Cata a ciegas de Francisco Regueiro (Parte 3)

por Quintín

A esta altura ya les había prometido a Arroba y Ganzo que iba a escribir para el libro, así que Arroba me mandó otros cuatro largos más el corto de la escuela y algunos documentales para la televisión. Dos largos completan la colaboración de Regueiro con Fernández Santos, Diario de invierno (1988) y Madregilda (1993), que con Las bodas de Blanca y Padre nuestro componen un conjunto notoriamente homogéneo, que marca el último tramo de la filmografía de Regueiro. Las otras dos son mucho más anómalas.

Especialmente Si volvemos a vernos (1968) que, en principio, parece una película de otro director. Sobre todo por el tema: la historia de una pareja interracial formada por un soldado negro asignado a una base americana y una mujer española con un pasado de prostituta y mantenida. No me imagino cómo llegó Regueiro a filmar esta película que hace pensar en los primeros films de Fassbinder. Está rodada casi siempre de noche, en un Madrid sin curas ni policías que da la impresión de ser una ciudad controlada por un ejército invasor que se mezcla en los bares y las tabernas con los nativos. Mientras tanto, el televisor trae imágenes de la crisis de los misiles cubanos, el jazz y el flamenco inundan sin pausa la banda de sonido, el protagonista y sus amigos tienen miedo de que los manden a morir a Vietnam. Película casi costumbrista, sin situaciones cómicas, seca, con aspecto de policial negro, es más bien un drama familiar y una muestra de la incompatibilidad de dos culturas reunidas en un matrimonio imposible, tironeado por sus ambientes incompatibles, la sordidez de la familia de ella, su pasado oscuro, la orfandad de él en medio de dos países extraños que no lo cobijan. No recuerdo una película española con estas claves ni otra visita de Regueiro a este medio y a este tono, apoyado en la singularidad de los cuerpos, la construcción del espacio, en la deriva nocturna y el momento histórico.

Fue muy curioso ver a continuación Duerme, duerme, mi amor (1975), una película en las antípodas y una mirada opuesta sobre Madrid. Es una comedia desaforada con José Luis López Vázquez, un pequeño burgués muy ridículo que se muda a un barrio de departamentos monótonos donde calla los reproches de su mujer administrándole gotas de somnífero, mientras tiene todo tipo de relaciones con las mujeres del edificio (vecina, portera, suegra…). Como casi siempre ocurre en el cine de Regueiro, el acto sexual no se consuma, pero el movimiento entre los departamentos es permanente, la entrada y salida de personajes continua hasta el punto que el absurdo de las situaciones crea una incomodidad mayúscula en el espectador. Regueiro es un cineasta de la incomodidad: es muy raro que los personajes de una escena estén en armonía, pero aquí esta llega al paroxismo. Lo que en otras manos sería tal vez una crítica social a una clase media perdida en sus ambiciones mezquinas, sus atavismos familiares, sus extremos de conservadurismo, se transforma por la vía de la exageración en otra cosa. El edificio tiene un protagonismo decisivo y un detalle termina de destruir la verosimilitud de todo lo que ocurre: López Vázquez está lleno de billetes de banco que supuestamente ganó a la lotería y que aparecen en el maletín que lleva o en cada bolsillo a medida en que los necesita. Es como si los personajes, condenados a una vida en la que desean desesperadamente el dinero que no tienen, no supieran qué hacer con él cuando aparece. Película anticlimática por excelencia, es una telecomedia enloquecida que hace pensar en películas futuras de Almodóvar pero sin ningún sentimentalismo, con una mezcla atroz de nihilismo y buen humor.

Esta película loca es la última que filmó Regueiro antes de empezar a colaborar con Fernández Santos. Esa sociedad le permitió plasmar una visión y un estilo de madurez. En las tres últimas, Regueiro abandona la clase media (sujeto de casi todo el cine español de las últimas décadas) y se interna en los misterios de la religión, del poder y de la aristocracia pero también del hampa, del mundo prostibulario y el lumpenaje. Construye así una obra de gran potencia retórica, con una vocación simbólica a la que no le encuentro paralelo entre sus compatriotas. Es un cine suntuoso que reniega de toda austeridad en la temática, la actuación y la metáfora. Como si el inútil exceso de billetes de Duerme, duerme, mi amor fuera un indicio de que los impulsos creativos de Regueiro encontraron un canal apropiado donde emplearse.

