Vidas contadas

Publicada en Perfil el 21/5/17

por Quintín

Una recorrida por los libros que leí o espié en la semana pasa primero por La liberación de la mosca de Luigi Amara, un mexicano que se propuso un curioso desafío: escribir sobre los temas más insignificantes. Amara se ocupa del placer de hacer cola, del robo de encendedores o del amante de la mujer barbuda con erudición e ingenio. Cuando acierta, es una hazaña; cuando fracasa, a diferencia de quienes emprenden poemas épicos o novelas históricas, se parece a un futbolista que intenta patear la pelota en el medio de la cancha y se cae sentado: es un poco ridículo, pero intrascendente.

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En un capítulo, Amara habla de los libros famosos que la gente no leyó y le da vergüenza confesarlo. Debería existir una palabra alemana específica para esta situación, algo equivalente al famoso Schadenfreude, que designa la alegría ante la frustración ajena, ya que el asunto es igualmente universal. De lo mismo, aunque con más gracia, habla De Quincey en un ensayo que se llama Conversación. Hace la cuenta de las horas que hay en la vida para dedicarlas a la actividad intelectual y concluye que son pocas, por lo cual es lamentable dedicarle tiempo a lecturas inútiles, en lugar de elegir las mejores (lector: abandone ya mismo esta página).

Avergonzado por De Quincey, decidí leer un libro de esos que siempre están esperando que uno cumpla con su deber. Elegí Vidas imaginarias, de Marcel Schwob, que pasó a estar en mi lista de libros imprescindibles. Es muy impresionante comprobar lo que le debe Borges, que también le debe a De Quincey, gran admirador de Stevenson, otro escritor de la familia borgeana. Por otra parte, el género de la biografía imaginaria se ha convertido en un género que ha dado, entre muchas obras, las Vidas minúsculas de Pierre Michon o las Vidas de idiotas de Ermanno Cavazzoni. Existe un subgénero, que son las biografías brevísimas, que de tan breves no hay más remedio que considerar imaginarias. Uno de estos casos es el de Eugenio Baroncelli y su Doscientas setenta y siete vidas en dos o tres gestos, con el que también me topé esta semana, colección de mezquindades que podrían resumirse en el viejo dicho de que nadie es verdaderamente grande para su peluquero. En el prólogo de Vidas imaginarias, Schwob explica que su propósito no es el del historiador y que sus biografiados podrían ser desconocidos, porque lo que cuenta es dotarlos de una singularidad independiente de su fama. Baroncelli se superpone con Schwob en la muerte de Petronio. Uno lo describe como frívolo y cobarde, el otro construye una bellísima parábola sobre el amor y la libertad. Las vidas de Schwob terminan en tragedia, las de Baroncelli en tiros pifiados.

Pero ya que esta es una semana de felicidad futbolística, hay que reconocer que Baroncelli hace una excepción en su inventario de artistas y emperadores para tratar con simpatía a Renato Cesarini, jugador y técnico ítalo-argentino, un dandi que triunfó en ambos países. Después de entrenar a la célebre Máquina en los años cuarenta, Cesarini volvió a dirigir al glorioso River Plate entre 1965 y 1966. Recuerdo que la hinchada cantaba entonces “Chupe Cinzano / Chupe Martini / Chupe la pija / de Renato Cesarini”. Nótese la fineza de elegir dos aperitivos de origen italiano para homenajear al personaje.

Foto: Flavia de la Fuente

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7 comentarios to “Vidas contadas”

  1. Yupi Says:

    Y antes John Aubrey, el padre de todos, un loco de atar altamente recomendable. Schwob fue un buen representante de la familia: un francés que escribía con sintaxis inglesa. Hasta en eso se le parece nuestro bardo ciego. En cuanto al remate de la nota, todavía se recuerdan los famosos versos que aquel sargento desconocido, héroe de Chacabuco y de Maipú, dirigió a su batallón antes de entrar en la batalla:

    Los que van a mamarme la guasca,
    que adelanten dos pasos al frente,
    y besar la cruz que mi nabo
    formará con la del subteniente.

  2. Guiasterion Says:

    Estimado Q:

    ¿Leyó a Schwob en idioma original? Si lo hizo en español, ojalá haya caído en sus manos la añosa traducción de Ricardo Baeza. Hay una versión de 2006 de Libros del Zorzal que me tocó comentar y que, a mi juicio, rebajó el texto. Por ejemplo, donde el señor Iair Kon tradujo ‘pobre actor’, Baeza había escrito ‘mísero farandulero’. Otro ejemplo: el hermoso vocablo ‘parvedad’ se degradó en el cacofónico ‘acortamiento’. Cada palabra cuenta en estilistas como Schwob.

    Mis respetos

    G.B.

  3. lalectoraprovisoria Says:

    Leí la versión de Valdemar, trad. de Mauro Armiño, que viene además con la sublime La cruzada de los niños. Me parece que no está mal la traducción.

    Cordiales saludos
    Q

  4. Marcia C. Reiriz Says:

    Schwob es un gran escritor. Tiene una obra sublime “El libro de Monelle” sobre el amor a una adolescente. Es recomendable, también su ensayo sobre Francois Villon y la poesía medieval francesa. Los recomiendo fervorosamente. Coincido en que la traducción de Baeza es muy buena. La de Mauro Armiño también lo es., Una sola observación (quizás de maestra jubilada) Era necesario terminar una nota tan buena con una grosería? Lo expuesto lo extiendo a los comentarios siempre atrayentes de Yupí. Un saludo

  5. Yupi Says:

    Reiriz. Pero son groserías inocentes, como de chicos de quinto grado. Supongamos que algún maldito escribiera: “Baeza era el conserje de la literatura”. En ese caso sería una broma adulta y destructiva. Ahora, yo siempre creí que el placer infantil de decir malas palabras era estrictamente masculino, pero pude comprobar que eso no es cierto. Fíjese que una vez estaba discutiendo la estructura del soneto con una escritora famosa de cuyo nombre no quiero acordarme y de pronto ella zanjó la discusión con esta frase: “Chupame la concha”. ¡Para que después hablemos de la diversidad de géneros! Saludos.

    Pta. Sigo sin leer a Alvarez Tuñón. Aunque no me diga groserías, sé que arderé en su infierno por ello. Lo sé.

  6. Maria C.Reiriz Says:

    Estimado Yupi: La escritora que le respondió así también es una grosera y su conducta no justifica la suya. Igual reconozco que yo soy una vieja jubilada antigua y maestra. DE poder hacerlo lo mandaría a la dirección y llamaría a sus padres. En cuanto a Alvarez Tuñón, usted se lo pierde. Creame: es muy bueno y lo gracioso es que no lo conozco personalmente y todo el mundo debe creer que soy la madre o la amante, ya que está de moda la diferencia de edad, tipo Macron y la primera dama. Igual siempre es un placer el blog y sus seguidores. Un saludo

  7. Zaflan Says:

    Otro que le debe a Schwob es Saer. Tiene poemas que son versiones sintéticas de las vidas imaginarias de Schwob.

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