La cueva misteriosa y el enólogo místico

Nueva incursión en el mundo del vino

por Quintín

El viernes al mediodía hice una pausa en el Bafici para asistir a una degustación de vinos en un lugar llamado La Cueva de Musu. Queda en Caballito y allí Fernando Musumeci suele organizar eventos de esta índole con grandes enólogos invitados y un público de sofisticados enófilos, una tribu que se parece a la de los cinéfilos por la combinación entre apasionamiento, erudición y orgullo por el gusto propio.

Juan Pablo Michelini integra una amplia familia de enólogos cuyo representante más famoso es el de su hermano Matías. Los Michelini tienen sede en el Valle de Uco, más precisamente en Gualtallarí, una zona vitivinícola de la que se habla mucho, en buena medida gracias a los Michelini. Allí se hacen vinos para bodegas ajenas, familiares y personales. El viernes se presentó en la Cueva la primera línea de vinos personales de Juan Pablo, un proyecto que lleva el nombre de Altar.

Yo era el neófito de la mesa, que estaba preparada para una degustación: platos con pan y queso, jarras de agua, copas y un recipiente para escupir los vinos después de probarlos, porque eso hacen los catadores. Yo estaba un poco inseguro con ese asunto de escupir, pero por suerte nadie escupió nada ya que los vinos estaban riquísimos y, por otra parte, eran solo dos: por un lado, un blanco 90% Sauvignon Blanc, 8% Chenin y 2% Chardonnay; por el otro un tinto 50% Malbec, 30% Cabernet Franc y 20% Merlot. El blanco era difícil de identificar como Sauvignon Blanc por el olfato, el tinto tenía un año de crianza en barricas de roble, otro en ánforas de hormigón y un tercero en botellas. Los vinos costarán en su inminente lanzamiento 700 pesos el blanco y 800 el tinto, pero Michelini piensa hacer más adelante una línea Altar de alta gama (llamada Edad Antigua) y otra de gama más baja (Edad Moderna). Lo que probamos sería la gama media y se llama, justamente, Edad Media.

Páginas especializadas en la web (por ejemplo, esta) describen con más detalles los vinos, pero quiero transcribir un par de conceptos de JPM. Por ejemplo, que en la Argentina se estaba acabando el paradigma de los vinos concentrados, con mucha madera y poca acidez según el modelo que Robert Parker y Michel Rolland impusieron para Estados Unidos y el mundo; ahora se hacen vinos más ligeros, más minerales, herbales, ácidos, con más acento en el suelo y menos centrados en el Malbec como cepa insignia. De esto hablamos en Más allá del Malbec, el libro que escribimos con Andrés Rosberg pero lo que hace cuatro años era un rumor, hoy es un hecho más o menos aceptado (aunque supongo que no del todo).

En ese cambio de paradigma intervinieron, dijo JPM, los vinos que llamó “experimentales” en los cuales Matías Michelini fue pionero. Pero él se propone hacer vinos menos extremos, más corridos hacia el centro del espectro, claro que de una calidad superlativa y con gran potencial para ser guardados durante años. Su idea es que los enólogos argentinos dejaron atrás una etapa temerosa, en la que intentaban hacer vinos que fueran aceptados en EE.UU. y ahora están en condiciones de elaborar vinos sin complejos, que compitan con los mejores del mundo. En particular, la calidad de los blancos aumentó espectacularmente y algunos se acercan a niveles comparables a los europeos. Es posible que el Altar sea uno de ellos.

En un momento, me pareció que este Michelini era un personaje muy especial y que hablaba como un místico, con gran serenidad y sencillez. Y algo de eso había. Le pregunté por el nombre de sus vinos, porque “Altar” tiene una carga de solemnidad que contrasta con otros de tono irónico o burlón usados por la familia Michelini como “Verdes cobardes”, “Torrontés brutal”, “Jijiji” o incluso los Eggo, que JPM elabora para la bodega Zorzal. Respondió que él era profundamente católico, que pertenecía al movimiento apostólico Schoenstatt, y que trabajaba en sus vinos para “hacer extraordinario lo ordinario”, una frase que figura en las etiquetas y que proviene de las enseñanzas del padre Kentenich, que fundó el movimiento en 1914 en Alemania.

Cuando se acabó el Altar, Micelini le obsequió a la concurrencia unas botellas de Eggo “tinto de tiza” que nos entretuvieron un rato más. Mientras el enólogo se retiraba, acompañamos el resto del vino con unas empanadas que Musu pidió por teléfono. Yo estaba sentado al lado de un personaje apodado El Polaco, que resultó kirchnerista pero simpático, acaso porque que la Cueva fomenta la convivencia y el desarme. Con él estuve hablando de un tema que también había tocado con Musu unos días antes: la dificultad para que ese pequeño círculo de enófilos se amplíe a un público más amplio y se expanda la cultura del vino. Quiero decir, para que a San Clemente y a tantos lugares del país lleguen vinos medianamente razonables y no la paupérrima oferta actual. Claro que hay dificultades económicas para que eso ocurra, razones de poder adquisitivo y de distribución para vinos de autor que han subido de precio. Pero si en San Clemente hay 30 comerciantes que cada año se van de viaje a lugares como Bora Bora, podría haber algunos que se interesaran por el vino de un modo serio. Creo que hay también un problema de comunicación, que el Polaco explicó con acierto: se depende demasiado de las bodegas para hablar de vinos y lo que se escribe está muy condicionado por la necesidad de no irritar a enólogos y empresarios. El resultado es que al lego le resulta bastante difícil orientarse. Nada demasiado diferente ocurre en el mundo del cine.

Una respuesta to “La cueva misteriosa y el enólogo místico”

  1. Mr. Wines | La cueva misteriosa y el enólogo místico Says:

    […] por Quintín para la lectora provisoria.. Leer nota completa aquí […]

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