Estoy casi preparado para enfrentarme con Diario de invierno, aunque la película me supera ampliamente. Mientras escribo, llega un mail de Arroba, que me sabe un poco perdido y contiene un pequeño fragmento de la entrevista que le hizo a Regueiro y aparece en otras páginas de este libro. Dice el director:

El catolicismo te regala una entrada al misterio. No lo hay mayor que la Santísima Trinidad, dar a luz sin mácula. Es una religión rodeada de misterios. Eso es bueno y creo que el ateo primerizo (yo lo soy tardío) se ha perdido esa experiencia, y esa atmósfera. Para una persona imaginativa, el ámbito de la religión es un tesoro porque te prepara y te coloca. Entonces las iglesias estaban abiertas a cualquier hora. Recuerdo la de la Plaza San Miguel de Valladolid. Entrar allí a las tres de la tarde era una barbaridad: joder, estás sólo, sin el párroco, nadie robaba las imágenes, y afuera no había ruidos ni tráfico. Me conmovía ese retablo y la luz que de él irradiaba. Era tan inquietante como una casa de putas, es extraordinario en el territorio del silencio. Y te comunicabas, joder, yo tuteaba a los personajes del Misterio.

Soy capaz de entender desde lejos estas cuestiones del catolicismo, su potencia, su solemnidad, su misterio, la grandiosidad de sus templos, la riqueza de su relato y su fuerte apelación a la imaginación infantil. Pero yo sí soy un ateo primerizo y tampoco he sido un feligrés de la religión de las putas. Por eso, la confrontación con una película como Diario de invierno me resulta semejante al choque frontal con un tren. Un tren cargado justamente de fe y de crímenes, de comisarías, iglesias y prostíbulos, de citas bíblicas y de una continua apelación a la trascendencia. No porque Regueiro haga un film religioso, sino porque sus personajes están inmersos en esa atmósfera de crucifijos y semen que se podría resumir en una vieja broma que aparece en la película, sobre el obispo que muere en el acto sexual y alguien dice que le vio la cara a dios. Además, la muerte tiene tanta presencia en el film como la cruz.

4 comentarios to “Cata a ciegas de Francisco Regueiro (Parte 3)”

  1. Yupi Says:

    Como dijo alguien, los ateos españoles no creen en Dios y creen que la Virgen María es la madre de Dios. ¡Qué país! Aporto mi grano de arena a la confusión general con las puteadas más comunes en la península:
    -Me cago en Dios
    -Me cago en Dios y en su puta madre
    -Me cago en la Virgen
    -Me cago en la hostia
    -Echando hostias (salí, entré, vine, voy, etc)

  2. burzaco Says:

    Del multifacético Garcia Pelayo , recomiendo ¨Frente al mar¨.
    Disfruten !!

  3. aguadilu Says:

    Yupi, te apunto un par de blasfemias más. Una del barrio de las Delicias de Valladolid:
    – ¡Me cago en la virgen puta ya!

    Y esta es de Vitoria, por tanto más castellana que vasca:

    -Me cago en Dios y en el desalmado de Jesucristo.

    O el vasco, muy común en los batzokis del pnv a la hora de comer.

    -me cago en San Dios.

    El cine de Regueiro se articula sobre la blasfemia, como dice Q, y Víctor Vázquez en libro. Su programa es cagarse en Dios en misa. (Un paso más allá del modus vivendi aislado por Buñuel en “soy ateo gracias a Dios”). Es decir, hay que estar bautizado y haber creído aunque sea un poco durante la infancia para poder disfrutar de la prerrogativa de la herejía.

  4. Yupi Says:

    Diría que el español se articula sobre la blasfemia. Hollywood y García Lorca difundieron la imagen de los andaluces como sinónimo de la esencia española. No es verdad. En el norte son tanto o más representativos, particularmente los aragoneses. ¿Y qué puede haber más aragonés que Buñuel? De sus memorias Mi último suspiro, joya literaria, copio un pasaje que ilustra el tema:

    En México, nombrado presidente honorario de la Escuela superior de cine, soy invitado un día a recorrer las instalaciones. Me presentan a cuatro o cinco profesores. Entre ellos, un joven correctamente vestido que enrojece de timidez. Le pregunto qué enseña. Me responde: “La semiología de la imagen clónica”. Lo hubiera asesinado.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: