Cannes a lo Ganzo (4)

por Fernando Ganzo

Nuestro cronista explica a Garrel como nadie podría hacerlo y hasta se permite audacias como sugerir que Jean-Claude Carrière le hace bien al cineasta o que Almodóvar y De Palma se han terminado pareciendo. Lean: no encontrarán un mejor ejemplo de ese arte olvidado que es la crítica de cine.

“Ahora vivo una vida de médico, sabe.” Con esta frase (cazada en una conversación hace un año), el otrora bohemio Garrel intenta justificar lo que casi todos los sesentaiochistas han ido viviendo: un aburguesamiento progresivo. En su caso, pronunció esa frase para justificar que ahora su vida le obliga a rodar películas rápido y con mucha frecuencia, para poder ganarse unas habichuelas —como se decía en España— que cada vez están más caras. Lo sorprendente es cómo una nueva forma de vida puede crear y alimentar también una forma de cine: desde Un été brûlant, que en buena parte es una de sus peores, Garrel ha ido pasando de la forma expansiva de esa película (dos parejas, grandes debates, grandes frustraciones) a una forma cada vez más reductiva, casi autista, aislada, repetitiva. L’Amant d’un jour crea una vez más una de esas burbujas garrelianas: un profesor universitario sale con una de sus alumnas, que decidió seducirle atraída por sus ideas y discursos. La hija del profesor es al mismo tiempo abandonada por su novio y, desesperada y en la calle, decide volver a vivir un tiempo con su padre. Y toda la película es ese extraño nido creado por ellos tres, en el que el padre se limita casi a ser un testigo (consciente o inconsciente) de lo que viven ellas. En L’Ombre des femmes ya se había producido ese giro copernicano que, junto a la asumida ligereza y rapidez actual, define a este nuevo Garrel: por fin, después de tantos años, sus películas han adoptado el punto de vista de la mujer. El cineasta y los hombres sólo están ahí para ser deseados o engañados. De ahí que todas esas repeticiones y variaciones no creen algo putrefacto sino floreciente. Curiosamente, Garrel se ha convertido en algo así como el Hong Sangsoo francés: universos similares, concisión narrativa, gusto de la variación. Una de esas inexplicables aproximaciones que se producen entre cineastas en teoría totalmente alejados cuando llegan a su madurez (otro ejemplo sería Almodóvar y Brian de Palma).

Garrel

El método de Garrel, según me cuentan, es el siguiente: él tiene una historia, y luego ésta va circulando entre sus tres coguionistas (que, como los ministerios de los gobiernos actuales, se basa en la paridad: dos hombres y dos mujeres). Las versiones circulan hasta volver a Garrel, pero él nunca habla o indica nada particularmente a esas otras plumas, entre las que se incluye, desde hace dos películas, Jean-Claude Carrière. Si juntar a Garrel y Carrière parecía algo incoherente, en realidad ha sido lo mejor que le ha podido haber pasado al cineasta francés: una especie de distancia irónica circula ahora en sus diálogos, ayudando a que todo se relaje. Todo parece un juego. La hija del protagonista, interpretada por Esther Garrel (hija del cineasta, claro), vendría a ser en la película el equivalente del tradicional personaje de suicida garreliana. Y sin embargo, nada tiene que ver con las anteriores: la pulsión suicida ya no crea un desgarro, sino ternura. A ello ayuda que Esther Garrel, sin ser una gran actriz (el único buen actor Garrel era Maurice), aporte una especie de naturalidad egocéntrica presumida y Louise Chevillote (que interpreta a la novia del padre), intente parecer una actriz del mismo modo que su personaje intenta parecer una mujer. Las piezas de la película siguen siendo las mismas —una ruptura, una escena de celos, una escena de baile, un diálogo político— que desde hace décadas, pero ahora el viejo Garrel las cuida no como si fueran sus novias (como al principio), ni sus hijas (como a partir de Les Amants reguliers con su hijo Louis), sino como si fueran sus nietas. Y ya se sabe que los abuelos saben vivir con sus nietos aquello que no pudieron vivir con sus hijos. La clave de la película se resume en una frase increíblemente simple: “¿Tú ya te sientes mejor eh?” Es la frase que pronuncia Caravaca cuando da dinero a su hija para que se compre una chaqueta. Ella no sabe que él sabe que intentó suicidarse. Como está feliz, no entiende por qué su padre le puede preguntar una cosa así y ni le importa. Y a su padre tampoco. Cómo logra Garrel que su aburguesamiento, el ensimismamiento, la autorreferencia le haya llevado a un cine tan tierno, tan protector y por momentos tan cómico, creo que necesitaremos algunas películas más para comprenderlo del todo. No pretendo desde luego citar a Daney en cada una de estas crónicas, pero una vez, ya no recuerdo donde, dijo una frase increíble: “El cine es la crítica de la vida”. Garrel en cierto modo ha logrado hacer corresponder las edades del hombre con las edades del cineasta. De ahí que un cronista local haya dicho, y aunque parezca tonto es cierto, que si tuviéramos el talento necesario, una crítica de su última película se limitaría a penas a una frase, tan simple y clara como ella misma.

