Cannes a lo Ganzo (5)

por Fernando Ganzo

Después de elogiar al cronista como lo hemos hecho en estos días, no nos queda más remedio que acompañarlo hasta cuando habla bien de Claude Lanzmann, que a su vez habla bien de la dinastía Kim. Como si esto fuera poco, Ganzo nos tira con Shyamalan. No todos los días uno está de acuerdo con los grandes pensadores del cine.

Hablando de escritores, hay una vieja idea, que ya no sé de dónde viene (calculo que deriva de Nietzsche), según la cual hay escritores de gran salud y escritores de pequeña salud. Los escritores de gran salud tienen un peso público importante, a menudo hacen muchas más cosas que escribir, beben, follan, se atiborran como locos. Y, encima, escriben también como locos: obras mastodónticas, grandes frescos inconmensurables. Los de pequeña salud pueden escribir también obras largas, pero siempre desde una especie de encierro. Porque son débiles, enfermizos, comen mal y no lo digieren, se enamoran pero platónicamente, y sus vicios les cuestan la salud y la hacienda. El ejemplo clásico es Balzac (gran salud) – Proust (pequeña salud). Supongo que Tolstoi y Dostoievski también podrían encajar en cierto modo. Quizás también si apuramos Unamuno – Valle Inclán.

Lanzmann

En todo caso, si esto viene a cuento es que para mí, un cineasta que siempre ha representado esa “gran salud” es Claude Lanzmann. Su leyenda y entidad, el volumen de sus películas y su presencia en ellas, siempre fuerte y tenaz, por momentos incluso cruel, sus grandes viajes, sus disputas, su autobiografía. Eso es precisamente lo primero que choca en Napalm. De El último de los injustos, su película anterior, reteníamos al Lanzmann de aquel viejo encuentro, sin temor, ni rubor, fumando y con gafas de sol, frontal y finalmente incluso empático, con Benjamin Murmelstein, el que fuera director del consejo judío del ghetto de Theresienstadt, en Roma. Aquí nos encontramos al cineasta lejos del sol y las calles romanas, en las bastante más tristes avenidas de Pyongyang, en unas imágenes de un viaje de hace dos años. Su figura tarda en aparecer, y de hecho resulta esquiva: camina, frágil, cansado, llevado de la mano de su traductor/guía. Su voz en off nos habla de cómo una ciudad pudo quedarse congelada en el tiempo y la gran conciencia histórica que eso crea en sus habitantes. De sus centenares de militares sin armas, a los que se paga con cigarrillos ilimitados a cambio de esa movilización masiva, provocándoles falta de aliento al cabo de unos cuantos pasos. De la sonrisa inmortal de Kim Il-sung y Kim Jong-il, en esas estatuas gigantescas que le hacen pensar en cómo tantas formas de poder quisieron vencer a la muerte, desde los tiempos de los faraones. Nos describe con admiración el rigor de los desfiles militares norcoreanos, que levantan la pierna menos alto que los nazis con una sincronía perfecta. Asiste a delirantes rodajes de películas de acción con mujeres pegándole una paliza a varios militares, o a exhibiciones de taekwondo donde más mujeres les pegan más palizas a varios luchadores mientras emiten unos gritos imposibles. Lanzman mira, camina cansado, comenta, alaba, se hace fotos. Las imágenes son muy modestas: la más frecuente es la vista desde la ventana de un coche, con los habitantes de la ciudad paseando. Pero su discurso histórico en off, preciso y lleno de imágenes poderosas, cargan esas imágenes: no vemos a ciudadanos andando, sino una historia estancada, dando vueltas sin poder salir. La impresión es todavía más fuerte cuando se acompañan imágenes de archivo sobre los bombardeos americanos y los estragos del Napalm en la ciudad.

Finalmente, llegamos a la segunda mitad de la película. Su voz, nos damos cuenta de inmediato, ya no está escrita, sino que es improvisada, natural, dubitativa: toda imagen del Lanzmann fuerte ya desapareció del todo y no vuelve salvo en las imágenes de archivo de ese primer viaje a Corea del Norte en 1958 que se dispone a contarnos. Vemos su delegación, con varios miembros más o menos célebres, pero pronto volvemos al rostro de Lanzmann hoy, su palabra cansada, sus ojos que buscan el recuerdo. Ese relato que parece contarnos ya sin tantas fuerzas es el de un momento de seducción con una enfermera norcoreana, un paseo en bote y un intento de fuga épico ya recogido en en el libro La liebre de Patagonia, y que Philippe Sollers describe como uno de los más bellos de la historia de la literatura erótica (aquí, donde se incluye también el capítulo en cuestión).

