Bitácora de la hija de Neptuno (149)

por Flavia de la Fuente

5 de abril

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 21 grados. Temperatura del aire: 23 grados. Viento: SO 20 km. Olas: 0,4 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 28′.

 ¿Escribo hoy otra vez?

trasmallo

¿O mejor descanso?

Escribo.

Aunque a la noche salga a filmar.

A pescar imágenes al muelle.

Una experiencia nueva.

La playa de noche.

Es misteriosa.

Todo lo que filmo parece de un policial.

Faltan los crímenes.

Aunque pasan muchas cosas.

Hay gente que va a pasear.

Otro que va a patear la pelota.

Un hombre con su perro.

Amantes de la oscuridad.

Porque no se ve nada.

Yo los veo partir desde el muelle.

Y se me pierden en la penumbra.

Más allá de los faroles del espigón.

Es un poco inquietante.

Barcos que pescan, supongo.

Alguna barca que llega a la costa.

A la playa.

A unos 500 metros del muelle.

Apenas alcanzo a ver las luces.

Lucecitas de autos.

De celulares.

Gente que se saca fotos.

La luna entre las nubes.

Una estrella que brilla.

El pueblo de noche se ve elegante.

Algunas ventanitas iluminadas.

Pocas.

Y eso que voy a las 19.30.

Y vuelvo apenas pasadas las nueve.

Para cenar con el Osi.

Que me espera.

Y se hace tarde.

Hay que comer con serenidad.

Y después ordenar todo el material filmado.

Copiarlo en dos discos duros.

Luego mirar lo que filmé.

Y a eso de la medianoche, mareada, ir a dormir.

No está bueno eso de llegar al mareo.

Pero no me doy cuenta.

Me da curiosidad mi pesca del día.

Todavía no edité nada.

Pero creo que me puede quedar algo bueno.

Aunque acaso sea un poco agobiante.

Demasiada oscuridad.

Cine negro.

Me sienta bien ese ambiente.

Si filmo de día, siempre oscurezco las imágenes.

O les saco el color, lo rebajo.

Según un amigo es mi espíritu ruso.

No sé qué querrá decir.

Mis ancestros por parte materna son rusos.

Ucranianos.

Algo de rusa tendré.

———————–

Interrupción para almorzar.

Lavar lo platos.

Barrer.

Ahora me tengo que ir al supermercado.

Y después al muelle.

—————

Así que les cuento rápido la natación de hoy.

El tiempo sigue calmo.

No hay viento.

No hay mar.

Seguimos viviendo junto a un lago inmenso.

Mariposas y aguaciles vuelan sobre la orilla.

Todo es muy extraño.

Hace calor.

El clima tan cálido es el comentario del pueblo.

El cartero teme una tormenta fuerte por los numerosos aguaciles.

Otro conocido teme que el mar crezca y se inunde todo .

El viernes se acaba el buen tiempo

Veremos qué calamidades ocurren.

Espero que ninguna.

Yo pienso ir al muelle a filmar las olas grandes de noche.

————-

Nos metimos en el agua al Sur del muelle.

Y nadamos hacia el Norte.

La marea estaba creciendo.

El plan era nadar tranquilos.

Pero yo me sentía inquieta.

No sé bien qué me pasaba.

Una incomodidad física me perturbaba.

Nadando es fácil controlar la respiración.

Por suerte.

No respiro y listo.

Es imposible hiperventilarse.

Decidí respirar cada ocho brazadas.

Para tranquilizarme.

Pero el malestar difuso continuaba.

Me puse, entonces, a nadar con más fuerza.

A hacer deporte.

Y a cantar fuerte Oklahoma!

Nadé duro.

Y con el correr de los minutos me sentí bien.

Muy bien.

Quintín venía atrás, nadando relajado.

Cuando llegamos al Solmar lo fui a buscar.

“Llegamos”, me dijo.

“Salgamos que tengo frío”.

El pique de hoy fue largo.

Tardé otra vez 5 minutos en salir.

