compleja compañera, Camille Claudel, dan a la película una vibración así. Alternando de una a otra, casi nos damos cuenta de que de hecho, la cultura francesa incluye lo monstruoso como algo intrínseco. El cine francés también. La película fue abucheada, pero es de esas obras monótonas en las que parece dormir algo que puede emerger en cualquier momento, así que mejor no ir tan rápido.

Total, que la cura no había sido suficiente y “nuestro cronista”, como me llama Q, necesitó otra dosis en la sala de la programación de clásicos, con Becoming Cary Grant, un documental bastante curioso e incluso esquizoide: todas las imágenes filmadas en la actualidad son malas (incluyendo una reconstitución de sesiones del actor con su psiquiatra o planos de paisajes para crear una atmósfera), pero todas las imágenes de archivo están bien montadas y son pertinentes. La película es muy edípica: la clave de la vida de Grant sería la desaparición de su madre durante su infancia y su regreso cuando tenía 31 años, haciendo emerger sus modestos orígenes de Bristol (y entre tanta terapia llama la atención que ni se mencione uno de los cuchicheos favoritos de Hollywood, cuando compartía piso con Randolph Scott). Lo más interesante es ver las imágenes en super 8 que Grant filmó durante muchos años y las reflexiones sobre su trabajo con Hawks y Hitchcock, él, que había empezado en un circo. De ahí tal vez le viniera ese control de la puesta en escena de su propio cuerpo, su comprensión de la secuencia, de sus gestos, de qué era necesario. Confirmando así que eso de Hichcock y los actores como ganado es muy divertido, pero es sobre todo una patraña. Y, otro acierto, concluir con una entrevista telefónica el año de su muerte en la que el periodista le hace una pregunta extraña: “¿Puede describirnos lo que ve?” Grant: “Es una muy buena pregunta”, y describe su habitación, su ventana, la vista sobre Beverly Hills, los muchos árboles que ve. Entre eso y los fragmentos de su diario, reflexivo y literario (si el tipo hubiera escrito un libro habría sido sublime) se percibe un abismo poético en Grant, mucho más que con cualquier psicoanálisis barato de su biografía. Cosa bien sabida, pero está bien repetírsela.

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