Bitácora de la hija de Neptuno (150)

por Flavia de la Fuente

6 de abril

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 21 grados. Temperatura del aire: 21 grados. Viento: E 8 km. Olas: 0,4 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 32′.

Solita aprendió la lección.

Solialamaana

Hoy a la madrugada la sorprendí reprimiendo un ladrido.

Hacía un ruido extraño.

Como si se lo tragase, la pobre.

Pero logró dormir en su almohadón.

De hecho, eligió dormir en su cama.

En la otra habitación.

Eso hace cuando está ofendida.

Pero a la mañana, estaba a mi lado.

Me empieza a mirar con anhelo.

Quiere que me despierte.

Para que la lleve a pasear.

Me clava la mirada de una manera cómica.

Pero no me molesta.

Solo me mira desde su almohadón.

O a veces se acerca.

Pero nunca me toca.

Jamás interrumpe mi sueño.

Todas las mañanas lo mismo.

Me mata de ternura la ansiedad perruna.

————–

Lo que no fue tan grato fue el despertar de Ella y Janis.

Quintín las fue a liberar para que salieran al jardín.

Y volvió indignado.

Porque alguna de las perritas había hecho caca.

Mucha caca en su habitación.

“Seguro que estaban descompuestas”, dije en su defensa.

“A los perros no les gusta ensuciar sus aposentos”, afirmé.

Así que la monje zen amaneció con nuevas tareas.

A juntar la suciedad y pasar un trapo con lavandina.

No fue nada tremendo.

Apenas un ratito de trabajo más.

Una vez todo limpio, respiré profundo.

Antes no se podía.

——————

Hoy al mediodía era la estoa.

Quintín demoraba el baño por ese motivo.

No quería nadar sin saber para dónde iba la corriente.

O sin corriente clara para algún lado.

A mí me da igual.

Puedo nadar en el lugar sin hacerme problema.

O nadar para atrás.

O nadar fuerte, para contrarrestar la falta de decisión del mar.

————-

Me sentía muy cansada.

Abatida.

Ayer había ido a filmar.

Estuvo muy bueno.

Filmé el claro de luna en el mar.

Y las luces de los reflectores del pueblo en el agua.

Con el fondo de la ciudad casi a oscuras.

Y cientos de bichos revoloteando en un reflector.

Alto contenido dramático.

Algunos bichos eran kamikazes.

Va quedando bueno.

Sea lo que sea que estoy haciendo.

Pero quizás incorpore algún atardecer.

El de ayer fue sublime.

Pero me lo perdí.

El cielo rosa se reflejaba en el mar.

Y se iba poniendo todo dorado.

Un atardecer sutil, suave.

Calmo.

Ya iré otro día.

Ventajas de vivir frente al mar.

Lo que suprimí fue la sesión nocturna de trabajo.

O sea.

Filmo y vuelvo a las 21.30.

Después cenamos y nada más.

El material lo miro al otro día.

Eso de quedar mareada no estaba bueno.

No es buena consejera la ansiedad.

Así que anoche llegué a casa.

Muerta de frío.

Pese a que no era una noche helada.

Pero tenía poco abrigo.

Dejé la cámara y no hice nada más.

Recién hoy a la mañana miré todo.

Y organicé los archivos.

Mucho mejor.

———————

Creo que hoy fue el último día del veranito otoñal.

Mañana anuncian vientos fuertes.

Se viene una tormenta que promete ser larga.

Se nos va a complicar la natación.

Pero voy a poder filmar grandes olas.

Si me animo a enfrentarme a los vientos de 50 km/h.

Creo que me voy a animar.

Tengo curiosidad por ver qué encuentro.

También me gustaría filmar la lluvia.

Y las tormentas eléctricas.

Pero ahí tengo que implementar alguna logística especial.

Algún impermeable.

Algo que proteja la cámara.

Iremos viendo.

Eso es más difícil.

Pero me gustaría hacerlo.

Suena épico.

Es épico.

Sola en el muelle con una tormenta.

Quizás el Osi me acompañe.

Aunque lo veo difícil.

Las locuras hay que bancárselas solo.

—————

Volvamos a la natación de hoy.

Le dije a Quintín que como estaba muy cansada íbamos a nadar poco.

Me costó horrores meterme en el agua.