Braceé con todas mis fuerzas.

Que en el último tramo me flaquearon.

Pero hice lo más que pude.

Quintín tardó como dos minutos más.

El venía nadando muy tranquilo.

Como estaba cansada, me acerqué a él lentamente.

Jugueteando en el agua.

Me sentía muy bien.

Volvimos juntos hasta la orilla y encallamos en la arena.

En el agua caliente de estos días.

———–

Nos pusimos de pie y estaba eufórica.

Correteaba, salticaba.

Todo me parecía maravilloso.

Soplaba un vientito fresco del Sur.

Pero como brillaba el sol, el frío se nos fue enseguida.

Vimos como 5 trasmallos.

Son un peligro.

Nos asombramos de nuevo de la ausencia de nadadores.

Ni siquiera nadan los guardavidas.

Vimos un cangrejo grande en la orilla.

Tenía el cuerpo ocre y las patas azules.

Nunca habíamos visto uno de ese tamaño.

Salvo en un restaurant.

——-

Me gusta nadar con Quintín.

Y volver juntos caminando.

Comentando lo que vemos en la playa.

O lo bien que nos sentimos.

A veces volvemos en silencio.

Solo caminamos.

Y respiramos.

Me siento muy tranquila.

Protegida.

Por su compañía.

Podemos ir lejos, muy lejos.

Nada me da miedo si estamos juntos.

Porque yo nunca me voy lejos si nado sola.

A lo sumo, voy y vuelvo.

O hago dos pasadas.

Salgo y me vuelvo a meter.

Puedo nadar mucho tiempo sola.

Pero jamás me voy lejos.

Salvo alguna excepción.

Pero es más aburrido.

Y más triste.

Lo cierto es que me acostumbré a nadar con mi Osi.

Veremos hasta cuándo seguimos nadando juntos este año.

Quizás yo tampoco me anime a nadar en el invierno.

No lo sé.

Les juro que no lo sé.

Hoy pienso en eso y me da frío.

Un frío profundo.

———-

Llegamos contentos a casa.

Se me fue todo el cansancio.

Todo el nerviosismo.

Necesitaba hacer deporte.

Eso era todo.

No hay como las aguas benditas.

Y las endorfinas.

Hoy bebí de las dos.

Por las dudas.

Mis ánimos estaban complicados.

———

Les cuento que ayer no vino el veterinario.

Y que Solita, a la tarde, no quiso ir a la playa.

Se rebeló.

Parece que a ella también le da inquietud alejarse de casa.

En lugar de caminar, se me ponía patas para arriba en la arena.

Finalmente, terminamos caminando por la costanera.

Una cuadra hacia el Sur y otra hacia el Norte.

Repetimos el mismo camino durante media hora.

Ida y vuelta.

Subiendo y bajando los médanos.

Caminamos de manera consciente.

Respiramos como dos budas.

Fuimos felices.

Nos sentimos fuertes.

Y serenas.

——————–

Hoy a la mañana la pobre perra no se podía mover.

Caminaba como una viejita detrás mío.

Se ve que la aventura de perseguir al auto la dejó acalambrada.

Así que hoy la dejo en casa.

Que haga reposo.

————

Anoche a la muy maldita se le dio por ladrar.

El pobre Osi dormía.

Yo acababa de cerrar mi Kindle.

Solita duerme, casi siempre, en un almohadón al lado de mi cama.

Ni bien empezó a hacer ruido, la encerré en su pieza.

Que es mi escritorio.

Donde tiene un sommier con una colcha roja.

Y un recipiente lleno de agua.

Pasó toda la noche encerrada.

A la madrugada, me desperté y la fui a ver.

Y vino detrás mío a su almohadón.

Cómo es esta perrita.

Elige dormir en un almohadón incómodo.

Con tal de estar con nosotros.

Pero, a los dos minutos ladró de nuevo.

Y de vuelta la mandé a su pieza.

Veremos si esta noche ladra.

O si aprendió la lección.

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