Bitácora de la hija de Neptuno (151)

por Flavia de la Fuente

12 de abril

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 21 grados. Temperatura del aire: 16 grados. Viento: SO 21 km. Olas: 0,7 m. Sol y nubes. Marea bajando. Tiempo de natación: 30′.

Primera natación otoñal.

Ayer debería haber comenzado.

Pero me dio pereza.

No siento necesidad de ir al agua.

Tengo frío.

Con la meditación caminando y la sentada en el médano logro calmar mis ánimos.

Es algo nuevo.

Ahora voy a nadar porque quiero.

Porque soy una nadadora.

La hija de Neptuno.

Pero la monje zen me ruega que me quede tranquila.

Respirando, caminando, trabajando.

“¿Para qué chupar frío?”, me pregunta la monje zen.

“Para qué cansarte”, continúa.

“Si así estás bien. ¿Para qué ir al mar?”, me insiste.

Ayer, por ejemplo, me ganó la batalla.

Caminé y caminé con Solita por la playa.

Y nos sentamos más de media hora al sol en el médano.

Atendí a Ella que estaba enferma.

Hice todas las tareas de la casa.

Hasta fui a filmar la salida de la luna al muelle.

Y me congelé durante dos horas.

Pero fue hermoso.

No me hizo falta nadar.

Me sentí todo el día muy bien.

No perdí nunca el sosiego.

Y me dormí como un bebé a la medianoche.

——————

Y hoy la monje zen volvió a la carga.

Pero yo me planté.

Todo bien con el dharma.

Yo sigo el camino.

Nunca lo voy a abandonar.

Pero tampoco voy a dejar de hacer deporte.

Es mi esencia.

Mi cuerpo lo necesita.

Además, soy vieja.

Necesito fortalecer mis músculos.

Mis huesos.

Estar en contacto con el agua de mar.

Así que hoy gané yo.

——————

Aunque tenía un problema.

No me gustaba mucho la idea de ir sola.

Pero, después de pensarlo, decidí que era lo mejor.

Hay que decir que en esta época no es ninguna hazaña.

El agua sigue caliente.

Hay gente en la playa.

Hasta guardavidas.

Nada que temer.

Así que no lo molesté al Osi más que con mis dudas.

Mi entrenador se quedó en casa leyendo un policial.

Mientras tanto, yo me fui al mar.

————–

Una de las cosas buenas de nadar es que después se respira mejor.

Es mucho más grato inspirar y exhalar después de una buena sesión de natación marina.

La práctica zen es mucho más placentera.

Supongo que lo mismo debe pasar si uno hace yoga.

Pero yo no hago yoga.

Yo nado.

Y después respiro todo el día como una diosa.

Pulmones de nadadora.

Nada mejor para una monje zen.

———-

El problema es siempre el mismo.

No me gusta volver sola caminando.

No me gusta alejarme del muelle.

¿Y cómo hacer?

Hoy la marea bajaba.

Debía nadar hacia el Sur.

Podía dar la vuelta al muelle.

Pero el mar estaba muy crecido.

Y sola hoy me daba aprensión.

Así que me metí al Sur del muelle.

Y decidí nadar hasta el Edén.

Tampoco me metí muy hondo.

Apenas lo necesario para nadar con comodidad.

Braceé a un ritmo parejo.

Y enérgico.

Siempre igual.

Cantando Qué será, será.

——————-

Me metí por primera vez con el traje de invierno.

Y gorra de neoprene.

Cuando me tiré al mar pensé que estaba todo mal.

El agua caliente.

No sentí que me mojaba.

Era como una broma bañarse tan protegida.

Pensé en sacarme el gorro al salir y mojarme el pelo.

Pero no hizo falta.

Con el correr del tiempo me fui enfriando.

Supongo que por el aire fresco.

Y porque no había sol.

——————-

Nadé y canté despreocupada.

Respiraba cada 8 brazadas.

Tranquila.

Lo único que me inquietaba era la vuelta.

Cuando de pronto, me iluminé.

Observé que olas iban para el Norte.

Pensé, entonces, que quizás podría en esa dirección yo también.

Así que cuando estaba cerca del Edén, pegué la vuelta.

Y sí.

Se podía.

Y era muy suave.

Muy amable.

Muy fácil.

Con las olas delicadas a favor.

Nadé así, de manera apacible hasta llegar al muelle.

Había pasado apenas media hora.

Hubiese seguido nadando.

Estaba todo bien.

Pero había logrado mi objetivo.

Salir en el muelle.

Para no tener que caminar sola.

Ni pasar frío.

Aunque tuve frío en ese trecho tan breve.

De la playa al muelle y del muelle a casa.

————

Es raro nadar sola.

Es como todo.

La libertad tiene su gracia.

Nado sin mirar atrás.

Solo pienso en mí.

El mar y yo.

Mi respiración y yo.

Nada más.

Es una actividad mucho más grave.

Nadar con el Osi es más divertido.

Más juguetón.

Nos hacemos compañía.

Nos sentimos protegidos.

Somos dos aventureros en el mar.

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