Cannes a lo Ganzo (3)

por Fernando Ganzo

La tercera entrega desde Cannes es demoledora. No se salva nadie. Ni los coreanos, ni los escandinavos ni los italianos. Lo que no es inflado, es decadente o perverso. Y, como si esto fuera poco, Miguel Gomes resulta el emblema de una nueva aberración crítica llamada, justamente, “miguelgomesismo”.

Cuando Tim Burton estrenó su primer Batman, Serge Daney dijo en su emisión Microfilms algo así como que ahora las películas iban acompañadas por su propia publicidad. Película y anuncio eran algo así como la misma cosa, y mientras veías Batman consumías una publicidad de Batman. El cine de autor de los últimos años ha desarrollado algo así con la crítica: muchas películas incluyen por el mismo módico precio su propia guía para un comentario crítico. Este argumento comercial/intelectual seduce a muchos críticos puesto que viendo la película ya saben perfectamente qué van a escribir. Esta tendencia que podríamos llamar el miguelgomesismo no es muy interesante. Pero lo que resulta mucho más divertido es cuando las películas critican aquello que ellas mismas ejecutan. Un ejemplo perfecto ha tenido lugar hoy en Cannes: Okja, de Bong Joon-Ho. La película es una especie de farsa contemporánea en la que una empresa alimenticia americana descubre una nueva especie que llaman el “supercerdo” (sic) que podría salvar la hambruna en el mundo por su extraordinario tamaño. El primer ejemplar fue descubierto en Chile y llevado a una granja en Arizona. La empresa se ocupó de que varios ejemplares más fueran criados en diversas partes del mundo. Todo esto lo cuenta la jefa de la empresa, interpretada por Tilda Swinton. Uno de esos animales está en las montañas coreanas, donde una niña mantiene una relación íntima con él. Esa criatura es definida como una gran esperanza para la humanidad, pero en el fondo todo es una fachada, puesto que se trata de una creación genética desarrollada en los laboratorios de una empresa que intenta lavar su imagen como para que consumir su carne sea algo cool y que precisamente buscaba crear un cerdo particularmente encantador e impresionante como un golpe publicitario.

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Sin embargo, Bong Joon Ho también crea artificialmente una criatura que es para él una gran esperanza estética —con unos ojos expresivos casi humanos, unas orejas y movimientos de perro, todo lo necesario para hacer el bicho lo más entrañable posible— y económica, puesto que lo hace en el seno de Netflix, nueva gallina de los huevos de oro como gran inversor cinematográfico. Pero Okja es de esas películas que se ahogan en un exceso de coproducción. Bong es un coreano coproducido por los americanos televisivos, pero, como ese cerdo que ni había nacido en Chile ni había sido criado en Arizona, el coreano termina haciendo un cine que es un perfecto ejemplo de pudding universal: un puro sabor sintético que no es ni coreano ni americano, sino una síntesis de laboratorio que nos dan para zampar durante dos horas.

Respecto a nuestra relación con los animales, al menos en el cine, siempre me pareció que poco o nada hay más cruel que humanizar a un animal, en el fondo. Otorgar a lo animal aquellos rasgos que definen lo humano para intentar despertar nuestra empatía o compasión tiene algo de verdaderamente perverso. Y Okja llega a niveles aberrantes para intentar representar el horror del matadero, una vez allí, la criatura es violada por un macho para fecundarla (sic), en lugar de reproducir los mucho más aberrantes sistemas reales de inseminación del ganado, totalmente alienantes respecto a cualquier sistema de apareamiento animal, con la crisis social y psicológica que ello engendra en los animales.

La película sólo adquiere algo realmente cinematográfico en los momentos en que tanto la niña como una sociedad de amigos de animales intentan salvar al bicho, y es que Bong Joon Ho si algo sabe hacer es representar el caos, esos momentos en que todo se vuelve un verdadero sin dios. Pero de la película se sale sin evitar pensar que la caída progresiva de su director no tiene fondo.

Otro ejemplo de película que se la juega a sí misma, casualidades de Cannes, tiene lugar en The Square, de Ostlund, especie de cuento moral frío y extraño sobre el mundo de la alta cultura y la alta sociedad contemporáneas. El ridículo de los museos y su lógica capitalista se resume en un vídeo que prostituye a la institución que dirige el protagonista de las película en busca de clicks y en el que una niña mendiga explota brutalmente para crear un mensaje chocante. Sin embargo, para castigar más tarde al personaje principal, lo que Ostlund decide es hacerle tirar accidentalmente a un niño pobre por las escaleras. Entre explotar a una y descalabrar al otro, la aberración es básicamente similar. Si la película tiene algunos giros cómicos bastante geniales, sus dos horas veinte de duración no nos dirigen sino a una historia más de culpabilidad y castigo con la lección moral que ello implica (el personaje terminará saliendo de su burbuja VIP para hablar de tú a tú con la baja sociedad para disculparse). Y para un discurso tan remanido no hacía falta tanta extravagancia escandinava.

Es curioso en todo caso que esa extravagancia se asocie al mundo del arte contemporáneo que la película describe. En el caso totalmente contrario, A Ciambra, que trata sobre gitanos italianos, logra algo bastante más impresionante: sólo por el lenguaje y los lugares que frecuentan los personajes, logra que se manifieste todo un mundo narrativo, con su particular psicología: el adolescente protagonista experimenta deseo (hacia las mujeres) frustrado por su ambición (de ser como su hermano mayor y gestionar los tejemanejes que mantienen a la familia). Como todo el mundo me dirán, pero basta con ver la película para comprobar que sí y no. Sólo que, y esto es algo frecuente en cineastas que tratan esos universos (como Jean-Charles Hue), el director no puede impedirse ahogarlo en un discurso de cine de género, con una historia de robos, traiciones y venganzas que termina volviendo todo un barullo como cualquier otro. Más vale olvidar el cine y dejarlo reinventarse en esos casos. Una ocasión perdida… En definitiva, el día fue duro y sólo lo salvó Garrel con su amante de un día, pero eso lo dejamos para mañana.

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