El día se troncó por lo demás cuando llegó el momento de la proyección de la película de Michel Hazanavicius sobre Jean-Luc Godard y Anne Wiazemski, Le Redoutable. La hora de la proyección ya había llegado pero aún nadie había podido entrar en la sala. En ese momento se anunció que la sesión había sido anulada por un objeto sospechoso en la sala. Según parece, una mujer lo vio y salió corriendo. En el momento cabía pensar, yo qué sé, a una jugada de alguien de la internacional straubiana para evitar que Hazanavicius “pervirtiera” a Godard. Sin embargo, llegó un momento totalmente godardiano: los periodistas se alejaron por las ordenes de seguridad de las escaleras de entrada pero no se fueron, sino que se quedaron simplemente en la acera de enfrente, mirando esas escaleras vacías, que muchos no dudaron en fotografiar con sus teléfonos móviles. Que a las escaleras de Odessa a las que siempre volvió Godard con su cine fueran reemplazadas por las escaleras de alfombra colorada de Cannes fotografiadas por periodistas en ocasión de la película de Hazanavicius me pareció algo más interesante que la película, así que decidí no esperar (finalmente se confirmó la falsa alarma y minutos después, la sesión comenzó). Entretanto, un tipo al que no conocía de nada me contó que hablando de posibles usos más o menos discutibles de Godard, habría que hablar también de la película que ha proyectado aquí Agnès Varda con un tipo llamado JR, un artista fotógrafo que hace cosas bastante feas. Más o menos esto es lo que me dijo: “Varda, como JR lleva gafas oscuras, le habló de cuando quiso quitar las gafas a Godard, y ya puestos le dijo que le iba a llevar a conocerle. Así que tomaron un tren hasta Rolle y llegaron a una casa, supuestamente la de Godard. En ese momento llamaron pero nadie abría, y encontraron una nota en la que Godard hablaba de Jacques Demy, y Varda lloraba. Sólo que no sabemos muy bien si Godard la esperaba, si era realmente la casa de Godard y, sobre todo, si esa nota es de Godard, porque de hecho ni se veía, sólo vemos a Varda con su peinado, cogiendo esa nota sin que se pueda reconocer la particular caligrafía de Godard, y llorando, aprovechando una nueva ocasión más para lucir la banda de viuda oficial de Demy”. No he visto la película, no sé si es cierto o falso, pero no me pareció mal no ver más películas por hoy.

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3 comentarios to “Cannes a lo Ganzo (4)”

  1. burzaco Says:

    El trailer de la peli de Garrel parece una de Subiela.

  2. aglavina Says:

    Lo de De Palma y Almodovar es cierto, pero no es una audacia, es claro para cualquiera que vió “la piel que habito”. Lo interesante es saber como Almodovar llegó ahí.

  3. aguadilu Says:

    Esa idea la desarrollamos con el propio Ganzo y Ferreira cuando vimos, precisamente, “La piel que habito” en Cannes hace seis años. Pero el zig zag entre los dos cineastas viene ya desde los años 80, entre “Double Body” y “Laberinto de pasiones”, por ejemplo.

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