Tenía frío.

Mucho frío.

Pese a que brillaba el sol.

Pero había pasado mucho tiempo sentada en la computadora.

Me sentía muy débil.

———–

Nos metimos al Sur del muelle.

Con la idea de nadar hacia el Norte.

El mar se suponía que estaba creciendo.

Quintín se zambulló y me instó a que lo hiciera.

Por piedad, lo seguí.

Y fue hermoso.

El agua estaba tibia.

Verde transparente.

Una delicia para el nadador.

Eso sí, no avanzábamos nada.

Como ya dije, a mí no me importa.

Tengo paciencia y aguante.

Y no me da angustia.

Por otra parte, siempre se puede desandar lo andado.

Así que me puse a bracear.

Con moderada energía.

Bien.

A buen ritmo.

Hoy no me faltaba el aire.

Pero no tenía ganas de correr.

No quería cansarme demasiado.

Para poder escribir y también filmar.

Nadé y nadé.

El Osi se quedaba atrás.

Yo iba y venía para hacerle compañía.

Nunca llegábamos al muelle.

A mí me gusta esa situación.

Nadar mucho y salir cerca de casa.

Pero nadar sin corriente a mi pobre marido le da angustia.

Dice que se pone nervioso.

Que cree que nunca va a llegar.

Yo con los años aprendí a no preocuparme por eso.

O se llega, o se vuelve.

No hay mucho drama en ese asunto.

Así que con Quintín hoy habitamos en dos mundos paralelos.

Yo estaba en el edén.

En un mar apacible y tibio.

Gozando del color del agua.

De los rayos del sol que se filtraban mientras braceaba.

Moviendo mi cuerpo con armonía.

Y fortaleza.

En cambio, el Osi estaba en un pequeño infierno.

Luchando contra un mar que le parecía invencible.

Braceando y braceando como un náufrago.

Que no sabe cuánto falta para llegar a tierra.

Yo me di cuenta de la situación y traté de convencerlo de salir.

Pero no quiso.

Quería seguir.

El objetivo era llegar al Aguila.

Pero faltaba mucho.

Dadas las circunstancias.

Apenas pasamos el muelle y ya iban más de veinte minutos.

Avanzamos un poco más y le dije:

“Mirá que ya van 28 minutos. Mejor salgamos.”

“Sí, qué Aguila ni Aguila. No doy más. Nunca hice un esfuerzo semejante”, me contestó.

Así que salimos.

“Ojo que hay un trasmallo en la orilla. ¿Lo ves?”, me advirtió Quintín.

“Sí”, le contesté.

Así que hoy suspendí mi clásico pique hasta la orilla.

Ese que me encanta.

Porque quería nadar junto al Osi.

No fuera cosa que se tragara un trasmallo.

Así que salimos nadando tranquilos.

Hasta encallar en el agua caliente.

Es curioso.

En estos días me doy cuenta de que llegué por la temperatura del agua.

En la orilla, de pronto hierve.

Y uno, de pronto, se queda sin agua para nadar.

Es una bañaderita deliciosa.

Para quedarse un rato chapoteando.

Pero el Osi es un hombre serio.

Quiere ponerse de pie y volver a casa.

————

Nos paramos y el vientito del Este me dio un frío tremendo.

Corrí, salté y nada.

Cada vez tenía más frío.

Y me duró el tembleque todo el tiempo.

Hasta en la ducha caliente.

Y un rato después también.

En cambio, Quintín no tuvo nada de frío.

Y la que nada con neoprene soy yo.

Misterios.

Quizás sea porque estoy muy flaca.

Creo que debe ser eso.

—————

Qué cortas que son las tardes.

Se pone el sol a las 18.35 hs.

Me tengo que apurar.

Todavía no almorzamos y son las 16.44 hs.

Me voy a quedar sin luz para sacar de nuevo a Soli.

Y la pobre espera su segundo paseo.

Aunque sea la voy a llevar un ratito a la vereda.

O a la plaza de enfrente.

A ella no le gusta salir de noche.

No se anima.

Se empaca y vuelve a casa.

Tiene fobia a la oscuridad en la calle.

En el jardín no.

¿Será porque cuando era cachorrita vivió una semana abandonada afuera?

Creo que sí.

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