Reseña de la semana (1)

Sobre Quema de Ariadna Castellarnau

por Quintín

Conocí a Vanina Colagiovanni en la Feria del Libro. Dice su tarjeta que es editora de Gog & Magog (no sé si ella es Gog, Magog, o ambos a la vez). Me regaló Quema, de Ariadna Castellarnau, el primer libro de narrativa de una editorial especializada en poesía. El título me sonaba y, al llegar a casa, descubrí que ya lo tenía. Pero el que me regaló Colagiovanni es la flamante reimpresión de 2017, no es el que se publicó en 2015. Difieren en el pie de imprenta y en una banda negra en la tapa (no una faja sino una banda, que la arruina un poco aunque la hace más visible) y dice: “Ganadora del Premio Las Américas 2015”. No logré identificar el premio: suena como el de la Casa de las Américas que otorga el régimen cubano, pero creo que es otro.

De acuerdo a una mala costumbre que se extiende en la industria editorial (los americanos empezaron con ella), la solapa no dice cuándo nació Castellarnau; solo dice que el acontecimiento se produjo en España y que la autora está radicada en la Argentina. Debe hacer un tiempo de la mudanza, porque Quema está escrito en el dialecto peninsular. Se nota desde la segunda línea, cuando un hombre y una mujer deciden quién se va a comer el último melocotón. No es solo el último de la lata, sino la última lata y pactaron dejarse morir de hambre, porque la humanidad ha sufrido un cataclismo gigante que la ha reducido al hambre, la miseria y la ferocidad propias de una novela posapocalíptica: ese es el ambiente en el que se desarrolla Quema.

Pero no estoy seguro de que Castellarnau escriba ciencia ficción. En primer lugar, el origen de esa calamidad mundial, que nunca se aclara del todo, no es de índole tecnológica, ni siquiera natural, sino más bien metafísica o teológica. Una irrupción del mal a escala planetaria: un mal dormido, antiguo, lovecraftiano que se pone de manifiesto a partir de cierto cataclismo meteorológico. Con el correr de las páginas, se ve que el verdadero desastre fue la decisión, casi unánimemente implantada en las mentes por ese mal misterioso, de quemar todos los productos de la civilización: casas, autos, ropas, dinero, cosechas, fuentes de energía. El resultado es una lucha feroz de todos contra todos en medio de la mugre y la desolación para conseguir alimento y cobijo. Del caos surgen algunas tribus: Los Rezadores son zombis suicidas que deambulan por los caminos. Los Intachables intentan “reconstruir el mundo tal cual lo recordaban” desde una especie de utopía socialista. Los Imperfectos, más exitosos, tienen defectos físicos pero sus desventajas los han hecho fuertes a la hora de adaptarse a partir de los dictados de una reina con pata de palo, que con el correr de las páginas resultará Rita, esa mujer que pensaba suicidarse al terminar los melocotones.

Pero aun cuando Castellarnau construye con ingenio y potencia ese escenario de la humanidad descalabrada, aun cuando cada capítulo se sostiene de modo autónomo, hay dos temas que subyacen a los encuentros y las batallas entre supervivientes para transformarlos en partes de una novela menos propia del género fantástico.

El primero es cierta ambigüedad filosófica. Por una parte, los horrores que Castellarnau describe con sequedad y precisión ponen de manifiesto que la apariencia de una vida social más o menos ordenada disimula a las fieras ocultas en cada individuo y su interrupción hace caer las máscaras. Pero, por el otro, sugiere que el estado de naturaleza es espantoso y que haber decidido quemarlo todo fue, como llega a decir la Reina, “el gesto más inútil que haya hecho la humanidad”. Aunque después agrega: “Eso y el viaje a la luna”, como para disminuir una conclusión tan rotunda respecto del dilema entre la civilización y la barbarie. Claro que, unas páginas más adelante, la misma Reina declara a favor de los libros: “Aprendí muchas cosas que luego olvidé. Aunque en el fondo siempre queda algo. Una delgada estructura de conocimientos que nos levanta a unos centímetros de la barbarie, que nos protege, que nos enclaustra a una corta distancia del horror.”

Así como detrás del humano aparece el lobo y el mal absoluto acecha al mundo desde tiempos remotos, detrás del relato asoma esa matizada defensa de lo ilustrado. Pero hay más capas debajo de estos dos niveles, porque Castellarnau introduce una dimensión psicosocial, por así decirlo, que unifica los momentos anteriores y posteriores a la catástrofe aunque esta permita ver claro lo que en verdad estaba en juego cuando los lazos sociales y las convenciones lo disimulaban.

Es que el núcleo de Quema, lo que le confiere su mayor originalidad, es el interés de la autora por ciertos vínculos que subyacen a cada episodio y estructuran el contenido de otro modo. En efecto, el libro es también una colección de batallas contra mujeres dominantes, centrada en la de Rita contra el abrazo mortal de su madre, “estúpida y hermosa”, que muestra que no hay nada más peligroso para una mujer que otra mujer que todo lo controla, como descubre también Maia al reencontrarse con su vieja amiga Luz, o la hija de Lila a la que su madre retiene contra su voluntad. Con su pequeña galería de mujeres demoníacas, a las que la situación autoriza a exponer todo su salvajismo, Castellarnau trasciende el feminismo. Sobre todo porque otro de los personajes reiterados de la novela es el del padre protector, el hombre capaz de cuidar y enseñar, como el Galés, el Rudo e incluso con el adolescente Silas que se hace cargo de su hermana ante la defección de los padres. Así, Quema se transforma en una novela de aprendizaje femenino, la lucha de Rita por liberarse de su madre monstruosa, volverse fuerte usando su inteligencia y, de paso, hacer de su hija Siberia otra mujer libre, pero capaz de aceptar el cariño de un padre aunque no sea el suyo, como si Castellarnau anulara o revirtiera el mito de Edipo.

Pero aun hay otra dimensión en Quema y tiene que ver no ya con el comportamiento sino con el temperamento de los personajes, una colección de seres obstinados, de una tenacidad y una determinación implacables. Es un rasgo que tal vez podría llamarse faulkneriano, por esa sensación que deja Faulkner de que el apocalipsis ya ha ocurrido y los pedazos de un orden perdido están dispersos en desvaríos individuales que alojan fragmentos de sabiduría. Quema, un relato partido al medio por la catástrofe, permite iluminar esa dimensión de Faulkner, en cuya obra la Guerra Civil parece dividir los tiempos del mundo. Castellarnau se asoma del otro lado y ve algo parecido: un desastre en el que lo esencial permanece constante pero es reconocible.

Foto: Flavia de la Fuente

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