Según ese relato avanza, con sus imágenes inspiradas de la tauromaquia (Lanzmann se define como un toro recién salido a la plaza cuando ella viene para pincharle en el culo), su descripción de la seducción (las gotas de sudor en el labio superior de la enfermera como imagen total del deseo), esa voz que parece torpe y cansada nos resulta cada vez más precisa: nunca había dejado de manejar el tiempo del relato, cada detalle resulta fundamental al volver mucho más adelante, creando una emoción particular, poco después (como la reaparición de la ropa que Lanzmann quería regalarle a esta enfermera sin nombre). A los viejos siempre hay que escucharles, aunque parezcan no dar pie con bola: han vivido grandes cosas. Ese relato, filmado en primer plano por Caroline Champetier como una simple entrevista sin adornos, se intercala con planos en exteriores en los que Lanzmann quiere filmarse hablando desde el lugar donde pasó (y mientras tanto, los viandantes miran asombrados a la cámara, como en las películas occidentales ya no pasa desde hace cuarenta años). En esos momentos, Lanzmann intenta soltarse del brazo de su guía intérprete, al que ya no considera un apoyo, sino una fuerza de censura. Tras el relato de la historia, visto desde su actual fragilidad, el de la memoria hace emerger de nuevo al Lanzmann: fuerte, homérico, protagonista reviviendo su propia aventura, más grande y más trágica que la vida. Para culminar en ese clímax en el que entendemos realmente por qué la película se llama Napalm (no digo más, hay que verlo). Muy pocos cineastas pueden incluir un clímax en un relato no filmado. Ford sabía hacerlo. Lanzmann también: él, que creía que esta historia nunca podría ser narrada en el cine. Con 91 años, se las apañó para hacerlo. El lenguaje viril choca a la moral de nuestros días; la triste suerte de la enfermera en comparación con la seguridad del cineasta, también. Y es que esta película, más que acompañando a cualquier otra de Lanzmann, debería ser mostrada como el tercer volumen de Une sale histoire, de Jean Eustache, conservando el mismo perfecto subtítulo: “una historia que no gusta a las mujeres”.

Salvo que, y aquí viene el giro de guión anunciado para esta crónica de hoy (como en una película de Shyamalan pero con menos talento), algo sorprende si nos paramos a mirar una imagen concreta de la película. Se trata de una foto en la que vemos a esa delegación de 1958 en compañía de Kim Il-sun. Con texto sobreimpreso, se nos indican los nombres de los miembros de esa delegación. Pero si nos fijamos bien, hay uno cuyo nombre no se menciona: Chris Marker. Y aquí es donde hay que agarrarse al asiento: una fuente muy informada en estos asuntos (si no lo fuera, me guardaría muy bien de compartir esta información, puesto que a tortas seguramente Lanzmann me deje tieso), me comenta que la voluntad de querer hacer desaparecer a Marker de la película es debida a algo que Marker vivió en aquel viaje. Una historia con una enfermera norcoreana, un paseo en bote, una fuga heroica. Una historia que, en tal caso, Lanzmann nunca habría vivido, sino que se habría apropiado. Lejos de decepcionarme, tal revelación volvía la película aún más tremenda. Lanzmann nunca perdió esa gran salud: único testigo y último de los injustos. Un detalle sin embargo parece contradecir esta hipótesis conspirativa digna de la Rusia stalinista: en la carta postal enviada por esa enfermera años después, parece reconocerse el nombre del “Querido Sr. Lanzmann”. Poco importa: si la vivió o no, la salida y la conclusión es igualmente genial. En este festival con tantas películas relacionadas con la infancia, un viejo se la ha colado genialmente al auditorio. Napalm de Oro.

PD: Otro viejo colándola. Clint Eastwood en una lección de cine llena de respuestas evasivas y divertidas, que precisamente por cuanto callan nos dicen tanto de su cine. Nunca antes había visto una cola así para ningún acontecimiento en Cannes. Básicamente, la mitad del palacio era gente intentando entrar. Aglomeraciones, locura, miembros de la seguridad intentando impedir el acceso de una masa que multiplicaba varias veces la capacidad de la sala. Aquí, una grabación de calidad, espero, suficiente.

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Una respuesta to “Cannes a lo Ganzo (5)”

  1. La novia de Troll Says:

    Un gran esfuerzo y una Ganzada de lujo. Sumar el audio de Clint es feliz desmesura !!

    Agradecido abzo.

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